El reto oculto tras la calamidad castro madurista, por @ArmandoMartini

Imagen de archivo de una reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en Nueva York

 

El final de la II Guerra Mundial no significó ni de lejos que el horror hubiese concluido, o que la democracia llegara rápidamente para quedarse. Casi de inmediato, apareció el Telón de Acero -como lo califico Winston Churchill- en los países “liberados” por el ejército ruso. Rescatados del nazismo para convertirse en presos del feroz stalinismo mientras se libraba una batalla de propaganda para sostener la percepción ingenua de que el comunismo era la antítesis del totalitarismo nazi.

En estas últimas semanas se ha producido un torbellino de informaciones, especulaciones, despliegue de falsedades y distorsiones no siempre casuales, medias verdades y leyendas urbanas que han copado el ambiente. Algo bueno han traído, sin embargo: Venezuela se ha convertido en una interrogante mundial.

El derecho internacional, busca incansable mecanismos de estabilidad, apadrinó, defendió y protegió con obsesiva terquedad tres principios esenciales: soberanía, no injerencia y prohibición del uso de la fuerza en tierra ajena. Había sido bajo esa premisa que nació la Organización de las Naciones Unidas, para impedir que las tragedias del siglo XX se repitieran, objetivo iluso y soñador que no se logró del todo. Corea, Vietnam, Panamá, muchos conflictos africanos han demostrado que una guerra mundial fue sustituida por la parafernalia de la llamada “Guerra Fría” y numerosas guerras localizadas.

En este siglo XXI una serie creciente de denuncias, altercados, discusiones en la OEA, ONU y organismos multilaterales sobre la profunda crisis humanitaria, económica, social, política, ética, de hambruna, enfermedades, escasez y mortandad en Venezuela, ha despertado cada día más interés en una preocupación ya globalizada, que genera la oportunidad invaluable de sembrar inquietud y con ella acciones de profundo análisis y cuidadosa discusión sobre el peligroso intento de instaurar el autoritarismo dictatorial comunista, sin control parlamentario ni judicial, ni contrapeso de poderes, en un desempeño oficialista con influencia, guía y control cubanos, fundamentado en el cinismo, propaganda falsa, censura, represión y crimen.

Se contraponen dos tesis; una, de irresponsables y propensos al izquierdismo, como el actual mexicano y algunos europeos fantasiosos, que defiende la no injerencia, es decir, no apoyar la rebelión política ciudadana contra el régimen de Maduro, y la de, por el contrario, participar con acciones diversas, desde la creciente presión diplomática y económica, hasta la más radical y peligrosa con actuaciones militares, que defienden Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia y los miembros del Grupo de Lima –que sólo excluyen la intervención militar, que los atemoriza.

En el año 2005, los miembros de las Naciones Unidas acordaron el principio de Responsabilidad de Proteger, o R2P, para salvaguardar a los pueblos de genocidio, crímenes de guerra, limpieza étnica y delitos de lesa humanidad, exhortando a sus integrantes a no permitir que ocurra en sus territorios, pero también alentando que intervengan con estrategias diplomáticas humanitarias, previniendo, y en casos deteniendo, situaciones graves dentro del territorio de cualquier nación.

Países beneficiarios de producción y situación económica venezolana, como China, o dependientes de recursos y petróleo menos caro, como los pequeños caribeños, o principalmente por molestar a Estados Unidos, como Rusia (a Moscú también le interesan instalaciones, facilidades petroleras y la enorme acreencia que tiene contra Venezuela, gracias a las irresponsabilidades chavistas), apoyan al régimen, y difícilmente serán convencidos de los contrario, si la dictadura cae y es sustituido, como aspira la mayoría venezolana, lo aceptarán y ninguno -salvo la fragilidad mental de Evo en Bolivia- romperá con la nueva Venezuela.

El desafío actual de los gobiernos democráticos es cómo defender a los ciudadanos desarmados frente a las atrocidades de un grupo. La respuesta no es fácil. ¿Intervenir o no? ¿Cómo y quién puede intervenir? ¿Y por qué?

En la Venezuela actual es habitual la violación de los derechos ciudadanos, sin limitaciones de la autoridad, ni respeto a las más básicas normas. Por eso es imposible promover lo relacionado con unas elecciones transparentes y justas.

Venezuela se encuentra en el medio de una controversia de tal dimensión y tamaño que puede cambiar la comprensión internacional. De allí la zozobra de grupos extremistas de izquierda tradicional, trasnochados del marxismo leninismo, socialistas de centro izquierda e imbéciles que aún creen en la fracasada estupidez llamada socialismo bolivariano del siglo XXI, porque significaría una derrota moral que les costaría los espacios de poder que conservan, tan defendidos a pesar de lo absurdo de su fundamento. 

El ejemplo venezolano, estimulado e inspirado en la salvaje crueldad del fascismo castrista cubano disfrazado de socialismo, ha envalentonado al infame Ortega en Nicaragua, sin que la comunidad internacional pueda tomar medidas eficaces para contener sus desmanes, que aspiran gobernar a perpetuidad en detrimento de sus pueblos.

Una intervención humanitaria no implica guerra e invasión, sino asistencia en casos de emergencia, situaciones de guerra o condiciones similares, cuando el colapso de las garantías y derechos humanos causan una tragedia tan grande como la que enfrenta Venezuela.

Hablar de soberanía en el seno de una dictadura abusiva, inmoderada, violadora de leyes; y de no intervención, cuando hostigas, torturas y confinas a tus conciudadanos, entraña una contravención grosera, rabanera e incivil de esos principios universales. La ilegitimidad no puede resguardarse en la soberanía y crímenes de lesa humanidad, aprovechar la impunidad gracias a la no intervención.

A veces no intervenir es una forma cruel e inmoral de ser cómplice. Nadie tiene la última palabra y el reto es cómo reaccionar. No se trata sólo de política e ideología, es sobre derechos humanos, que no son concesiones. Las sociedades libres, de principios y valores, no son fáciles de controlar, afortunadamente para los pueblos y lamentable para los tiranos, gobiernos cómplices y cooperantes que los alcahuetean, mientras los ciudadanos sucumbimos vociferando libertad y democracia.

Con regímenes que son vergüenzas humanas como los de Castro en Cuba, Ortega en Nicaragua y Maduro/Cabello en Venezuela. La humanidad tiene que decidir si la tolera y ayuda o no. Ese es el verdadero reto entre intervención y no injerencia.

@ArmandoMartini