Thairy Baute: El resentimiento como política de Estado

No conocí al concejal del municipio Libertador, Fernando Albán. Ni siquiera supe acerca de él cuando fue secuestrado en Maiquetía por funcionarios del Sebin el pasado 5 de octubre, un procedimiento ilegal que en el transcurso de los últimos meses se ha institucionalizado en Venezuela y que, al parecer, poco escandaliza al común de la gente por ser una acción “normal” de la dictadura. Y sí, las desapariciones forzadas son prácticas cotidianas en mi país, lo que nunca dejará de causarme estupor, impotencia, desconcierto, miedo.

Pero este no fue un apresamiento más. En el extenso historial de prisioneros que acumula Nicolás Maduro y sus secuaces, Fernando Albán puede considerarse el preso político con menos permanencia tras las rejas. Estuvo encarcelado apenas tres días, quizás los más largos y horrorosos días jamás vivido por el concejal. Hoy no está para contarnos lo que allí pasó.

Cuando me enteré de las extrañas circunstancias que rodearon la muerte del edil, no podía dejar de pensar en las brutales torturas que posiblemente sufrió el dirigente del partido Primero Justicia. Electricidad en sus genitales, asfixia mecánica, golpes fulminantes, amenazas mortales contra su familia… o tal vez, todo eso junto, no lo sé. Imagino la conversación de los esbirros:

-Coño, güevón, te pasaste. ¿Cómo le dejaste tanto tiempo la bolsa en la cabeza?

-El jefe dijo que le diéramos duro, pero no que lo mataras, marico. ¿Ahora qué vamos a hacer?

El cuerpo inerte de Fernando apareció en la parte baja del edificio del Sebin de Plaza Venezuela, Caracas.  Los prisioneros siempre son vigilados por los custodios, nunca están solos, declaró Rosmit Mantilla, diputado que padeció los vejámenes del régimen al haber sido un preso de conciencia por más de 2 años. El parlamentario estuvo en el mismo baño, en el mismo piso 10, donde dice una de las versiones oficiales se lanzó Fernando desde una ventana.

La tesis del “suicidio” esgrimida por el infatuo Fiscal General, Tarek William Saab, y que por Twitter repitió el Ministro de Interior, Néstor Reverol, con cierto desliz contradictorio sobre cómo fue el hecho, se cae sola y sin ayuda. “Hermanos, el concejal fue asesinado”, declaró sin un ápice de dudas el diputado Montilla.

No conocí al concejal Fernando Albán, pero los testimonios de quienes sí trabajaron y convivieron con él hablan de un hombre fervientemente católico, entregado a sus ideales políticos, un luchador por los derechos sociales de la gente, que no andaba pendiente de reflectores y flashes de medios de comunicación, sino más bien se ocupaba de ayudar a los más afectados por la crisis humanitaria que vivimos por estos lares.

Fernando Alban Instagram

Abogado de la Universidad Central de Venezuela, Fernando se especializó en Derecho del Trabajo, era miembro de la dirección nacional de Primero Justicia, partido en que militó desde sus inicios y donde ocupó el cargo de secretario nacional de profesionales y técnicos.

Al escuchar las similitudes de este caso con los abominables asesinatos de Fabricio Ojeda y Jorge Rodríguez en la década de los 60 y 70, se me clava como una daga en el pecho la reveladora afirmación de la vicepresidente de la República, Delcy Eloína Rodríguez, hija de Jorge Rodríguez (padre): “La Revolución Bolivariana es nuestra venganza personal de esa época oscura, donde muchos jóvenes fueron asesinados, torturados, desaparecidos…”. (Ver https://www.youtube.com/watch?v=NjZn6upVcCc)

No conocí al concejal Fernando Albán, pero cómo me duele su muerte. Allí, en esas paredes que soportaron los gritos de un venezolano torturado; allí, en ese asfixiante espacio donde por unas horas se concentró todo el odio añejado de quienes nunca sanaron y, lo que es peor, enfermaron a toda una sociedad; allí, en esas mazmorras, quieren ver su venganza personal.

¡Qué daño tan profundo nos ha propinado el resentimiento y el odio esparcido como una plaga desde las altas esferas del poder!

Paz para el alma de Fernando Albán, a quien conocí cuando emprendió su viaje obligado hacia la Eternidad.


Publicado originalmente en Thairy Baute