Ramón Peña: Lucha sin tregua

Ante la mirada de la comunidad internacional, el régimen le dio otra vuelta al nudo que tiene en el cuello. El ataque brutal, a sangre y fuego, para impedir la entrada de la ayuda humanitaria, los borró del plano de toda consideración política y los sitúa netamente en la esfera criminal. En su bruteza, el Usurpador y sus secuaces se ufanaron de su “exitosa” imposición de fuerza, pero en la resaca deben estar sintiendo el vértigo de un paso más al borde del precipicio. Su embriagada acción del sábado solo ha servido para acortar la distancia y el tiempo que les resta para caer al vacío.

Es importante valorar este evento en su perspectiva real. Comprensible la desilusión de quienes tuvieron la expectativa de un acto final de nuestro drama. Pero no, ni era la última batalla, ni mucho menos se perdió. Es de lamentar que este primer auxilio para los más vulnerables no haya llegado a sus manos. Pero se ha profundizado el aislamiento del régimen, se ha expuesto aun más su naturaleza criminal. La destrucción de la ayuda configura una violación del Convenio de Ginebra. El ataque vil contra ciudadanos inermes, como el asesinato de indígenas pemones, amplía el abanico de opciones, de cualquier orden, de intervención de la comunidad internacional.

Muy importante: en el desenvolvimiento de la jornada fue notable la fragilidad de la unidad de mando militar, la contradicción y desconfianza entre sus activos. Es hondamente vulnerable un régimen que confía más en bandas de toton macoutes caribeños que en su institución armada. La deserción en un día de un numero importante de oficiales fue altamente reveladora de cuánto hierve al interior de los cuarteles

El proceso sigue, hoy somos exponencialmente más fuertes que antes del pasado 23 de enero. Cuidemos la unidad, desechemos los atajos, agudicemos la crisis de gobernabilidad. La resistencia es nuestro modo de vida hasta el final.