Nada puede prepararte para la vida con una economía hiperinflacionaria

El año pasado, una mujer y una niña buscan alimentos en una tienda de abarrotes en el mercado Guaicaipuro. Credito Meridith Kohut para The New York Times

 

Había visto las fotos en blanco y negro de niños alemanes que usaban fajos de dinero como bloques de construcción durante la República de Weimar. Había leído sobre el precio exorbitante del pan en Zimbabue y de cómo las personas llevaban su efectivo en carretillas. Sin embargo, nada de lo que leas puede prepararte para la vida con hiperinflación. Así lo reseña nytimes.com

Por Virginia López Glass/The New York Times

En gran medida, la hiperinflación en la República de Weimar fue el resultado de la reparación: pagos impuestos a Alemania después de la Primera Guerra Mundial. En Zimbabue, fue el resultado de las políticas de reforma agraria de Robert Mugabe, así como de la subsecuente caída en la producción de alimentos y las inversiones extranjeras.

No obstante, en Venezuela ha sido el resultado de dos décadas de pésima gestión económica, despilfarro del gasto público, deuda gubernamental a pesar de las ganancias extraordinarias e históricas del petróleo y corrupción épica. El que alguna vez fue el país más próspero de la región se convirtió en un desastre provocado por el ser humano.

Conforme la crisis política venezolana alcanza nuevos niveles y se acumula la presión internacional contra Nicolás Maduro, la hiperinflación y el hambre que ha sembrado podrían empeorar. Sin embargo, son estos factores los que lo podrían expulsar del poder. Al final, la hiperinflación no perdona a nadie.

La inflación en Venezuela comenzó a aumentar poco a poco después de que Maduro se hizo con el poder en 2013. Como periodista, comencé a informar acerca de cómo ese problema, junto con la escasez crónica de alimentos, era uno de los motivos por los que la vida se había vuelto tan difícil en 2014.

Los controles de los precios provocaron que la comida subsidiada desapareciera de los estantes. Cuando encontrabas aceite de cocina, harina de maíz o azúcar, podías compensar el costo de alimentos más costosos revendiendo los productos baratos en el mercado negro o al otro lado de la frontera. Se convirtió en un negocio tan rentable que pronto surgió un nuevo empleo: los bachaqueros, o comerciantes hormiga, llevaban de todo a Colombia para vender, desde jabón hasta leche en polvo, y en un día ganaban hasta cinco veces lo que obtenían trabajando un mes en sus empleos formales.

Mientras los estantes se vaciaban bajo este esquema, Maduro culpaba a “la guerra económica” librada desde el extranjero. Los simpatizantes del gobierno que se formaban en filas kilométricas afuera de las tiendas de comida aún le creían en ese entonces.

Para 2015, Venezuela tenía la peor tasa de inflación del mundo. Algunos alimentos jamás han vuelto a los estantes. Los propietarios de las tiendas comenzaron a usar máquinas para contar dinero. La gente llevaba bolsas llenas de efectivo. Para 2016, la tasa de inflación había aumentado más de un 700 por ciento.

En ese entonces, entrevisté a Hugo Lugo, coleccionista de monedas inusuales y billetes viejos. En su tienda numismática, Lugo, un historiador autodidacta, me dijo que lo que había comenzado como un pasatiempo se había vuelto un doloroso recordatorio del giro que había dado el país. Al lado de los billetes poco comunes utilizados durante los mejores años del país —y ahora protegidos cuidadosamente en sobres de plástico a manera de bóveda— se encontraba un estante de cristal donde había dejado descuidadamente billetes arrugados más recientes. Impresos menos de tres años antes, mencionó, en ese momento ya no tenían valor alguno.

Para finales de 2017, la tasa de inflación superaba el 50 por ciento al mes. Era un punto de quiebre: los economistas dijeron que habíamos entrado oficialmente a la etapa de la hiperinflación. La inflación es un gran problema, pero la hiperinflación es otra historia totalmente distinta.

La hiperinflación afecta con más fuerza a los más pobres. En promedio, los venezolanos han perdido 11 kilos de peso corporal y casi el 90 por ciento ahora vive en condiciones de pobreza. Visité a madres en los barrios marginales de Caracas que han pasado de reducir las porciones de sus hijos a hacer que se salten comidas por completo.

Marilyn Alma, madre de tres, tuvo que renunciar a la custodia del mayor de sus hijos porque ya no podía alimentarlo. Una semana, una docena de huevos le costaba a Alma tres días de salario; la siguiente semana, el costo se duplicaba. Los huevos, la fuente más barata de proteína, ahora son un sueño distante para la gran mayoría de la gente. Alma, que alguna vez había sido férrea simpatizante del gobierno, me dijo: “Maduro traicionó al país”.

La clase profesionista también se ha visto afectada. En los vecindarios de clase media, los grandes supermercados que antes estaban llenos de víveres importados ahora están medio vacíos y ofrecen versiones más baratas de los artículos que tenían antes. Los profesionistas solo pueden comprar dos o tres productos y los jubilados a menudo deben dejar artículos que ya no pueden permitirse. Los ahorros de toda su vida y sus pensiones de pronto han perdido su valor por completo.

La hiperinflación también ha implicado la fuga de cerebros. Los jóvenes ingenieros o médicos ahora están trabajando como meseros en Bogotá, Colombia, o como vendedores en Lima, Perú. “La peor parte es que envían remesas para ayudarnos”, me dijo hace poco Melani Delgado, mientras se esforzaba por no llorar: sus dos hijos se han ido. Delgado, dentista de medio tiempo, dijo que alguna vez pudo enviar a sus hijos a universidades privadas gracias a su salario. Hoy las remesas se están convirtiendo rápidamente en el sustento de los que se han quedado en el país. “Este gobierno desintegró a las familias venezolanas y convirtió a los padres en parásitos”, comentó.

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