“Gente como uno”, el camposanto de los migrantes venezolanos en La Guajira (Video)

Bermúdez es dueña del camposanto desde 1997, cuando buscó un lugar donde enterrar a las personas sin recursos. Gustavo Torrijos

 

Sonia Bermúdez es dueña del cementerio desde 1997, cuando la administración local le donó el terreno para sepultar a los NN que llegaban de todos los rincones del departamento. Así lo reseña elespectador.com

Ahora, entierra los migrantes venezolanos que mueren lejos de casa.

En la entrada hay un olivo y al fondo sobresalen dos árboles dividivi; el primero, de apariencia frágil, se mece con la brisa, y otro detrás de una hilera de bóvedas que les da sombra a tres taburetes blancos, donde se sientan las familias de los fallecidos e improvisan una sala de velación. Su dueña es Sonia Bermúdez, una mujer de rostro alegre, dientes grandes de color blanco marfil, de ojos negros sin brillo y que siempre lleva una pañoleta en su cabeza como un turbante. Sus manos, de dedos grandes y palmas desgastadas por el uso constante de la pala y la pica, se mueven al compás de sus palabras. Su personalidad descresta, atrae y genera cercanía cuando habla de la muerte.

Por eso es habitual que en un entierro, mientras mezcla el cemento y la arena, arroje un comentario abrazador que desemboca en una sonrisa del doliente sin separar el corazón de la razón. Sonia es como la Mamá Grande de Gabriel García Márquez, que en vez de ser la “soberana de Macondo” es la reina de su propio cementerio, respetada, criticada a escondidas por muchos, de frente por otros, como por ejemplo la Iglesia católica, que la excomulgó por, según ellos, hacer negocio con el dolor ajeno.

A Sonia la han llamado toda la vida “la reina de los muertos”. Incluso en Riohacha han tejido leyendas alrededor de ella y de esa locura fructífera de la niñez que la llevó a hacer lo que hace, a preferir convivir con personas fallecidas en la morgue del Cementerio Central de la capital de La Guajira, que con un esposo machista y sin escrúpulos que un día le lanzó una frase a manera de orden, escueta y directa, amenazándola con echarla de su casa por su obsesión con los cadáveres. “Tranquilo, yo me voy con mis maletas”, dijo antes de pasar una temporada de tres meses en aquel lugar lúgubre y en el que durante un cuarto de siglo preparó cuerpos para sepelios y les hizo la autopsia.

 

Video vía YouTube / El Espectador / Gente como uno

 

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