Jorge Olavarría H.: La Autoridad Individual

 

Foto: Lapatilla.com

 

Venezuela no necesita una revolución ni una contrarrevolución sino una cruzada moral que nos emancipe de la esclavitud de la corrupción, que lo ha colmado todo (y en formas y conductas tan enraizadas que ya ni podemos distinguirlas), entonces, me aferro a algo que aunque puede ser obviado o ignorado, NO puede ser ni desintegrado ni destruido, y eso es –el potencial (y me refiero al potencial de la tierra, de la gente…) que es la esencia de este país y de nuestra gente.

Para el 10 de enero, vayamos a la praxis, su excelencia. ¿Qué lograron?

Veinte años y no hace falta mencionar que no hay absolutamente nada significativo que mostrar. Este régimen debutó mutando genéticamente la Constitución, lo que les permitió legalizar una quimera monstruosa con la que se pudo canibalizar legalmente todo lo que fue próspero, puro y feliz. Si el objetivo final era adecuar un sistema judicial, electoral, dogmático con el fin de concentrar el poder absoluto y permanente, tienen un logro gigantesco. ¡Bravo! Y el 10 de enero deben aplaudir otra victoria. Gracia a esa reingeniería, este próvido régimen de cleptómanos psicópatas han sobrevivido las tempestades de la política diseñadas precisamente para ¡evitarnos esto! No, no podemos hablar de ideología porque ninguno de los estamentos y consignas con las que catequizaron y se juramentaron están vigentes. Se han desenmascarado.  

Al final, este longevo experimento revolucionario no ha traído nada loable aunque sí ha perfeccionado depravaciones antiguas y ha incorporado nuevas aberraciones a la ecuación. Sin haber logrado niveles (siquiera) aceptables de seguridad, estabilidad, igualdad, confianza, autonomía, o de justicia, se anuncian sin trapujos no estar dispuestos a ceder el poder. Y este anuncio no se hace con la intención de corregir errores o reencauzar el rumbo perdido. Del 2015 a hoy (enero, 2019) Venezuela ha conocido el peor periodo en su historia republicana y quienes instruyeron esta desgracia, no la pueden o quieren remediar. Han decidido atrincherarse detrás del poder y prolongarse, cueste lo que cueste. Decir esto no es una proclama política con alguna parcialidad ideológica, son los hechos. Nunca se habían conocido niveles tan elevados de tragedias humanas y malestar social.

¿Por qué (entonces) siguen en el poder? ¿Qué puede justificar los niveles de inacción política y pasividad social que prolonga este extendido martirio?

Veamos que hay que mencionar que—al tiempo que desvalijaban el país, dogmatizaban a la población a la esclavitud de la dependencia absoluta, mientras trasquilaban las libertades básicas, de expresión, de propiedad, de la búsqueda de la legítima prosperidad, abolieron el clásico control entre las instituciones, ideologizaron e hicieron cómplices a los militares bajo el embrujo del extorsión pero aún con eso, sus aparatos de terror ya no pueden certificar poder mantener un apaciguamiento doméstico duradero, y aún así siguen aferrados al poder. Pasemos a explicar la verdadera fuente del poder perpetuo de estos capaces cleptómanos.  

El sociólogo Max Weber argumentaba  que un gobierno para prolongarse debe ser visto como “legítimo” para poder ejercer la “autoridad” que aflora de tres fuentes: carismática, tradicional y legal, pero yo tiendo a discrepar porque no es el ejercicio de la autoridad lo que les proporciona el control sino la percepción, la apariencia de tener esa autoridad. NO es la fuerza, control y dominación lo que los prolonga. Es la precepción de la autoridad que se ejerce sobre la sociedad y sobre las instituciones (públicas y/o privadas). Es esa “apariencia” (que los retroalimenta) y les garantiza la continuidad y gobernabilidad y, es más,  los protege contra una posible sublevación social real, que pudiera amenazarlos. No, la longevidad de un gobierno no depende de la justicia, la democracia, o los niveles de libertades cívicas y económicas. Tampoco está seriamente amenazada por la acritud de las crisis, o las carencias o la pobreza crítica. Ninguno de estos son buenos semáforos para anticipar revueltas y sucesiones. En la otra cara de la moneda, vemos que la mayoría de las sublevaciones populares se producen por la ‘percepción’ de la merma de la autoridad. Es decir, sea esta merma cierta o falsa—efectiva o inoperante, lo que importa es cómo se percibe. Como ejemplo tomemos el intento de golpe de Estado de Hugo Chávez, que no fue fallido sino pospuesto gracias a que en ese entonces la defensa militar/institucional pudo interrumpirlo. Pero de ese intento de golpe y magnicidio, Pérez salió físicamente ileso y políticamente herido, mortalmente herido. Lo triste de esa novela es que Pérez no inaugura su defunción por sus nuevas políticas aunque era, sin duda, un garrotazo kármico, retroactivamente merecido. Ese momento salpicaría y sería abonado al estamento político entero, el bueno y el malo, que igual que la Iglesia del siglo XV estaba colmado de avaricia y ambición y carente de perspectivas, reformas e ideales. Pocos entendieron (igual que sucedió con Lutero), que el país había descubierto un paladín quien hervía con autoridad y en la psiquis colectiva se merecía mando político, como en efecto sucedería. Las injusticias, desigualdades, corruptelas, privilegios y toda esa matraca electorera es relleno académico (por muy cierto que fuere).

Es la percepción de la pérdida de la autoridad lo que aniquila a Pérez y nos dirige  hacia un hervidero, no por los ideales socialistas, resentidos o revanchistas que regresaron a la mesa sino por la puesta en escena del nuevo adalid. Recordemos que Pérez, el gran superviviente del golpe, tendrá que soportar un segundo atentado y finalmente, su trayecto político culmina con su deposición. Para cuando Chávez se hace candidato, el estamento político ya ha demostrado hartamente su incapacidad de auto-reformarse, y tenemos en el poder un anciano quien ha sido reelecto sobre el esqueleto del partido que fundó y para colmar con un ejemplo humillante de esta verdad, los candidatos que se presentan a la contienda electoral son el destello, inconsciente, apocalíptico, de lo que nos depara y nos merecemos. En las elecciones que le permiten a Chávez reinstaurar su golpe fallido, tenemos apuntalando a un centenario operador político que por cobrar sus fichas de favores llegaba a la candidatura del partido más importante del país, un lord Señorial de Carabobo con ambiciones feudales, un niña bonita que sabía maquinar y maquillar, y, por supuesto, el ex militar golpista, marxistoide, ególatra, con resentimientos sociales feroces y serios problemas psicológicos pero… exudando autoridad por cada poro. El resto es relleno.

Y con todo lo que hizo y deshizo este personaje, y a pesar del incuantificable daño y la destrucción, en ningún momento perdió este sentido de (la apreciación de la) suprema autoridad. Ni siquiera cuando el Dr. Jorge Olavarría le advertía al país durante la última sesión del Congreso “bicameral”, lo que sucedería si los Poderes Constituidos no le advertían al Presidente recién-electo (mientras leía el “Manual del Guerrero Gay)” que él también debía someterse a las controles y leyes de la Republica (y que quienes estaban en posiciones de ‘autoridad’ tenía en deber de recordárselo, antes de que fuese demasiado tarde y con su ‘percepción’ de autoridad de esencia despótica anulara la ‘percepción’ de autoridad de quienes habían sido electos y designados para cargos y deberes, y que tenían tanto derecho a ejercer la autoridad como él). No lo hicieron y su autoridad se volvió despótica. Ni siquiera cuando María Corina lo llamó ladrón perdió el garbo y de nuevo dejó en claro quién mandaba (y para entonces con absoluta impunidad). Ni siquiera pierde su apostura de autoridad en la difusión de televisión en la que sublimemente admite estar consiente el prospecto de su propia muerte y sentencia a Venezuela a elegir a Maduro. Los demonios se propagan y promueven demonios.

El 1º de enero la heredada apariencia caricaturesca de la percepción de autoridad, pura y simple, les funcionará magistralmente (si seguimos viéndolo como está orquestado para que lo veamos). Ese es el legado que el clon político ha sabido imitar (más) impecablemente. Maduro y su jerarquía no tiene el control de nada y es tan titiritero como títere, pero no importa. Lo que importa es que la precepción de la autoridad sigue funcionando y sus opositores, despojados de toda ética por intereses, se sientan en la mesa mercadeando la corrupción, negociando, prolongando la agonía, convertidos en cómplices, traidores de sí mismos y de el deber histórico que es la causa más noble y valiente.

Pero en defensa de la oposición, digamos que las puestas en escena del régimen son geniales, las capacidades bufas memorables, y sus montajes magistrales. Pero debemos hacer el esfuerzo de vigilar con otros instintos, porque aunque no tienen autoridad, conservan el arte de la percepción de autoridad y la prueba es que constantemente les hacemos eco a las proclamas, amenazas, decretos y los chantajes. Esa percepción es el cabello de Sansón que los mantiene en el poder (poder que no saben y nunca supieron administrar). Hace rato que perdieron todo y están levitando sobre arenas inestables, no pueden subsanar o ajustar nada pero lo que si preservan es la capacidad de engañarnos, repito, hacernos creer. Ese es el legado.

Este 10 de enero lo importante no es que se presente sino que se presente a exhibir un solo aspecto: autoridad. Me repito. Puede presentarse sumiso, queriendo reparar o culpar a otros por los daños que ellos mismos han causado pero lo que diga o no diga, no importa. Lo fundamental es que el público arengue lo que dijo, o no dijo. Lo importante es que, ya sean burradas o no, tengan eco, sea por pernil, sueldos, inflación, el Bolívar Somarrano, el oro inglés, el petro, China, la liberación de presos políticos, invasiones imperialistas o lo que sea. Cada nueva improvisación, locura, no importa si es contraproducente o no, nada importa, con tal de que sirva para que la gente ‘perciba’ que se está ejerciendo autoridad públicamente (igual que lo hacía Chávez). No importa si nadie le cree o si la mayoría del público termina mentándole la madre por su cinismo, estupidez, improvisación o demencia, lo importante es que se perciba que la información que fluye del ejecutivo al público mana de alguien que conserva la autoridad.

“Maduro dijo que…”..es la frase que importa, no lo que diga Maduro.

Y para concluir con el tema la importancia de la ‘percepción’, digo que no nos definen las percepciones de los hechos sino las respuestas, las acciones. El primer paso es la búsqueda de la sinceración. Nada puede resolverse (ni en lo personal ni en lo compuesto) si nos negamos a confrontar y entender las realidades o, peor—si insistimos en querer ver solo lo que queremos ver. El segundo paso, (dada la complejidad del primero) es el de no permitirle al nihilismo tener la última palabra, es decir, no dejar que las terribles realidades (de lo que somos, tenemos o vivimos, y cómo llegamos a esto) nos absorban en una vorágine pesimista y depresiva en la que concluyamos que nada vale la pena. Y repito, dado que en Venezuela no se necesita una revolución ni una contrarrevolución sino una cruzada moral que nos emancipe de la esclavitud de la corrupción, que lo ha colmado todo (y en formas y conductas tan enraizadas que ya ni podemos distinguirlas), entonces, me aferro a algo que aunque puede ser obviado o ignorado, NO puede ser ni corrompido ni destruido, y eso es –el potencial (y me refiero al potencial de la tierra, de la gente…) que es la esencia de este país y de nuestra gente.

 

Jorge Olavarría H.

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