Cuando el disimulo se cae de un décimo piso, por José Ignacio Guédez Yépez

 

Hace apenas unas semanas el régimen de Maduro había secuestrado y torturado al diputado de la Asamblea Nacional Juan Requesens, justo después de haber ejercido un derecho de palabra en una sesión parlamentaria. Las imágenes que sus propios captores circularon mostrando al joven totalmente vejado, no lograron interrumpir por mucho tiempo la rutina del disimulo colectivo que continuó hasta que de pronto, cae el cadaver del concejal Fernando Albán desde el décimo piso de la sede de la policía política. Baja el telón.

No es la primera vez que esta dictadura asesina a alguien, pero torturar a un preso político hasta su muerte y lanzar el cadaver por la ventana para simular un suicidio, es un nuevo nivel de maldad, sadismo y terror. A Fernando Albán lo esperaron y capturaron en el aeropuerto de Maiquetía justo cuando llegaba de Nueva York donde participó en las jornadas relacionadas con la sesión de la Organización de Naciones Unidas. Y su abominable asesinato ocurrió justo cuando estaba en Caracas el Senador Bob Corker del partido demócrata de los EE.UU, reunido con representantes de la dictadura y algunos de sus socios camuflados de oposición. Una simulación de un diálogo que terminó con la simulación de un suicidio, pero que en ambos casos se trató de un crimen.

Lo más elocuente fueron las horas posteriores, cuando el dictador Maduro dio un discurso en una actividad de su partido arremetiendo contra Julio Borges a quien llamó “auto exiliado”. No hubo mención al hecho, ni siquiera para reforzar la interesada tesis del suicidio que poco antes el Fical en usurpación había decretado. Lo que hubo fue un desafió directo al resto de la oposición legítima, lo que con el cadaver fresco de Albán haciendo las veces de cabeza en la estaca, significaba una amenaza de muerte colectiva.

Entre el secuestro de Juan Requesens y el vil asesinato de Fernando Albán han pasado sólo dos meses, tiempo durante el cual ha arreciado toda forma de persecución, no solo contra la dirigencia política, sino también contra periodistas, comerciantes y trabajadores. Anulaciones arbitrarias de pasaportes, prohibiciones de salida del país, secuestros, torturas, golpizas y asesinatos. Es un Estado policial que lejos de esconder sus crímenes, los publicita para que todos se enteren que están dipuesto a todo para mantenerse en el poder. ¿Vamos a seguir disimulando hablando del texto constitucional que de nada vale mientras haya dictadura, proponiendo diálogos y elecciones para bajarle el costo de la represion a la tiranía y otorgarle impunidad?

Cuando sucedió lo de Requesens escribí que su imagen torturada era un espejo que nos retrataba a todos, porque al final todos estábamos dopados y con la ropa interior sucia. Ahora, con el eco de la caída del cuerpo de Albán solo espero que hayamos terminado de despertar de esa rutinización del fracaso y burocratización de la derrota, para entender que todos somos rehenes y como víctimas debemos unirnos para revelarnos porque se trata de la lucha contra un tirano criminal, y la primera conquista que debemos procurar es la de la verdad, llamar las cosas por su nombre, sin engañar, sin matizar, sin disfrazar de gesta la rendición, sin disimular. Se lo debemos a Albán. Por cierto, Juan Requesens sigue secuestrado, como muchos otros. Abajo la dictadura.