Elecciones Municipales 2018: El Fiasco Regresa, por Juan Carlos Rubio Vizcarrondo

 

Cuando se tiene consciencia histórica lo natural es evitar caer en los errores del pasado. Eso es así en el mundo de lo racional, lo coherente y lo sano. La cosa es que Venezuela, lamentándolo mucho, no está localizada en ese planeta. De hecho, el país lleva un rato ya flotando por allá en el Triángulo de las Bermudas, si nos sentimos caribeños, o, si nos ponemos ultraterrenos, en la parte más inhóspita de la Dimensión Desconocida. Por tal razón, es que, cuando se tiene memoria en Venezuela, lo que se denota es el mayor de los absurdos: la redundancia en el error.

Así es señores, en nuestra tierra colapsada atestiguamos los mismos eventos una y otra vez. Pude hacer constancia de ello en el proceso de escribir este artículo.

Cuando empecé a elaborar este escrito, vino a mí, de manera fugaz e intuitiva, la revelación de que yo ya había abarcado este tema. “Pero ¿en dónde?” fue lo que me pregunté a mi mismo en ese instante. Con tal interrogante en la cabeza, pensé, pensé y pensé hasta que por fin dos palabras se manifestaron ante mí: “rabia” y “parranda”. Esos términos fueron la clave, pues no solo revelaron el artículo que había hecho anteriormente, sino que también mostraron la relevancia y actualidad de un sentimiento singular.

A través del referido proceso es que me percaté que el artículo en cuestión se llamaba “La Rabia en la Parranda Electoral” y que fue publicado originalmente en el mes de noviembre del año 2017. Sin embargo, lo genuinamente importante, la sensación de una gran verdad asomándose, vino a mí después de que pude leer tal escrito.

Paseándome por su contenido es que denoté enseguida las similitudes entre el pasado y el presente: elecciones a nivel municipal, antecedentes claros de fraudes electorales, la actitud imbécil de los partidos políticos, la pretensión de que hay democracia y, cómo olvidarlo, el sonido irrespetuoso e insoportable de campañas electorales que vuelven del dolor del venezolano un chiste, una pobre morisqueta.

El meollo del asunto, el horrible descubrimiento, terminó siendo que yo no estaba viendo semejanzas entre los escenarios, sino algo muchísimo más allá: los escenarios eran idénticos en contenido, sin ningún tipo de diferencia. Con un horror interno que mi rostro no pudo reflejar, vi el hecho que probablemente muchos observan pero no concientizan a diario:

El país se ha vuelto tal cual un disco rayado; la reproducción incesante de la misma secuencia de situaciones, argumentos, dilemas y sentimientos. Estamos como en esa famosa película “Atrapado en el Tiempo” de Bill Murray, viviendo el mismo día, las mismas frustraciones y los mismos engaños.

Por ello, es que las observaciones, críticas e indicaciones que di en ese entonces, en “La Rabia en la Parranda Electoral”, son igual de aplicables hoy por hoy. En tal sentido, no me queda otra que citarme a mí mismo sobre lo que está ocurriendo ahora que, irónicamente, es lo mismo que ocurrió ayer.

¿Cuál es el contexto? Bueno, sin modificar y actualizar el texto para indicar el año, estamos igual:

“Después de un plebiscito exitoso el 16 de julio de este año y las simulaciones electorales del 30 del mismo mes y el 15 de octubre, pareciese que ningún sufragio en Venezuela hiciese diferencia alguna para los ciudadanos. La Asamblea Nacional ignoró el mandato popular y ahora tiene un régimen de tiempo compartido con la Asamblea Nacional Constituyente. La Constituyente hace todo lo que la dictadura ya hacía antes. Los gobernadores, al igual que siempre, son unos lastimeros receptores de las dádivas del Ejecutivo Nacional. Ahora bien, considerando tales precedentes; las próximas elecciones municipales parecen ser la reiteración del chiste ¿quieres que te cuente el cuento del Gallo Pelón?, una cuestión que emerge para no darle respuestas a nadie.”

¿En dónde estamos? Mi yo del pasado, al igual que del presente, aprecia lo siguiente

“En la Venezuela de hoy, la institución del voto, aún con el valor intrínseco que ésta pueda tener; es una pantomima que genera vergüenza tanto en el territorio nacional como en el exterior. Así las cosas, es imposible creer en el sufragio cuando está desprovisto de transparencia. Sin embargo, siempre habrán los actores que vociferarán lo contrario, que el voto es voto a pesar de lo que sea. Éstos son los que se pavonearán y agitarán en las tarimas antes de la elección y que, una vez transcurridos los comicios, nos hablarán sobre claudicación estratégica o humillación necesaria.”

¿Cuál es el diagnostico? Que la enfermedad es la misma de siempre y por ende:

“No podemos seguir en negación de la naturaleza de lo que el país enfrenta, hacerle coro a la frase todas las dictaduras salen con votos hasta que se vuelva realidad o continuar con un ejercicio electoral que es un insulto para la propia institución. Cuando nos vemos arrebatados de república y democracia es inaceptable pensar que la tiranía entregará voluntariamente los medios para su disolución. Hay que analizar nuestro contexto y no creer en soluciones fáciles, nuestro drama no se terminará poniendo una papeleta en una caja electoral y eso hay que aceptarlo.”

Sé que, a pesar de lo que sea, el ciclo de repetición se cumplirá este domingo 9 de diciembre de 2018. El fiasco volverá porque la estupidez, la credulidad y la sinvergüenzura lo vuelven posible. Algunos políticos querrán hacer un bien, tratarán hacer la diferencia para luego fallar porque la realidad pesa más que sus intenciones; mientras que una buena cantidad solo querrá intoxicarse con la mera sensación de tener algo de poder. Sean los unos o los otros, el país seguirá igual, por cuanto el control real nunca estará en sus manos.

No obstante lo sombrío de lo expuesto anteriormente, tengo la convicción de que el futuro de Venezuela depende de quienes estén dispuestos a romper el ciclo perverso. Estas personas son aquellas que podemos llamar ciudadanos de cambio y que, bajo la faceta de dirigentes políticos, conocemos como la disidencia. Éstos son fáciles de reconocer. Son aquellos que saben, como bien dije en el 2017 y lo sostendré siempre, que:

“Es necesario ya apagar la música y terminar la fiesta. La lucha es otra, aquella acción popular de masas debidamente coordinada y pensada.”