Francisco Plaza: El regreso a Venezuela

Afortunadamente, todos reconocemos que sería un error imperdonable abandonar la lucha contra el régimen por no haberse podido alcanzar el sábado 23 de febrero un resultado acorde con las enormes—y quizá irreales—expectativas que teníamos de ese día. No obstante el desengaño inicial, y la pesada carga de frustración que trajo como efecto, queda claro para todos que lo sucedido no fue un triunfo para el régimen de Maduro y que, por tanto, la lucha debe continuar. Sin embargo, no todos reconocemos que sería un error igualmente grave si no comprendemos y valoramos en su justa medida lo alcanzado en ese día y, sobre todo, si no reconocemos la importancia crítica de insistir y perseverar en el ingreso de la ayuda humanitaria como el camino más justo y efectivo para poner fin a la usurpación.

Los dos pilares del discurso del régimen

Para entender y valorar cabalmente la importancia de insistir en el esfuerzo de ingresar ayuda humanitaria a Venezuela, es preciso reconocer dos pilares esenciales sobre los cuales intenta mantenerse el régimen de Maduro, siguiendo el guion que la dictadura cubana ha utilizado con éxito por más de 60 años.

El primer pilar consiste en mantener a toda costa una fachada democrática. No obstante que el objetivo real de la Revolución Bolivariana en todos estos años ha sido invariablemente utilizar los instrumentos de la democracia para destruirla, siempre ha procurado revestir sus actos brutales con un manto de legalidad democrática. Esto ha debido estar claro desde que Chávez tomó juramento ante una “moribunda Constitución.” A partir de ese momento, y por más de tres lustros, este pilar fue el fundamento más sólido, casi inquebrantable, de la revolución chavista. Su discurso, repetido hasta la saciedad, fue en esencia: “esta es una democracia, con un orden institucional bien establecido, que hace elecciones a cada rato y que cuenta con el apoyo de su pueblo”. No podemos perder de vista que hasta hace no mucho muy pocos líderes políticos e intelectuales de oposición estaban dispuestos a llamar las cosas por su nombre y reconocer que los regímenes de Chávez primero, y el de Maduro después, fueron y son dictaduras de vocación totalitaria.  Diversos factores, muchos para enumerar, han impedido que Maduro sea tan exitoso en esta manipulación como lo fue su predecesor. Empezando con el propósito de desconocer a la Asamblea Nacional, el descarado fraude electoral de Mayo de 2018 terminó por desenmascarar la mentira. El hecho de que no sólo la oposición venezolana sino que más de 60 países democráticos del mundo califiquen a Maduro como un dictador que usurpa el poder, y reconozcan a Guaidó como legítimo presidente interino, es de una importancia decisiva. Por primera vez luchamos contra el régimen con clara conciencia sobre su naturaleza real, lo cual, entre otras cosas, excluye la posibilidad de insistir en caminos que sólo son posibles en una democracia. El primer y más sólido pilar del discurso chavista se ha resquebrajado, casi de manera absoluta. Sin embargo, y como argumentaremos más adelante, el régimen hará todo lo posible por reparar este fundamento, consciente de su importancia como pilar principalísimo para preservar su falaz discurso.

El segundo gran pilar del discurso chavista-madurista, que también es réplica exacta de la receta de la tiranía cubana,  es culpar a los Estados Unidos por la continua destrucción y devastación total de las que el régimen es el único responsable. El argumento lo conocemos bien: “una revolución para los pobres que ha visto frustrados sus nobles propósitos por las sanciones y guerra económica de un imperio que simplemente no acepta la soberanía y derecho a la autodeterminación de un país latinoamericano.” Desde luego, según este discurso, no hay posibilidad de política real en el país pues “toda oposición a la revolución no es otra cosa que la actividad traidora de apátridas que actúan como lacayos de los intereses más oscuros del inhumano capitalismo norteamericano”. Este segundo pilar del régimen recibió también un golpe franco el día 23 de febrero, aunque no de la contundencia definitiva que esperábamos. Por una parte, no le quedó otra alternativa al régimen que reconocer una crisis humanitaria que hasta ayer se empeñaba en negar. Además, el régimen mostró su rostro más feroz.  El asesinato de indígenas de la etnia Pemón junto a la quema de camiones cargados con ayuda humanitaria fue el testimonio exacto de lo que un tirano es capaz de hacer en contra de su propio pueblo para mantenerse en el poder. La dramática expresión en el rostro de las jóvenes policías, con la mirada abajo y lágrimas en los ojos, descubrió lo más terrible del totalitarismo: seres humanos a quienes el miedo obliga a actuar en contra de la propia conciencia.

Con el objeto ulterior de reparar el primer pilar del régimen, vale decir su fachada democrática para restaurar su legitimidad, la estrategia del régimen el día 23 de febrero se enfocó en salvar el segundo pilar de su discurso—la supuesta intervención de los Estados Unidos—. Para ello, era imprescindible para el régimen voltear por completo el dilema que el ingreso de la ayuda humanitaria les presentaba, especialmente para las Fuerzas Armadas. En efecto, el ingreso de la ayuda humanitaria colocaba al régimen en un dilema imposible de superar: aceptar una ayuda indispensable para preservar la vida de seres humanos en situación de extrema urgencia, es decir optar por la vida, o bloquear esta ayuda a toda costa o, lo que es lo mismo, optar por la muerte. Para escapar de este dilema, el régimen debía transformar la disyuntiva entre vida o muerte a un dilema entre la paz o la guerra. Por ello, toda su estrategia se enfocó en el segundo pilar de su discurso: “el ingreso de la ayuda humanitaria no es otra cosa que el preludio a una agresión militar de los Estados Unidos. El imperio norteamericano busca impedir que un pequeño país, amante de la paz, decida su propio destino”. Esta estrategia, es necesario reconocer, tuvo un cierto éxito. Las primeras declaraciones de los países del Grupo de Lima, así como las intervenciones de los países en la reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, así lo confirman. Incluso los países que apoyan de manera más decidida la causa de la democracia en Venezuela se sintieron obligados a advertir que no acompañarían una alternativa armada para la solución de la crisis venezolana. Hasta cierto punto, el dilema de la guerra o la paz opacó la decisión salvaje del régimen de optar por la muerte.

Frente a esta realidad, ¿cómo continuar la lucha para lograr el fin de la usurpación?

Insistir en el ingreso de la ayuda humanitaria

La desesperada reacción del régimen el 23 de febrero demostró que no hay otros caminos de lucha a los que Maduro y su régimen le teman tanto como el ingreso de la ayuda humanitaria. Al reflexionar sobre este camino, pienso que las siguientes consideraciones son relevantes:

– En primer lugar, como afirmo arriba, se trata de una exigencia moral y de justicia. La necesidad de los más desamparados en Venezuela es real, urgente, dramática. Es verdad que el ingreso de la ayuda humanitaria socava gravemente al régimen pero, por encima de esto, ofrece un alivio a un pueblo desesperado en recibirlo. Aun cuando el chavismo ha tratado de convencernos por veinte años que la revolución está por encima de todo, nosotros sabemos que la persona humana es y debe siempre permanecer como el fin primordial de la política. Nunca pude subordinarse la persona humana a algún propósito político, por noble que parezca.

– La determinación firme de luchar por la vida de los venezolanos es el fundamento real del liderazgo político de Guaidó. Más allá de consideraciones jurídicas, y de la base constitucional que tiene su presidencia provisional, Guaidó representa para millones de venezolanos una esperanza real de vida, y de allí el arrastre político que ha logrado alcanzar en pocas semanas. Esto lo sabe bien el régimen.

– No son creíbles las razones que el régimen esgrimió para impedir el acceso de la ayuda humanitaria: alimentos podridos, armas escondidas, portaviones estadounidenses en Santo Domingo, veinte mil dólares por cada defección, etc. Esto también lo sabe el régimen y, principalmente, las Fuerzas Armadas. Aun cuando el régimen tuvo un cierto éxito en mover la opinión internacional hacia el dilema de la paz o la guerra, con cada nuevo intento de ingresar ayuda humanitaria se le haría más cuesta arriba esconder que la verdadera lucha es entre la vida y la muerte. Mientras más claro resulte que la ayuda no es otra cosa que la provisión de insumos urgentes para atender la crisis humanitaria, más se resquebrajará el segundo pilar que aún sostiene el régimen: en definitiva, no podrá seguir culpando a los Estados Unidos de la tragedia humanitaria. Ni siquiera el argumento de las sanciones les servirá como excusa pues, además de ser falso, ¿por qué rechazar ayuda si, en efecto, son víctimas de una “agresión del imperio”?

– Tampoco es sólido ni sostenible en el tiempo el argumento que utiliza el régimen, y que repite el Secretario General de las Naciones Unidas y organizaciones como la Cruz Roja Internacional, de que la ayuda humanitaria sólo persigue un propósito político. Por supuesto que es necesaria una respuesta a lo que sí es una política deliberada del régimen: su propósito político de utilizar el hambre y la enfermedad de los venezolanos como mecanismo para el control absoluto del pueblo.

– El dilema entre la vida y la muerte fue real para las Fuerzas Armadas el día 23 de febrero. El alto mando militar pasó agachado el día 23 de febrero y tuvo entonces el régimen que recurrir a sus colectivos armados. Esto lo vio con asombro el mundo entero.

– No fue cierto que la oposición tuviera preparadas muchas alternativas para asegurar el ingreso de la ayuda humanitaria “sí o sí”. Hubo, además, problemas evidentes en la organización y la movilización estuvo muy lejos de alcanzar la magnitud necesaria. No se aprovechó la inmensa frontera que separa a Venezuela de Colombia y Brasil, como tampoco las extensas costas marítimas al norte,  y se optó más bien por canalizar el grueso de la ayuda a través de sólo tres puentes estrechos. La identificación de múltiples vías para el ingreso humanitario debe ser un objetivo prioritario de la oposición, y el apoyo logístico correspondiente debe constituir una de las principales áreas de cooperación que se le solicite a los países más comprometidos con nuestra lucha.

Otras opciones

A la luz de lo sucedido el 23 de febrero, muchos venezolanos consideran que no hay otra alternativa a la intervención militar, y que para ello debemos invocar el principio de la obligación de intervenir previsto en la Organización de Naciones Unidas.  Piensan que ello es así, entre otras razones, pues consideran que insistir en la ayuda humanitaria sería un proceso mucho más largo y estéril a la postre, comparado con la rapidez y eficacia con la que una intervención quirúrgica de carácter militar podría acabar con la dictadura. Pienso que la realidad es totalmente opuesta. Los líderes de la oposición requerirían de mucho tiempo para convencer a los países que nos apoyan que ésta es la única alternativa. Y si incluso fueran exitosos en convencer a algunos países, es probable que perderíamos también el apoyo de muchos otros que hoy nos acompañan. La idea de que los Estados Unidos están dispuestos a intervenir en forma unilateral también es ilusoria. Si algo es evidente en la actuación de este país es que ha querido contribuir con la causa democrática de Venezuela coordinando sus esfuerzos con los países de la región. Pero lo peor es que insistir en la opción militar permite al régimen apoyarse sobre el único sostén que hoy mantiene: el “intervencionismo yankee” como pilar de su discurso.  Es necesario aclarar, sin embargo, que insistir en el ingreso de la ayuda humanitaria en lugar de la intervención militar no significa negar que todas las opciones deban permanecer sobre la mesa. Bien lo explicó Guaidó en la entrevista que concedió al diario El País de Uruguay: la violencia la escoge el opresor y no el oprimido. Es de una enorme irresponsabilidad descartar de plano cualquier intervención armada pues su necesidad eventual depende de las acciones que el régimen decida tomar. En diversas oportunidades el régimen ha coqueteado con la idea de provocar una masacre en el Congreso, algo de lo que ya tenemos experiencia en Venezuela. También ha insinuado la posibilidad de eliminar físicamente a los principales líderes de la oposición, incluido al propio presidente Guaidó. Además, todos sabemos que una masacre de gran magnitud es una posibilidad latente en todas las marchas multitudinarias de la oposición. El 11 de abril de 2002 Chávez ordenó el Plan Avila. ¿Por qué habríamos de pensar que Maduro no estaría también dispuesto a ordenar una masacre para mantenerse en el poder? Nunca sabremos los crímenes que ya habría cometido el régimen si no existiera la disuasión de una posible intervención militar.

Veo con preocupación que se eleva el número de voces que, frente a lo ocurrido el 23 de febrero,  empieza a considerar viable el mecanismo de Montevideo y aceptar la celebración de elecciones libres en un futuro cercano, invirtiendo el orden a) fin de la usurpación b) gobierno de transición c) elecciones libres. Sin duda, este es el escenario ideal para el régimen pues le permitiría recuperar su fachada de legalidad democrática que, como explicamos arriba, es el primer y principal pilar de su discurso. Si la oposición abandona el camino de la ayuda humanitaria, el régimen insistirá en la opción del diálogo y elecciones “libres” con absoluta vehemencia, en medio de un discurso de “paz”. Sería un error gravísimo permitir al régimen recuperar el primer y principal pilar de su discurso, aquella fachada democrática que tantos años y esfuerzo costó desmantelar.

Guaidó y el regreso a Venezuela

Es importante, aunque quizás no indispensable de manera inmediata, el regreso de Guaidó a Venezuela. En cualquier caso, nuestra principal atención y esfuerzo no pueden enfocarse sobre este asunto. Es importante, claro está, el regreso de Guaidó,  aunque lo esencial es el regreso de la vida, de la libertad, de la prosperidad a Venezuela. El verdadero objetivo no es otro que el regreso al país que somos, el regreso a nuestra alegría, el regreso a nuestra esperanza. En definitiva, de esto se trata el regreso a Venezuela.