Y se deshizo la luz… (La primera noche), por Iván Zambrano

Cuando todo se pone negro, no sabes si tienes los ojos abiertos o cerrados. Da igual. Por un instante no estás seguro de si te moriste o si la oscuridad se terminó de comer a Caracas. Nada se ve, nada se siente. En la calle no escuchas más que tu respiración agitada mientras buscas refugio. El miedo asfixia.

***Viernes, 8 de marzo de 2019***

El sol se fue y la ansiedad se instaló. El sistema eléctrico había colapsado en la tarde. Corrupción, ineptitud y chantaje de la bestia roja que se tragó 100 mil millones de dólares, el botín que jamás invirtieron en 2009 para garantizar un servicio tan básico y esencial. El mismo que sirve para estar comunicados en medio de la censura ensordecedora, el mismo que sirve para que no se pudra la carne que te alcanzaste a comprar con el sueldo de un mes, el mismo servicio que diferencia a un hospital de una morgue.

El país se paralizó. No es metáfora. La oscuridad absoluta sorprendió al que vive en Caracas y al que en el interior no sale de ese dejavú constante. En la capital del país, la noche se desmayó sobre la calle. Los postes bajaron los párpados. La luna se jubiló. El cielo le pintó el lomo de negro al Ávila, la montaña que se camufló en el caos. Nada es punto de referencia cuando simplemente no ves.

En las esquinas no están prendidos ni los bombillos de los perreros, un clásico para ubicarse en la noche caraqueña. No había ningún faro encendido en esta ciudad que ya de por sí se apaga tempranísimo. En las entradas de los edificios y las ventanas de las casas, se asomaba el tímido titilar de las velas. Hacían lo que podían hasta que el cuerpo se les terminaba de derretir. Lengüitas de fuego que aleteaban sin decir nada. Hay quienes usaban las velas para lo básico, otros para no apagar la fe.

La noche se hacía más calurosa y más oscura, como si fuese posible que el negro se pusiera aún más intenso. Como peatón te tocaba adivinar la ciudad con los pies, pisada tras pisada. Ibas un paso a la vez, ligando no tropezar ni caer, como si de una lucha por la libertad se tratara.

Me dieron la cola en una pick up desde La Castellana hasta mi casa. Mi amiga Alessandra me salvó. Intentábamos cruzar una gran mole oscura, un agujero negro que con sus siluetas nos daba pistas de donde estábamos. En Chacao no había tráfico a las 8 de la noche. El miedo dictó un toque de queda.

Sin metro, sin camionetas. Ciudadanos varados en su incertidumbre, la de no saber cómo estarán los suyos, la de no saber ni si quiera cómo estarán ellos, nosotros. Alumbrar a la gente sin que las luces del carro te dejen distinguir su rostro te para los pelos. Caminaban en grupos de compañeros de oficina, caminaban en grupos de desconocidos, hicieron una alianza de supervivencia. Pick up, ciudad fantasma y gente sin rostro. Obvio que me sentí en The Walking Dead.

Volví a hacer una tregua con Dios para pedirle que ninguno de esos náufragos tuviese mis apellidos. “Casa”. “Mamá oficina”.“Papá Movistar”. Ningún número caía. Las líneas tenían la garganta rota. No caían las llamadas, aunque lo intentarás más que Sheryl con Lasso. Miré al cielo y le encomendé mi petición a una estrella que estaba sobre el Hotel Humboldt.

“Vamos primero a mi casa, que el carro suena rarísimo”. Lo que nos faltaba. La aventura nos encaminó hacia la autopista de Prados del Este. Las luces del carro no alumbraban más de un metro. Íbamos lento, respiramos ese viento espeso del miedo. “No veo un coño”. La angustia iba de copiloto. El asfalto nos regañó dos veces, en dos alcantarillas sin tapa. Después de ese par de coñazos, queríamos ver tierra firme. Solo escuchamos grillos y el aliento cansado de la pick up.

“Ya vamos a llegar”. Se atravesó la reja de entrada de la urbanización. No estaba el vigilante y tocó bajarse a empujar a ciegas. “Yo voy, Ale”. El sonido del portón alborotó un avispero. Al fondo se escuchaba a un par de motorizados que merodeaban la zona. La camioneta pasó y cerré la reja como pude. “Arranca”. Para no perder tiempo, me subí a la batea de la pick up y casi dejo las bolas en el intento. Lo logré.

El perro de la casa de Alessandra ladraba porque éramos solo sombras. Entramos a la cocina como quien llega al cielo libre de antecedentes penales. Me desabroché la camisa para que el calor no me terminará de anular. Comimos casabe con queso Paisa y un jugo de durazno que nos supo a gloria. Por fin un estímulo bueno para los sentidos desmayados. Filosofamos como 30 minutos y el papá de Alessandra nos prestó su carro. Llegamos rápido a mi casa.

“Avísame cuando llegues de regreso, por fa”, le dije a mi salvadora. Tiré la puerta del carro y le hice un gesto a Alessandra para que arrancará tranquila, yo me encargaría de la reja. Error. “La llave de contacto no sirve sin luz, genio”. Me dije con ironía, como siempre lo hago cuando me arrecho conmigo. Saqué el yesquero e intenté que con un par de chispazos pudiera ver la ranura de la llave manual. Bingo. Solo quedaba abrir tres rejas más, pero al menos iba a jugar al Mega Match dentro del edificio. Consuelo absurdos, pero consuelo al fin.

Mi mamá no había terminado de escucharme entrar a la casa, cuando me abrazó durísimo. El alma estacionó donde siempre. Estábamos juntos los cuatro. En la casa si no hay luz, no funciona la bomba de agua y, naturalmente, no hay internet. Fue una noche de reencontrarnos en la sala, de cuidarnos entre todos, de sentir que estamos a salvo mientras estemos juntos.

“Bendición, me voy a acostar”.

Lo intenté, pero el insomnio nos ganó.

Revisé el celular en la cama.
5% de batería.
Allí fue donde me asusté.
2:00 am.
Sin luz.
Sin internet.
Sin agua.
Negro absoluto.

Los mensajes de WhatsApp quedaron a la deriva, revisaba la pantalla cada 15 minutos (un récord para quien hiperventila si suelta el celular por estos días). Intentaba conservar la energía que le quedara al Motorola. Sin Twitter, te desconectas de lo que pasa más allá de tu casa, en el mundo exterior. A ese nivel llega la censura y la desinformación en Venezuela.

***8:00 am***

Volvió la luz del día. El regulador de la computadora seguía muerto. Jamás había deseado tanto ver ese botón verde encendido. Verde, o de cualquier color. La oscuridad cansa la vista, pero también la paciencia. Pierdes la noción del tiempo. No sabes la hora, ni cuánto falta para que amanezca y se active la única fuente de energía a la que no ha podido joder el chavismo: el sol y nuestras ganas de ser libres.

@ivanzambrano