Jorge Olavarría H.: Tengo un problema con Guaidó

Jorge J. Olavaría de Halleux [email protected]

Advierto grandeza. Tengo un problema con Guaidó. No es algo nuevo ni infundado aunque quizá sea algo injusto porque es más una precepción agregada que específica. De hecho es bien complejo y es, en mi caso, contra natura. Se dice que Julio César lloró ante la tumba del Emperador heleno y para quien preguntara la razón de tan ridícula ternura, el general romano añadió teatralmente—“A mi edad, Alexandros  ya había conquistado el mundo”. Esta alegoría es turbadora en varios niveles. Existe la exégesis que César declaró, “A mi edad, Alexandros ya había civilizado el mundo” –y si asumimos que “civilizado” deduce helenizado, entonces, tiene razón. En efecto, es la helenización y no la conquista militar del macedonio lo que habría de transformar el mundo en más maneras de las que se pueden listar. Es posiblemente instructivo hacer un inciso y recordar lo dicho por Thucydides: que para los griegos la libertad de no ser oprimido o avasallado era tan valiosa como la libertad para avasallar y oprimir.

 

Alejandro, habiendo analizado las crónicas sobre la testarudez y arrogancia de ciertos habitantes de un territorio geográficamente vital para sus planes, había decidido saquear y arrasar la ciudad principal y ultimar a sus habitantes que no valieran como esclavos. Su ejército avanzaba esperando llegar a una ciudad amurallada (acrópolis) dispuesta a resistirse, o quizá se toparían con algún regimiento insustancial pero seguramente habría algún nivel de resistencia porque todo pueblo al igual que todo ser vivo enfrentado a la aniquilación dará batalla por muy formidable que sea la fuerza en su contra. Pero en la cima de una colina a las afueras de Jerusalén, no se divisaba un ejército sino un hombre de barba blanca y cabellera cana, armado de un bastón. Pidió hablar con Alejandro. Lo que posteriormente hablaron el Rabino de Jerusalén y el conquistador no lo sabemos pero las fuerzas de Alejandro tomaron la ciudad sin apagar una sola vida.

 

“Estaba yo en compañía amena y distinguida,”—menciona Voltaire,  “debatiendo un tema banal y frívolo de ¿quién era más magnánimo, si Alejandro, César, Tamerlane o Cromwell? Y alguien contestó—que sin lugar a dudas era Newton. Y correctamente…porque le debemos reverencia a aquellos quienes dominan nuestras mentes con la fuerza de la verdad, y no a aquellos que nos esclavizan con la violencia.”  

 

Tampoco debemos caer en la tentación de juzgar la adolescencia de las naciones, ni compararlas con las de madurez cultural. Ni es justo comparar lo peor de una época y alguna sociedad con lo mejor de algo preseleccionado del pasado. El potencial es algo que puede nublarse pero no puede eliminarse.

 

Además, el mundo ya se está cansando de megalómanos y guerreros imponiendo sus verdades absolutas provistas por mandatos manados de dogmas de la indescifrable mente de algún alucinado, como Marx en su cruzada contra el individualismo, alegando que la vida desconfía del personaje excepcional, que las personas envidian la erudición y el talento superior, que se debe rechazan el saber y exaltar la humildad de los pobres, la miseria de las masas desposeídas, de los verdaderos herederos de la tierra quienes, para liberarse, deben someterse a la suprema esclavitud, la igualdad impuesta y toda la mediocridad que eso infiere.

 

La historia de Venezuela no es solo la historia del pueblo de Venezuela. Es más la historia de sus protagonistas –grandes y pequeños— tanto de aquellos que mostraron caminos, levantaron antorchas y contribuyeron a que, como pueblo, como individuos, avanzáramos, cada quien con lo que les tocó vivir, o… por el contrario, como en estos veinte años, la historia la definieron los protagonistas y sus cómplices, que nos forzaron a que nos quedáramos pegados en el légamo de la ingenuidad, la dependencia, la sumisión, la ignorancia y el retraso. Si lo vivido se asienta más en lo que permitimos que en lo que honestamente resistimos, ese es otro debate.

 

El historiador H.G. Wells calificó a César de primario y a Bonaparte de imbécil. Supongo que es corriente y a todos nos da, a veces, por enfocarnos en depreciar a grandes personajes obviando la insignificancia propia, que se hace menos asfixiante si se logran exponer los errores y pequeñeces de los demás. Si sentimos que nuestros líderes actuales han sido de menor dimensión de lo que fueron, digamos, Bolívar, Bello, Vargas, Gallegos, Betancourt, Uslar, Andrés Eloy… no debemos desesperar. Vemos que el emprendimiento, la creatividad, el enaltecimiento del trabajo como fuente de recompensas pecuniarias, nos son conceptos que les son ajenos a tantos venezolanos que han sabido y podido aprovechar las libertades cedidas y los derechos implorados en otras naciones, patrimonios que dejamos nos quitaran.

 

Además, es reconfortante pensar en el portentoso aprendizaje instintivo acumulado por la suma de la población en esta aciaga era. Porque solo son aceptables las palabras grotescas como “ignorancia…incultura… atraso… ineptitud… impericia…básico…imbecilidad..”  cuando vienen acompañadas de algún bloqueo dogmático que le impida al individuo ver y apreciar la grandeza en los demás por miedo a descubrir la propia insignificancia. Quizá, al final, un porcentaje de nuestra población sea incapaz de salir de la esclavitud dogmática y de la brutalidad pero encima de este estrato hay un altísimo número de venezolanos dispuestos a confiar en sí mismos y aspirar a las más elevadas alturas humanistas, culturales, civilistas, comerciales, productivas y, ante todo, éticas.

 

Por todo esto, repito, tengo un problema con Guaidó. Este joven venezolano ha reavivado sorpresivamente la confianza de la opinión pública en el potencial de sus servidores públicos. Dicho eso, no tenemos suficientes elementos de convicción aun y ese es el problema. Estamos dando un respingo basados en la fe ciega, y en la necesidad. Mi generación demostró que fuimos capaces de reelegir a Carlos Andrés para que regresara la irresponsable guachafita derrochadora de un país saudita. Fuimos capaces de restaurar a Caldera por no atrevernos a aventurarnos con las generaciones de relevo. También fuimos capaces de elegir un demagogo vitalicio, golpista y voluntariamente nos hicimos sordos y ciegos ante las patentes evidencias de su megalomanía destructiva y corruptora (y le permitimos escribirse un Constitución a la medida de sus ambiciones).

Así que hoy decido confiar en la grandeza, en el potencial de este joven advenedizo, Juan Guaidó, estando perfectamente consciente de los tentáculos de intereses y connivencias que tiene detrás y que quieren dominarlo, domarlo, hacerlo un cómplice más. Y mi fe no solo se basa en que es joven, ni porque parece querer mirar al futuro teniendo al pasado como referencia pero no como meta.      

 

Que Dios lo proteja y la sociedad lo sondee constantemente. Es hora de tomar el control de nuestras propias vidas, expandir nuestras mentes, y si acaso estuviéramos dispuestos a renunciar a la vergüenza de volvernos ligeramente más honestos, justos y sofisticados, no hay problema, ambigüedad que no podamos resolver. No hay nada que no podamos reconstruir.

 

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