Ser bolichico, por Juan Guerrero 

Conocí, hace varios meses, a un joven profesional quien labora en la sede de un ministerio en Barinas. Siendo hijo de padres profesionales fue educado en uno de los mejores colegios de Barquisimeto.

Pudo graduarse en una universidad privada y además, casarse y formar familia sin mayores inconvenientes. Ingresó al mercado laboral con apoyo de familiares y amigos donde comenzó a ejercer su profesión.

El joven, que no llega a los 37 años, es un dirigente-ejecutivo medio quien debe estar vinculado permanentemente con las comunidades en la Barinas llanera. Lo observo mientras no para de hablar. Es un curtido demagogo que sin mayor rubor ni pena, se dedica a describirnos la manera cómo se ha enriquecido a través del trabajo fácil por la compra de bienes y servicios del Estado.

Mientras habla de millones, entre dólares, mercancías y bolívares soberanos, voy observando su rostro, sus manos. La mirada complaciente y su aire de dirigente psuviano que se ufana por lo que hace. Describe la manera fácil de hacerse de dinero ajeno sin que le tiemble el pulso, ni se le quiebre el timbre de voz. Por el contrario, enfatiza y busca alzar la voz, para imponerse y convencernos.

Asquea escucharlo. Dan ganas de vomitar tanta astucia para hablar del tráfico de influencias y cómo esquiva los controles para obtener jugosas sumas de dinero mientras beneficia a quienes son, tanto de su pandilla como a las comunidades afectas al régimen.

-Nosotros estamos claros que esto va a terminar pronto, sentencia. –Pero mientras eso no ocurra nos dedicamos a comprar a la gente, suministrándoles algunas ayudas para que arreglen sus viviendas. -¡Claro está! Acota con aguda precisión. –Solo ayudamos a nuestra gente. Eso nos garantiza nuestra permanencia en el poder.

-Pero, ¿cómo haces para mantener a los grupos vecinales opositores sin protestar? ¿Por qué no los ayudan también? –Es que no vamos a gastar esfuerzos en gente que nos adversa, se defiende mientras sorbe un trago. –Esos escuálidos no nos interesan. Pero socarronamente nos confiesa: -Es que donde vamos la mayoría de la gente es opositora, jajaja. –Lo que pasa es que tenemos que hacer creer que todos son chavistas.

Le indico que eso que hace es contrario a la moral y va contra de las leyes y la Constitución. Se sonríe y riposta. Tengo varios años metido en esto y ya es muy difícil salir. –Mi esposa, sí. Ella era más chavista que yo pero ya está alejada y quiere que nos larguemos del país. –Pero a mí me gusta lo que hago.

Se sonríe y continúa su perorata de danza de millones, tráfico de influencias como si estos fuesen actos normales de su trabajo. En ningún momento siente que lo que hace va contra las normas y que en realidad, pertenece, no a un ministerio sino a una organización de mafia, de crimen organizado. De bandas de delincuentes donde sabes que entras pero que no puedes salir ileso de ella.

El joven se siente protegido, amparado y como él mismo lo declara: -Me atrae mucho estar dirigiendo a otros. Que la gente en los barrios y caseríos me busquen.

Este tipo de personas son quienes en la práctica hacen el mayor daño a la sociedad y la república. Seres absolutamente corrompidos que hoy están, políticamente de un bando, pero que muy bien, pueden cambiarse al bando opuesto y ser tan acérrimo defensor como antes lo hacían con otros.

Total, no son los propósitos ideológico-políticos que mueven a estos seres que pueblan el escenario intermedio del poder, entre el liderazgo alto del Estado y lo más bajo, el pueblo raso y llano. Es el vil metal lo que realmente interesa y que tan bien logran obtener cuando no existen, ni valores ni principios que guíen a propósitos nobles de bienestar social.

En los sectores medios de la administración del Estado existe todo un entramado de individuos que han desangrado a la nación y corrompido todo el hacer diario de las relaciones de trabajo, sociales y hasta espirituales. Para estas personas no hay ética ni moral que valgan. Tampoco existen procedimientos ni controles administrativos salvo aquellas instrucciones que reciben de sus superiores y que adecúan a las circunstancias de los constantes operativos que llevan a cabo, como tareas asignadas que son cambiadas en los próximos operativos.

Porque la improvisación es norma para evitar controles administrativos. La arbitrariedad del dirigente es orden que se cumple amparado siempre en el militar que está detrás y que escuda en la sombra.

Como él, que hoy se declara rojo-rojito por necesidad e interés de sobrevivencia, existen otros, que son azulitos. Opositores que en ciertas circunstancias sirven de enlace para tropelías y maltratos.

Son ellos quienes en la práctica se han enriquecido mientras actúan en la semioscuridad, un tanto alejados de los reflectores y sin mostrar el rostro públicamente. Su nombre es apenas medianamente conocido solo en su entorno y espacio donde actúa.

Pronto terminará, muy seguramente, de reunir su pequeña gran fortuna, y también de tejer su entramado de relaciones mafiosas, para después levantar vuelo y ocultarse en algún paraíso fiscal por unos años. Después, cuando las aguas se aquieten, volverá de visita a su Barquisimeto bucólico donde viven sus padres.

-Este trabajito está sirviendo para escalar más arriba, nos comenta. –Explícanos, le pedimos. –Es que mi nombre está sonando para un viceministerio, nos confiesa.

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