Enrique Viloria Vera: Aviones y poder

                                     

Logro resistirlo todo, salvo la tentación.

Oscar Wilde

 

Lejanos están los tiempos en que el caballo era sinónimo de estatus, de poder, de distinción. A cada hombre poderoso le correspondía su caballo identificador: Bucéfalo, Babieca, y hasta el escuálido Rocinante, fueron expresión de mando, de poderío, de potestad. La Edad Media acogió a los caballeros en mesas y tablas de diferente formato; ser ungido caballero por el Rey era una distinción muy codiciada. Hoy el término quedó para ser usado como expresión de respeto y cortesía que practican meseros y vendedores de ropa masculina.

El siglo XX, como producto de la Revolución Industrial, privilegió el coche, el auto, el carro, como señal de empaque, de estilo. Ricos y poderosos se valen de los automóviles pera demostrar poder y riqueza; los Jefes de Estado compiten por el disfrute de coches blindados, cómodos y seguros que reciben – como los caballos del pasado -, epítetos que ilustran su prestancia: la bestia estadounidense, o los imponentes coches de los mandatarios de Rusia o Corea del Norte intimidan al más valiente.

Otro tanto ocurre con los aviones, las revistas deportivas. de moda o de negocios, acogen en sus páginas las fotos de los aeroplanos en los que se desplazan con sus numerosas comitivas. Artistas, deportistas, hombres de negocios, invierten ingentes sumas de euros, rublos o dólares en las aeronaves que los llevan raudos y sin pérdida de tiempo, de un lado a otro del planeta.

Los mandatarios no se quedan atrás, en su afán de demostrar poder e imperio, también cuentan con aviones lujosos y sofisticados que son la envidia del ciudadano de a pie, del pueblo llano. Tan pronto llegan a ejercer posiciones de mando sustituyen los viejos aparatos por nuevos palacios flotantes en los que el cuero, las maderas finas, los escudos oficiales y los más modernos adminículos electrónicos, acompañan a pilotos experimentados, azafatas o sobrecargos seleccionados con espartano rigor, todos contribuyen a que los vuelos de los presidentes, primeros ministros, jeques o reyes combinen a perfección el placer con la obligación, incluso si llega un bisoño que lo pone en venta por twiter.

Hasta los más austeros socialistas de allende y aquende, del Primero y del Tercer Mundo, sucumben a la tentación del coche oficial, del avión presidencial, a fin de ejercer las funciones para las que fueron electos o designados. Prontamente se acostumbran a las prebendas del cargo y sin vacilación – arguyendo incluso razones de seguridad nacional -, usan y abusan de la flota de aviones y helicópteros para con su familia, evitar la carretera, así se trate de un viaje corto que no amerita el despliegue de tantas alas y hélices para demorarse más despegando y aterrizando que volando para llegar a tan cercano destino. Otra vez con Wilde, los tentados gobernantes entienden que:

“La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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