El perdón y el arrepentimiento, por Julio Cesar Castellanos

Durante los juicios de Núremberg, en los cuales fueron procesados los líderes de la cúpula Nazi tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, se pudo escuchar el testimonio de una militante comunista que estuvo en el Campo de Concentración de Auschwitz – Birkenau. Informó, frente a los procesados, los jueces y los fiscales que un día se había escuchado que el “Comando del Gas” se había quedado sin ese insumo, por tanto, aliviados, sabían que el exterminio tendría al menos una breve pausa. Esa noche escucharon unos gritos terribles que no lograron comprender hasta el día siguiente cuando se enteraron que un grupo de niños había sido llevado, a falta de gas, directamente a los hornos para ser incinerados vivos.

Rudolf Hess, uno de los cabecillas Nazi, afirmaría poco después que “no se arrepentía de nada”. Por lo que sabemos, incluso los peores criminales de la historia puede que nunca se arrepientan de su absoluta maldad. Sin embargo, ¿eso nos exime de perdonar? ¿La ausencia de arrepentimiento por parte de los victimarios implica que las víctimas no perdonen jamás?

No hablamos en este caso de no procesar ante la justicia a los criminales, lo ideal es que todos y todas las personas que cometan delitos, mucho más aquellos que cometen graves violaciones a los derechos humanos, reciban las penas correspondiente a sus crímenes. Ahora bien, tras la sentencia, ¿a quién beneficia el rencor?. Digo esto porque he notado muchos corazones endurecidos que al sufrir tanto producto de 20 años de dictadura militarista en Venezuela creen que perdón es sinónimo de impunidad.

Debo decirlo con responsabilidad, el perdón no depende del arrepentimiento del victimario, es independiente al hecho de que los criminales sientan algún grado de empatía, mejor si sucediera, pero de no ocurrir el perdón es una decisión de quien fue víctima de un agravio. Esa decisión no genera beneficios a los criminales, estos deben ser procesados y sus penas deben ejecutarse conforme a derecho, no obstante, el perdón libera a la víctima del rencor, de los deseos de venganza, de la culpa y, en particular, resulta ser una poderosa vacuna contra la posibilidad de la recurrencia de lamentables eventos con intercambio de roles protagónicos.

En todo caso, los aprendizajes que dejan todos los procesos transicionales exitosos de la dictadura a la democracia revelan que el perdón puede tener como catalizador el establecimiento transparente y verificable de la verdad histórica. No puede haber perdón a través del olvido, solo conociendo todo lo ocurrido, cada doloroso detalle, cada arrebato de maldad, permitirá a las víctimas de hoy y a los ciudadanos del mañana acceder tanto a la reconciliación como también, más importante aún, a la certeza de la no recurrencia.