Venezolanos, gente delgadita, desolada y triste que recorre América Latina

Los migrantes venezolanos recorrieron las carreteras colombianas entre Cúcuta y Nariño y durmieron a orillas de las vías. Hubo solidaridad, pero también xenofobia. FOTO: Luís Robayo / AFP.

 

Este reportaje, muestra como el diario El Tiempo seleccionó a los migrantes venezolanos en un trabajo especial como Personaje del Año Internacional.

A continuación el trabajo especial de El Tiempo:

El éxodo venezolano, el más abrupto y acelerado de la región, sorprendió a los gobiernos y cuestionó la hermandad de los latinoamericanos. Es una de las cinco migraciones más grandes del mundo en 2018


El 27 de marzo de 2015 Luz Marina Rivas y su esposo, Carlos Pacheco, estuvieron a punto de regalarle a la nostalgia un nuevo capítulo en sus vidas como migrantes. Se iban a reencontrar con los sonidos de la obra “Ex patria” de la pianista venezolana Gabriela Montero, en el Teatro Colón, de Bogotá. Sin embargo, un ataque al corazón del crítico literario, minutos antes del evento, le ganó a la cita con el recital que no alcanzó a devolverlos, en sus recuerdos, al país que dejaron.

“El gran duelo no ha pasado. El duelo país y la viudez viven conmigo en Bogotá”, dice Luz Marina, doctora en letras colombo-venezolana que tiene su alma dividida entre los dos países, así como su biblioteca en su apartamento, que huele a orquídeas.

En julio cumplió 60 años de edad, de los cuales solo 11 ha vivido en Bogotá. Cuando ella tenía 5 sus padres migraron a Venezuela en busca de tranquilidad para ellos y sus 3 hijos. Su papá, médico, le temía a la violencia colombiana que sintió al participar de las marchas estudiantiles contra el dictador Gustavo Rojas Pinilla. Por su parte, la profesora Rivas dice: “Nunca creí en el proyecto chavista. El primer intento de golpe de estado en 1992 me asustó mucho y comencé a temer por lo que vendría”. Hace 6 años ella se vino a Colombia para salvaguardar lo más valioso que la crisis humanitaria había comenzado a arrebatarles: la dignidad. Pero las fracturas en el alma quedan.

El gran duelo no ha pasado. El duelo país y la viudez viven conmigo en Bogotá

La migración venezolana mantiene abiertas las venas de América Latina. En 2018, 2.757.893 personas se han movido a 18 países, según los datos del Observatorio de Venezuela que creó la Universidad del Rosario, en Bogotá, para estudiar a fondo un fenómeno que obligó al presidente colombiano, Iván Duque, a autorizar un Conpes por $422.000 millones para atender la situación.

En Colombia las cifras se han desbordado, al pasar de mayo de 2017 a septiembre de 2018 de 171.783 migrantes a 1.032.061, según Migración Colombia. Y estos solo son datos de los que han pasado por las fronteras, porque no hay censos ni caracterización de la población que se queda.

En Bogotá los migrantes arrastran sus maletas por las calles, dibujan con caramelos la palabra Venezuela en los andenes fríos, cantan las letras de Óscar de León y Franco De Vita en el Transmilenio a cambio de unos pesos colombianos, ofrecen los nuevos billetes del Bolívar Soberano como un souvenir para la historia, hacen colas en los servicios de salud para consultar cómo acceder a medicamentos para el VIH. Los dramas no se detienen y Luz Marina ve muchos de ellos a diario, cuando toma el servicio público para ir al Instituto Caro y Cuervo, donde coordina la maestría en Literatura y cultura.

Luz Marina hizo parte de una de las varias diásporas de Venezuela. Primero salieron los empresarios hace poco más diez años; luego, los perseguidos políticos hace unos ocho; los intelectuales comenzaron a emigrar hace seis -ahí ella, su esposo y muchos más-, y en el último tiempo todos, sin distingo de clase y postura política, huyen de un gobierno cuyas medidas los expulsan.

Con documentos o sin ellos cruzan cualquier punto de los 2.219 km. de porosa frontera que comparten Colombia y Venezuela. Shariti Paredes atravesó el río Arauca con su bebé. Partió desde Valencia con destino a Lima, Perú. Llegó a Rumichaca, Nariño, con un pasaporte y dos salvoconductos que le dieron en Bogotá, con cinco días para dejar Colombia. La profesora Luz Marina Rivas, en cambio, hizo el trayecto de Caracas a Bogotá en avión, primero con su esposo y sus libros; y hace un año lo repitió cuando fue en busca de sus padres de más de 80 años de edad.

“Acá en Colombia recuperé a mi familia. Eso es lo que pierden la mayoría de los migrantes. Pero lo que se quiebra cuando migras es mucho más, es la vida que construí, que me vi forzada a abandonar, que no pude seguir”.


“Yo no sabía lo que era sentir que uno podía perderlo todo: el salario, las propiedades, la comida. Cuando fui a buscar a mi papá vi niños comiendo del basurero de la esquina donde yo viví. Desde ese punto ves el imponente Cerro El Ávila y también la ruina en que se convierte nuestro país”, dice Luz Marina.

A medida que cuenta la historia de su salida de Venezuela, sus ojos dejan ver infinita tristeza por lo que dejó, que puede ser borrado por la represión que se respira en cada rincón de ese país. Una tristeza que asumen todos los venezolanos migrantes, no importa el lugar de donde se salga. La fuerza se ha perdido, el hambre pulula y el desajuste emocional es notorio a lo largo de un peregrinaje que no acaba.

Luz Marina trabajó 32 años en la Universidad Central de Venezuela y supo que tenía que hacer un plan b cuando los sueldos perdieron capacidad adquisitiva. “En el 2012 fuimos a hacer un mercado y costó toda la quincena de mi esposo, que ganaba más que yo. Empezamos a asustarnos. La última pensión que cobré equivalía a 23 dólares”.

lo que se quiebra cuando migras es mucho más, es la vida que construí, que me vi forzada a abandonar, que no pude seguir

FOTO Cortesía Julián Lineros Dirección para la Integración Fronteriza de Cancillería.

“Nadie habla de lo que sucedió con el mundo cultural. Caracas era una ciudad llena de eventos, se fueron extinguiendo y comenzamos a decirles adiós a actividades tan necesarias para la educación de un país. Alguna vez hubo un encuentro cultural en el Centro Rómulo Gallegos y el público solo eran soldados”, relata.

A los espacios de participación en la Universidad también debieron decirles adiós. “Los estudiantes regresaban de una marcha y los colectivos los atacaban. Llegaban a los salones de clase, preguntaban por uno y lo sacaban y lo maltrataban. Los posgrados de neonatología y anestesiología se fueron quedando sin alumnos y el país, sin médicos. En 2012 no habían anestesiólogos suficientes. Los jóvenes comenzaron a irse y con ello llegaron las navidades por Skype”.

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