Érase el liderazgo estudiantil, por Guido Sosola

 

Érase el liderazgo estudiantil

Guido Sosola

Muy pocos dudan que las banderas de la libertad y de la democracia están históricamente asociadas con la universidad y el estudiantado, e, incluso, los liceístas, en Venezuela. Sobran los ejemplos históricos de las formidables luchas emprendidas, desde las casas de estudios, añadidas las burlas frente a las más feroces dictaduras en los siglos anteriores, como acurrió con la célebre Delpinada.

No había dirigente estudiantil, presidiese o no el gremio, que no tuviese una razonable proyección nacional y regional. Hasta puede decirse que la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), cogobernó al país con la muerte de Gómez y la confrontación que posteriormente tuvo con la Unión Nacional Estudiantil (UNE), avisó muy bien el futuro político que nos esperaba, gracias a los probados elencos que la división parió. Sin embargo, en la presente centuria, no es fácil reconocer al presidente de un centro de estudiantes, o al de una federación de centros, como antes acontecía.

Por lo pronto, son varias las razones. Entre ellas, la de hoy no es una dictadura más, siéndole indispensable al régimen quebrar la mismísima noción que tenemos de universidad; banalizados y escasamente representativos, los partidos no cuentan ni respetan al movimiento estudiantil como el ámbito inicial de preparación y maceración de sus dirigentes; post-modernidad, al fin y al cabo, de tenerlos, por muy corajudos que sean, estos dirigentes ascienden y descienden, ideológicamente invertebrados, como un circunstancial fenómeno mediático; pugnan por la celebridad de un buen selfie, dirimiendo sus combates en las redes sociales, mientras que están preñados de la vieja cultura política; faltándoles humildad, muy luego la reconquistan en el caso de fallar en las precoces y también desmedidas ambiciones políticas, obligados al anonimato y a la frustración. Estos son tiempos distintos, cierto, pero nada difícil luce nombrar a algún líder estudiantil del pasado y, demasiado, citar a alguno del presente.

En términos generales, ya no contamos con un liderazgo estudiantil y, si lo hay, juega un rol excesivamente secundario, juntándose las aspiraciones de la extrema izquierda y de la extrema derecha para liquidarlo como viva expresión, por lo demás, democrática, de un vasto movimiento. Es necesario reconocerlo, porque si ahora la defensa de la universidad corajudamente la ha asumido un sector, no es otro que de los profesores y sus gremios, vapuleados por una crisis completamente inédita, a la que debemos agregarle un dato tan objetivo como estructural: el de la diáspora, fuertemente alimentada por las deserciones masivas de alumnos y docentes, frecuentemente de alta calificación.

Nada debe sorprendernos, porque hasta 1959 en Cuba hubo un vigoroso movimiento estudiantil y, de hecho, Fidel Castro, surgió y destacó en sus filas, al igual que la medicina tuvo un amplísimo reconocimiento continental, pero el socialismo le quebró el espinazo a uno y a otro. Estamos urgidos de la recuperación de un liderazgo venezolano, desde sus propios cimientos, y sobre todo, de una nueva sensibilidad vital, como llamó Ortega y Gasset esa distinta comprensión de las personas, del mundo y de las cosas, que nos permita contar con un porvenir harto diferente: la vida política, digan lo que digan, necesita de las aulas para oxigenarse, permitiendo que brote un estudiantado comprometido en las universidades, por desoladas que se encuentren.