Memorias de Cándido: La doble moral del injerencismo, por Vladimiro Mujica

 

Busco la palabreja “injerencismo” en varias versiones de diccionarios del castellano y encuentro el resultado que ya me esperaba: se trata de uno más de los exabruptos del chavi-lenguaje, la versión perversa del español a la que nos hemos ido acostumbrando en estos 20 años de tragedia y retroceso histórico. Como “millones y millonas”, como los “ocho puntos cardinales”, como el fenómeno del “equinochio” para explicar la sequía en el Zulia, como el uso del adjetivo escuálido como sustantivo. Pero la vergüenza y la tristeza por la corrupción de nuestra lengua en manos de los bárbaros que han usurpado el gobierno de la nación, no se compara con la indignación que me embarga escuchando al canciller del usurpador en el Consejo de Seguridad de la ONU, hablando del injerencismo de otros países en los asuntos de una nación soberana como Venezuela. Repitiendo un discurso que hemos escuchado una y otra vez, para responsabilizar a otras naciones de nuestra tragedia.

Por Vladimiro Mujica

Bajo el chavismo y su hijo natural el madurismo, la soberanía venezolana se ha transformado en una hetaira que baila primariamente al ritmo cubano pero que puede también danzar ritmos de otras latitudes, como Irán, Nicaragua, Bolivia, Rusia o China, o moverse acorde a las demandas de los narcos, la guerrilla colombiana o los terroristas de Hezbollah. Los usurpadores han vendido a Venezuela; hipotecado el futuro del país; empobrecido a nuestra gente; permitido el ingreso de un ejército de ocupación cubano que ejerce competencias militares y policiales; regalado nuestro petróleo; en fin, han humillado y prostituido a la nación a niveles incompatibles con la mínima decencia patriótica. Pero esto, que es más que injerencismo y que más bien se compara a la acción de un proxeneta, no existe para el inefable canciller del usurpador.

Injerencismo para el régimen es la pretensión del mundo occidental, de la ONU, la OEA y la Unión Europea, de intervenir, o simplemente opinar, sobre la conducción de los asuntos supuestamente internos de Venezuela. La oligarquía chavista se rasga las vestiduras con el argumento de la auto-determinación de los pueblos, con la condición de nación soberana de Venezuela, cuando la verdad del asunto es que el derecho internacional no impide la intervención de la ONU, u otros organismos en los asuntos internos de otro país, cuando se establece que han ocurrido violaciones masivas a los derechos humanos. Tal fue el caso de Rwanda, o el de la fragmentada Yugoslavia, por citar algunos ejemplos recientes, y es también el caso de Venezuela. Tampoco está impedido por el derecho internacional, el que un gobierno requiera ayuda y asistencia humanitaria o militar, cuando su nación ha sido invadida o se encuentra en un conflicto bélico con otro país. Un escenario análogo a este, podría perfectamente plantearse si el presidente encargado Juan Guaidó requiere ayuda internacional para liberar a Venezuela del régimen del usurpador. Todo ello en cumplimento de sus obligaciones constitucionales y eventualmente respaldado por un sector de los militares venezolanos.

Ninguna nación puede tener la pretensión de escudarse bajo la soberanía para exigir que no se examinen sus acciones, especialmente si las mismas lesionan gravemente el bienestar de la región. Este es precisamente el caso de Brasil, Colombia y el resto de las naciones sudamericanas, literalmente asediadas por el flujo de venezolanos. Es innegable que buena parte de la diáspora venezolana está integrada por profesionales que han llevado trabajo y conocimiento a otras latitudes, pero al lado de eso, están cientos de miles de nuestros compatriotas empobrecidos y a merced de la asistencia pública y la solidaridad, o la xenofobia como en el reciente caso de Ibarra en Ecuador, de las naciones de acogida.

Para el canciller del usurpador, no hay injerencismo cubano, ni ruso, ni iraní, ni chino. Esos son amigos a quienes se recibe con los brazos, y otras extremidades, abiertos. El caso de la injerencia cubana en Venezuela, constituye un caso excepcionalmente grave y vergonzoso, porque se trata literalmente de un ejército de ocupación que actúa de manera absolutamente ilegal e inconstitucional en Venezuela. De hecho, y para todos los efectos prácticos, el régimen usurpador actúa de facto como un gobierno colaboracionista con un ejército de ocupación. De idéntico modo que lo hiciera la Francia colaboracionista de Vichy durante la ocupación nazi en la segunda guerra mundial.

Es especialmente preocupante, y los venezolanos en el exterior tenemos una responsabilidad ineludible en aclarar esta situación, que se perciba la presión internacional, especialmente la de los Estados Unidos, como un intento de ese país de promover un golpe de estado en Venezuela, o de interferir con los asuntos internos del país. La propaganda del régimen madurista, pretende presentar la asunción de Guaidó como Presidente Encargado, como si se tratara de una auto-proclamación que la política injerencista gringa está apoyando. Este es el contenido esencial del patético mensaje enviado por Maduro al pueblo norteamericano, rogando comprensión y apoyo mientras masacra y oprime a su propio pueblo. Los venezolanos debemos asegurarnos de que tanto el partido Republicano, como el partido Demócrata entiendan que la lucha de los venezolanos no es ideológica, sino de supervivencia y de combate por la democracia y la libertad. Los Estados Unidos, la ONU, la OEA, el Grupo de Lima y la Unión Europea están haciendo lo correcto en incrementar la presión sobre el régimen usurpador, y lo hacen actuando dentro de los lineamientos del derecho internacional. Del mismo modo que Guaidó no se autoproclamó, sino que está ejerciendo su mandato de Presidente Encargado en estricto complimiento de la Constitución Nacional.

Capítulo aparte en esta historia de ignominia de la doble moral del injerencismo, lo constituye la ausencia de pronunciamiento de su Santidad el Papa, lo que equivale a una defensa encubierta, sobre la usurpación de Nicolás Maduro. Me embarga una gran tristeza, el ver como un líder religioso que goza de la confianza de buena parte de mi gente, porque Venezuela es en buena medida un país católico, se comporta con el cinismo del Papa. El máximo ejemplo de la no injerencia, cuando un mandato superior lo debería obligar a intervenir.