Uribe, Duque y Trump: los enemigos irreductibles de Maduro por Manuel Malaver @MMalaverM

Manuel Malaver @MMalaverM

En su estrategia de sobrevivencia por lo menos hasta mediados del próximo año, Maduro se ha planteado romper el frente de sus enemigos fundamentales, Álvaro Uribe, Iván Duque y Donald Trump, y de ahí que, tan pronto recibió el aviso de sus operadores en Washington y Nueva York de que podía realizarse una reunión con el presidente de EEUU en el marco de la reunión de la Asamblea General de la ONU corrió hacia la “Gran Manzana”, sin que lo sospecharan ni sus asociados más íntimos y firmemente convencido de que en la noche le clavaría hasta el estoque la daga a sus enemigos de este y otros continentes.

Sería la victoria de su vida, el triunfo que le había negado una carrera que algunos adhieren a sus actividades como agente de la inteligencia cubana, y otros a que es simple y llanamente un mediocre, un aturdido y calculador que espera que los demás hagan el trabajo para después arrimarse a recoger los gajos del laurel.

No quiso, sin embargo, que todo saliera así como de las intrigas del G-2 cubano y sus lobistas y autorizó que se le filtrara a la “Cadena Caracol” de Colombia la “fake news” de que en “las próximas horas” tendría una reunión con Trump, -ilustrándola con un video desde la propia nave que lo transportaba a Nueva York donde afirmaba que desde la ONU “defendería los intereses de la patria ofendida”-, mientras en las redes la eficiente maquinaria de los trolls de los Rodríguez hacía correr “la voz” de que la reunión era un hecho.

Sin embargo, las horas pasaron después de la llegada del dictador a la ONU entre un discurso destemplado pronunciado en una sala que no alcanzó a llenar el 10 por ciento -y en el cual, lo único importante fueron una vez más sus ruegos a Trump para que realizaran la entrevista-, una rueda de prensa en la noche donde reiteró el mismo pedido y dos desmentidos de portavoces de la Casa Blanca y el Departamento de Estado informando que “no había razones para pensar en una reunión entre los presidentes de EEUU y el de Venezuela”.

En otras palabras que, Maduro regresó a Venezuela el viernes como se había ido, sin nada, ni siquiera una promesa vaga de contacto o entrevista con el “hombre más poderoso del mundo” y, tal vez como nunca aplastado por las noticias que rodaban por el globo de que por lo menos cinco jefes de gobiernos de la región habían introducido en la Corte Penal Internacional de La Haya un documento acusándolo de “Crímenes contra La Humanidad”.

Pero había más, mucho más: en su discurso ante la Asamblea General, el presidente de Colombia, Iván Duque, se mostró feroz en sus críticas al jefe de la dictadura venezolana e insistió en su tesis de que “la no intervención en los asuntos internos de los países, no podía extenderse a los gobiernos que no respetaban a los derechos humanos de sus ciudadanos”.

En lo que respecta a Trump y al Secretario de Estado, Mike Pompeo, también fueron taxativos en no dejar dudas de que la política de Estados Unidos con relación a la dictadura de Maduro, no excluía “ninguna” decisión, entendiendo por tales “las más fuertes”.

Y era con referencia a la posición de los dos presidentes de las posturas más radicales en relación a su régimen, el de Estados Unidos, Donald Trump, y el de Colombia, Iván Duque, que tomaba todo su sentido la prisa de Maduro, su empeño -y que casi podríamos calificar de “desesperación”- de una reunión con Trump, pues de tener lugar la misma, era evidente que, rompía, aunque fuera por unos meses, la unidad de los dos poderosos enemigos sin cuyas fuerzas políticas y militares era imposible una intervención en Venezuela.

Percepción del nudo más decisivo, eficaz, pero a la vez más débil, para el logro de tal avance en el desarrollo de la crisis que no podía venir si no de Cuba, del G-2, y que fue la organización de inteligencia que puso más empeño en convencer a Maduro de que la “entrevista, de darse”, podía resultar no “obra maestra” y con la carga político-militar suficiente para alejar, aunque fuera por unos meses, a tropas colombianas y norteamericanas de los predios de la revolución castrochavista.

Para convencer al sucesor de Chávez, no hay duda de que los isleños echaron manos al carácter cambiante, neurótico, inestable, impredecible y personal de la política exterior de Trump, recordando su ambigua con relación con Putin, pero sobre todo el hecho de cómo, semanas después de jurar pulverizar a la Corea del Norte de Kim Jong-un, corrió a reunirse con el presidente nordcoreano y declarar que se había encontrado con “un genio”.

¿Por qué no podía pasar lo mismo con el venezolano que, no tendía bombas nucleares, pero si propuestas con relación a las riquezas mineras venezolanas, su influencia sobre Cuba, las FARC y el resto de países democráticos pero antiestadounidenses del Caricom? ¿Y si sucedía el milagro, como sucedió en Corea del Norte, no era suficiente para sacar de juego durante lo que queda de año -y quizá del 2018-, a Uribe, Duque, el Grupo de Lima, Almagro y lo que queda de la oposición venezolana?

Y con estos argumentos, no hay dudas que Maduro y el G-2 empezaron a financiar desde comienzos de año un poderoso lobby que en Washington, Nueva York, Miami y cualquier ciudad norteamericana, debía activar todos los caminos que condujeran a Trump.

Caminos, vías, puentes y atajos que al aparecer cerrados los días miércoles y jueves de la semana pasada, le trajeron al madurismo un mensaje que es, a partir de esos días el que construirá su política exterior, pues desecharlo podía significarle una pérdida del poder más rápida y contundente de lo que se prevé: Álvaro Uribe, Iván y Donald Trump son sus enemigos irreductibles y los primeros utilizarán todo el poder que tienen en el gobierno colombiano para que continúe la presión sobre Maduro, y el segundo, el de todos sus aliados dentro y fuera del continente para apoyar cualquier acción que arranque desde Bogotá hacia la frontera sur de Venezuela.

Ya el vicepresidente Pence lo dejó claro cuando afirmó que no dejara sola a su principal aliado en la región, Colombia, en un conflicto con la dictadura de Maduro, y el jueves no más lanzó el misil de que “China había proporcionado un salvavidas al corrupto régimen de Maduro”, sin aclarar si era ayuda militar o financiera.

Pero sea lo que fuera, a Washington no se le escapa que China o Rusia podrían tener alguna presencia en caso de que estalle un conflicto entre Colombia, EEUU y Venezuela, pero sin que les den otra importancia que advertirles que están metiendo las narices donde no deben.

En cuanto a Maduro, el mismo jueves procedía a pronunciar el ataque más fuerte que se le conocía hasta ahora contra el presidente, Iván Duque, llamándolo “diablo” y acusándolo de promover una política agresiva “para destruir a la FANB”, en tanto que el canciller colombiano, Holmes, anunciaba una visita a la frontera con Ecuador para tomar información de primera mano sobre la situación de los refugiados venezolanos.

En otras palabras que, después de los resultados desastrosos de la política de Maduro en la ONU, después del fracaso del lobby para lograr una entrevista con Trump, comienza “otra verdad” para el futuro de las tensas relaciones colombo-venezolanas y es el de prepararse para algún tipo de choque u hostilidad que puede llamarse choque, intervención o invasión.

Una confrontación que hasta las horas de redactar estas líneas luce inevitable a menos que de la parte venezolana un golpe de estado, o una explosión popular, ponga fin al madurismo.