Testimonios de colombianos desplazados que abren sus puertas a migrantes venezolanos

Cuando Graciela Sánchez llegó por primera vez a Las Delicias en busca de seguridad, solo llevaba a sus dos hijos y un pequeño bulto de ropa con ella. Todo lo que tenía en Caquetá, al oeste de Colombia, lo perdío por causa del conflicto armado.

En 2007, Graciela decidió instalarse en un suburbio montañoso de Cúcuta, al este de Colombia, porque estaba cerca de la frontera con Venezuela. En aquel entonces, la parte venezolana estaba repleta de negocios y muchos colombianos cruzaban la frontera todos los días para ir a trabajar o hacer compras.

“Los colombianos dependíamos de la frontera”, dice Graciela.

Hoy, la realidad es todo lo contrario. Más de tres millones de personas venezolanas han abandonado su país de origen. Aproximadamente 5.500 personas cruzan todos los días a Colombia con el propósito de permanecer en el país o continuar su viaje hacia el sur.

Más de 35.000 personas ingresan a Colombia todos los días a través del cruce en la región norte de Santander, muchos de ellos venezolanos en busca de protección, alimentos o medicamentos, quienes luego regresan a su país.

“Nos hemos convertido en una familia”.

En Cúcuta, la principal ciudad del lado de la frontera de Colombia, los proveedores de servicios sociales y de salud están luchando para hacer frente a la creciente afluencia de venezolanos.

En un ejemplo de verdadera solidaridad, los vecinos del suburbio de Las Delicias han abierto sus brazos y puertas a los que huyen de Venezuela. En la actualidad, 23 familias albergan a más de 150 venezolanos en la comunidad.

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, apoya esta red de solidaridad cubriendo los costos de agua y electricidad. Las familias dentro de la red identificaron esta necesidad como una prioridad para mejorar sus condiciones de vida.

“El programa en Las Delicias se basa en cinco años de experiencia trabajando con la población desplazada del vecindario, y busca fortalecer la solidaridad y promover actividades que beneficien a la comunidad en general”, dice Rafael Zavala, jefe de la oficina de ACNUR en Cúcuta.

La mayoría de los vecinos de Las Delicias saben muy bien lo que están pasando los venezolanos, más del 60 por ciento de ellos fueron desplazados por el conflicto armado en Colombia y construyeron este asentamiento informal que ahora consideran su hogar. Con la ayuda de ACNUR, Las Delicias es hoy un barrio legal de Cúcuta, que permite a su comunidad acceder a servicios e inversiones oficiales.

“Lo perdí todo. Llegué aquí con las manos vacías”, dice Graciela. “Después de haber pasado por eso, decidí abrirle la puerta a los venezolanos”.

Durante sus primeras semanas en Las Delicias, Graciela y sus dos hijos, que tenían tres y ocho años en ese momento, dormían en el piso. Los tres se enfermaron de dengue. “Fue muy difícil al principio”, recuerda Graciela.

Juan, un vecino muy generoso, le ofreció a ella y a sus hijos un lugar para quedarse. Un mes más tarde, ella le compró una pequeña parcela al lado y comenzó a construir su propia casa. Le pagó a Juan en pequeñas cuotas, ya que su salario como asistente de supermercado a tiempo parcial era muy escaso.

Graciela le hizo una promesa a Juan: “Un día, cuando ya no puedas trabajar, te cuidaré en mi casa”.

Mientras más y más venezolanos llegaban a Cúcuta en busca de ayuda, Graciela no podía permanecer pasiva. Ella podía verse a sí misma en ellos: “Son venezolanos y nosotros somos colombianos, pero ambos tuvimos que experimentar lo mismo: dejar a nuestras familias, huyendo para buscar oportunidades, muriendo de hambre, y comenzando desde cero”.

“Lo perdí todo. Llegué aquí con las manos vacías”.

Jenire Rojas, de 30 años, es una de los 18 venezolanos que viven actualmente con Graciela. Llegó hace cinco meses con su esposo. De vuelta en Tinaquillo, Venezuela, la situación económica era tan mala que tenían dificultades para comprar artículos de primera necesidad como comida, y cuenta que la familia se moría de hambre. “El salario mínimo mensual no alcanza ni para la comida de dos días”, agrega.

Los dos hijos de Jenire, que tienen 10 y tres años, todavía están en Venezuela. “Nunca antes había estado lejos de mis hijos, ni siquiera durante un fin de semana”, dice Jenire. Su esperanza es poder traerlos a Las Delicias antes de fin de año.

“Vinimos a Colombia en busca de una oportunidad que no tenemos en Venezuela”, dice Jenire.

Jenire y los otros venezolanos en la casa están profundamente agradecidos con Graciela. “Ella ha sido un gran apoyo para nosotros, siempre nos dice que no nos demos por vencidos, que sigamos adelante”, dice Jenire.

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Una de las cosas que Jenire valora más es cómo Graciela confía plenamente en ellos. “Porque somos conocidos, pero no somos familia”, dice Jenire.

Graciela solo ha podido encontrar trabajo en un restaurante chino tres días a la semana y su salario no es suficiente para mantener a toda la comunidad que vive bajo su techo. Incluso se endeudó para comprar un nuevo terreno y construir una casa secundaria para albergar a más venezolanos.

Ser tan acogedora con los venezolanos le ha costado a Graciela algunas amistades. Algunas personas no entienden por qué abre la puerta a extraños.

“Vinimos a Colombia en busca de una oportunidad que no tenemos en Venezuela”.

Las cinco familias venezolanas que viven en estas instalaciones le muestran a Graciela su gratitud todos los días. Aunque no pagan la renta, ayudan a mejorar su casa, una estructura básica de ladrillo rojo desnudo, y las otras dos casas pequeñas en el patio trasero.

“Cuando llegamos aquí, no había piso, el techo se estaba derrumbando”, recuerda Jenire. La ayudaron con las reparaciones de la casa y hace aproximadamente un mes instalaron gas. Ellos cocinan regularmente, limpian y lavan la ropa.

“Nos hemos convertido en una familia”, dice Jenire.

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En una habitación lateral con cortinas amarillas, acostada en una cama de madera con un ojo vendado y brazos delgados, está el generoso vecino de Graciela, Juan, el primero que le abrió las puertas de Las Delicias.

Él está luchando contra el cáncer y Graciela lo está cuidando, como ella prometió una vez. “Él es como mi padre”, dice ella. Los venezolanos que viven en la casa también cuidan a Juan cuando ella no está.

Mientras se pone su uniforme blanco y azul para ir a trabajar, Graciela dice: “Necesitamos ser pacientes. No sabemos qué puede pasar en el futuro. Mañana podríamos ser nosotros también”.

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