El flautista sinfónico de Venezuela que trabaja en un call center de Colombia

Aunque su empleo ya no le permite estudiar como antes, Fernando sueña con hacer un recital de flauta en Bogotá. / Foto: Sara Castillejo – EL TIEMPO

Suenan canciones de Shakira y J Balvin. Los dedos golpean los teclados y algunas monedas caen dentro de la máquina de comida empacada. El ruido externo es interrumpido por el pito en los auriculares, que anuncia una nueva llamada. Todos hablan, pero no todos entre sí. Los acentos de colombianos y venezolanos se camuflan entre respuestas en inglés y español.

Por: Juan David López Morales / EL TIEMPO

Fernando Martínez trabaja en un call center, y ese es el ruido que lo rodea siete horas y media, seis días a la semana, en las oficinas que quedan en el occidente de Bogotá. Es egresado del Conservatorio de Música Simón Bolívar, de Caracas, y hasta noviembre del año pasado fue flautista de la prestigiosa Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, a la que ingresó 10 años atrás, en 2007, como uno de los integrantes más jóvenes bajo la batuta del director venezolano Gustavo Dudamel.

Sus recuerdos viajan miles de kilómetros, hasta Puerto Ordaz, oriente de Venezuela, donde creció y tuvo una flauta traversa en sus manos por primera vez; luego hasta Caracas, donde vivió una década de días tristes y felices, y regresan a su presente. Es un sábado soleado de agosto en Bogotá. Fernando tiene 27 años. Lleva una chaqueta café de tela, cerrada hasta el pecho, sobre una camiseta blanca de cuello redondo. A las 2:30 de la tarde comienza su turno en Teleperformance, el call center donde brinda soporte técnico desde mayo de este año. Mira el reloj. Todavía faltan unos minutos. El viento silva a las afueras del supermercado Oxxo donde se toma una bebida energizante. Le gusta el frío, aunque en Bogotá a veces “es demasiado”. Termina su bebida, deja la silla, acomoda un morral negro a su espalda y se va a trabajar.

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-Tu maestro me llamó, que tuviste la mayor puntuación de la audición. Estás en la Orquesta.
-¿Por qué le dijiste? ¡No va a poder dormir!

Era una noche de febrero del 2007. Fernando viajaba en bus de regreso desde Caracas hacia Puerto Ordaz, y al otro lado del teléfono su mamá regañaba a su papá por contarle que lo habían aceptado en la Simón Bolívar –la forma corta para referirse a la orquesta–. “Sí, tuve un poco de insomnio”, reconoce Fernando. Estaba impresionado, feliz y preocupado. ¿Qué iba a hacer, si todavía le faltaban ocho meses para terminar el año escolar, y un año más para terminar la secundaria?

Aunque Fernando comenzó a tocar flauta en 1999 en el núcleo de Puerto Ordaz del Sistema de Orquestas y Coros de Venezuela –para todos, el Sistema, a secas–, fue la llegada del director Rubén Capriles en 2005 lo que lo empezó a dirigir hacia Caracas. Dice que en el estado Bolívar ya no había quién le enseñara. “Cuando yo estaba ‘chamito’ era demasiado aburrido. Estaba entre el colegio y la orquesta, pero no veía avances. Era muy monótono”. Por eso, viajaba cada 15 días para recibir clases en Caracas, hasta que los maestros de Caracas empezaron a viajar a Puerto Ordaz. Fue entonces cuando conoció a José García, quien lo preparó para la audición –siete solos de orquesta, dos conciertos de flauta, además de cinco solos y un concierto para flauta piccolo o flautín–, recuerda Fernando en la mañana de un jueves de agosto, sentado en el suelo frío de la sala del apartamento donde vive ahora.

Cuando comenzó en la Simón Bolívar, pasó de sentirse como un “bicho raro” en Puerto Ordaz, una ciudad industrial y minera donde ser músico no ofrecía mayor prestigio, a vivir solo en Caracas, donde era el chico nuevo y extraño.

“Yo era una persona muy insegura. La gente del colegio era muy cerrada, y obviamente no se veía mucha gente del interior. Todos eran de Caracas. Era súper difícil socializar, ¿sabes? Pasé ese año prácticamente solo, pues”. Termina la frase con el susurro que convierte las eses finales en jotas aspiradas: ‘puej’. “Nunca me llevé bien con gente sifrina, de dinero, pues”.

En los años siguientes, habría de encontrar su lugar en el mundo, su zona de confort. Primero, en el 2008, ingresó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar licenciatura en comunicación social y allí encontró “gente de muchos entornos y condiciones”. Al mismo tiempo, seguía como flautista de la Orquesta y avanzaba en su carrera musical en el Conservatorio de Música Simón Bolívar. Luego, en el 2010, conoció a Francisco, o Frank, como le dice. “Empezó toda una historia para mí. Aprendí muchas cosas con él, aprendí a conocerme más, aprendí a cocinar… Lo malo fue que tuve que decírselo a mis papás.”

Fernando perdió contacto con su familia, sobre todo con sus padres, durante tres años, desde el 2012, cuando les contó. “Pasé por una depresión muy fea”, dice, y explica que no se debió solo al distanciamiento familiar, sino también a que su relación con Francisco pasó por un momento difícil. Con tiempo y terapia sicológica superó la depresión. Aunque en 2015 su familia le volvió a hablar, Fernando lamenta el tiempo perdido. Pasaron juntos la navidad de ese año y la de 2016. A la siguiente, él y Francisco ya estarían radicados en Colombia.

Foto: Sara Castillejo / EL TIEMPO

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Los venezolanos están desesperados por su derecho inalienable al bienestar y a la satisfacción de sus más básicas necesidades. Las únicas armas que se le puede entregar a un pueblo son las herramientas para forjar su porvenir: instrumentos musicales, pinceles, libros; en fin, los más altos valores del espíritu humano: el bien, la verdad y la belleza.

Gustavo Dudamel, 4 de mayo de 2017.

Posted by Gustavo Dudamel on Thursday, May 4, 2017

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El lunes primero de mayo del 2017, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, convocó a una Asamblea Nacional Constituyente. La oposición respondió con “la gran marcha contra el fraude constituyente” para el miércoles siguiente. Ese día, 3 de mayo, el violinista Armando Cañizales Carrillo, de 17 años, devolvía gases lacrimógenos y enfrentaba a la fuerza pública de su país sin más que un casco, un jean, unos guantes y una camisa negra hasta las muñecas, cuando recibió un disparo en el cuello. Murió.

Cañizales se convirtió en un símbolo. Iba un mes de enfrentamientos y los muertos se contaban por decenas. En medio del ruido de las protestas ciudadanas y la represión oficial, emergió un clamor: “Levanto mi voz en contra de la violencia y la represión”. La petición era de Gustavo Dudamel. “Ya basta”, pidió el prestigioso director de orquesta en una nota de Facebook en la que, como imagen principal, en letras blancas y mayúsculas sobre fondo negro, se leía el nombre del joven violinista asesinado.

Dudamel tiene 37 años y es director musical de la orquesta Simón Bolívar desde 1999, el mismo año en que ascendió al poder Hugo Chávez. Desde hace un par de décadas es calificado como dueño de “un don” (José Antonio Abreu), un “animal de la dirección” (director Esa-Pekka Salonen), “el hombre que rejuvenece la música clásica” (revista National Geographic) y el director “más pop del mundo”, según el periodista Julio Villanueva Chang, quien describió a Dudamel como la punta del iceberg del “milagro colectivo” del Sistema.

Lejos de su acostumbrado magnetismo y carisma, a Dudamel se le vio consternado y sombrío en 2017, cuando rompió su neutralidad frente a la crisis social e institucional de su país. Después, las muertes no cesaron, la violencia siguió, la Constituyente se instaló y las protestas se apagaron… El gobierno de Nicolás Maduro tomó represalias por las palabras del director de la Simón Bolívar: le canceló a la orquesta dos conciertos que ya tenía vendidos en Bogotá, una gira que estaba programada para China y cualquier otra salida del país.

Sin necesidad de un anuncio oficial, para todos quedó claro que Dudamel, la joya, acaso el producto mejor acabado del épico Sistema venezolano, no podía volver a su país. En ese momento, Abreu, el mentor de su meteórica carrera y fundador del Sistema en 1975, estaba retirado a causa de la enfermedad que terminó su vida casi un año después. Sin Dudamel y sin Abreu, el Sistema perdió sus pilares y los músicos emprendieron su huida.

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Los integrantes de la Simón Bolívar ganaban hasta 3000 dólares mensuales ocho años atrás. Viajaban tanto que Fernando calcula que gastó hasta tres pasaportes, y empieza a enumerar: China, Japón, Corea del Sur, Canadá, Estados Unidos, Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Austria, Alemania, Inglaterra… En la actualidad, ganan alrededor de 5 dólares, cuenta, aunque esto depende tanto de la devaluación del bolívar como de los aumentos al salario mínimo venezolano. Además, no tienen actividad internacional, ni los viáticos que les daban cuando salían de gira, unos mil dólares que recibían de quienes los invitaban en el exterior, con los cuales se mantenían hasta seis meses cuando el salario se hizo precario. Fernando estima que entre el 70 y el 80 por ciento de la plantilla de la Orquesta se ha ido.

“Estábamos a la expectativa. No estábamos en contra de que Gustavo se pronunciara, porque era muy grave lo que estaba pasando. Tuvimos que resignarnos. No podíamos hacer más. (…) Si salimos a la calle, nos matan, si reclamamos, no va a pasar nada”, pensaban en ese momento, y fue cuando Fernando tomó la decisión: “No puedes pretender hacer un movimiento cultural en una dictadura. Es muy difícil”.

La madre de Francisco, su compañero, es colombiana. Por eso, ambos apostaron todos sus ahorros a llegar a Colombia. En julio de 2017, ya tenían en su poder los tiquetes de avión para salir el 10 de diciembre, con la ruta Caracas-Valencia, Valencia-Bogotá, Bogotá-Cali.

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Fernando no durmió bien su primera noche en Bogotá, a finales de abril. Se sentía decepcionado, como quien termina una relación amorosa de diez años, y derrotado, como quien entregó todo lo que tenía a su alcance para salvarla y no pudo. Acostado, en una habitación de un apartamento en Soacha, al sur de la ciudad, escuchaba los ronquidos de Luis David, un fagotista, y la respiración de Javier, un cuatrista, tumbados a su lado en la misma colchoneta. “Yo pensaba ‘verga, no puedo dormir’”. En su cabeza daba vueltas una pregunta: ¿qué iba a hacer? Ese día llegó de Suiza con el ‘jet lag’ y la frustración a cuestas.

Suiza era la opción para continuar su carrera musical, cuenta, mientras pone a hervir agua en una olla para cocinar espaguetis. Parte algunas cebollas en mitades, las mitades en cuartos y sigue hasta que quedan cuadrados pequeños. El ruido de la hoja del cuchillo que atraviesa las cebollas se interrumpe de golpe contra la tabla de cortar. “Yo no tenía suficiente plata –continúa–, entonces vendí el carro que le había dejado a mi hermana en Puerto Ordaz. Si me preparaba muy bien, como lo hice, no había razón para no quedar”.

Michel Bellavance, maestro de flauta de la Haute École de Musique, en Ginebra, lo conocía, lo había escuchado y lo convenció de presentarse a su cátedra. Le auguraba buenas probabilidades. Por eso, Fernando vendió su automóvil Chevrolet Spark modelo 2010 para viajar. Ya había salido de Venezuela y vivía en el caluroso Jamundí, cerca de Cali, con Francisco. La última semana de abril se fue a Ginebra. Allí lo recibió una amiga, también flautista y venezolana. “Estaba súper nervioso”, cuenta, mientras lava tomates, los parte en cuadros pequeños, abre una lata de atún y mezcla todo en una sartén con aceite caliente.

Fernando suele cocinar en su casa, un apartamento que comparte con otras cinco personas. Foto: Sara Castillejo EL TIEMPO

“Yo sentí que toqué bien”, dice. Al final del día de las pruebas, le dijeron que era admisible, pero que solo entrarían dos músicos y él no estaba en esa lista. Pensaba en todo lo que había hecho para llegar hasta allí. Quedó “todo derrotado, llorando en las noches en las calles de Ginebra”, cuenta con un tono de melodrama que más parece una burla de sí mismo.

En sus planes no estaba volver a Jamundí. Allí, había tocado en un bar, dio clases de flauta, le ayudó a la familia de Francisco con sus negocios, pero no encontró nada estable. No tenía nada a qué volver. Ni siquiera en la Filarmónica de Cali, donde le ofrecieron 100 mil pesos (unos 33 dólares) por semana que él no aceptó. Su opción era llegar a Bogotá. Aunque no sabía para qué, sí sabía a donde quién. Durante esos meses mantuvo contacto con Luis David Rodríguez, también de Puerto Ordaz, con quien se había conocido años atrás, en el Centro de Acción Social por la Música de Caracas, gracias a sus amigos en común. Luis David, quien había llegado en febrero a Bogotá, le habló de la ciudad y le ofreció recibirlo.

Fernando revuelve la sartén mientras las pastas hierven. Abre y cierra el grifo, lava algunos “corotos” y los seca. Son las 11:30 de la mañana cuando entra Luis David a la cocina y saluda. Este jueves no va a trabajar en TransMilenio, donde toca con Luis Fernando, otro fagotista. No lo hará porque tiene que ir a Migración Colombia a resolver un lío con los documentos para obtener su Permiso Especial de Permanencia, el documento extraordinario con el que Colombia les permite a los venezolanos quedarse por dos años en el país a causa de la crisis vecina.

Luis David se despide y Fernando retoma su historia. A los dos días de vivir en Bogotá se presentó a Teleperformance, pasó y comenzó a trabajar. Del apartamento en Soacha, se fue a vivir a un hotel en el barrio 7 de agosto, donde no aguantó más de un mes. Después de la decepción suiza, no quedó con ánimos de trabajar como músico por un tiempo. No es que tuviera desgano general con la vida. Es que quería encontrar algo de estabilidad.

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