Yo conocí a Teodoro, por César Morillo

 

Una mañana cualquiera, a la hora que acostumbraba a escribir sus punzantes editoriales, sentado frente a su computadora dijo: “No quiero más”. Y recostó su despejada frente a la pantalla. Azucena, su asistente de siempre, lo instó a que se fuera a su casa, y Teodoro así lo hizo. Lo que no sabía ella era que había presenciado el último aliento del guerrero, su solitario adiós. Teodoro más nunca volvió a escribir, se encerró en su humilde vivienda y desde entonces se comunicaría con el mundo a través de los amigos que le llamaban y visitaban.

Libró muchas batallas, entre ellas algunas electorales donde no logró el favor del voto mayoritario, perdió con estoica entereza, y se levantó a seguir bregando por juntar lo que para muchos pensadores y políticos resultaba antagónico, justicia y libertad. Si no hay justicia, la libertad es una entelequia, y justicia sin libertad es totalitarismo, solía esgrimir en sus intervenciones. Pero ganó quizás la más importante de las batallas, la de levantarse por encima de sus creencias para renovar su pensamiento. Así fue como, junto a otros, rehizo un sueño sacándolo de la pesadilla del socialismo real y decidió luchar por la democracia haciéndola más democrática.

Yo conocí a Teodoro y de él aprendí con tan solo escucharlo desde cuando me colaba en las reuniones partidistas en casa de Luis Hómez y no contaba aún con edad para votar.

Hoy muere, pero nos deja un extenso arsenal de argumentos para seguir luchando y soñando con sociedades más justas y trascendentes, donde la autoridad de un hombre no se imponga por capricho y por la fuerza ante los derechos de muchos, amparados en ideologías convertidas en dogmas, en fanatismos que arremeten desde cualquier punto cardinal del pensamiento, de izquierda o de derecha. En la lucha que ha de seguir, ahí nos encontraremos a Teo y sus libros, sus editoriales de Tal Cual y sus discursos e intervenciones públicas, su coherencia y su accionar, su humanismo a toda prueba, su testimonio de vida, acompañándonos en el inagotable propósito de apostar por una humanidad más humana, si es que vale la frase.