Marzo Rojo, por Juan Pablo Guanipa

Marzo Rojo, por Juan Pablo Guanipa

 

Este mes de marzo que culmina ha sido desastroso, desesperante y humillante para la tranquilidad y calidad de vida de los venezolanos. Lo que todos sabíamos que pasaría finalmente pasó. Se ha producido el colapso total del sistema eléctrico venezolano. Ese sistema que en 2011 sería el mejor de toda Latinoamérica. Aquel al que se le gastaron varias decenas de miles de millones de dólares con el objetivo de lograr su independencia de la represa del Guri. Toda esa inversión se perdió en la ineficiencia, en la corrupción, en el intento de control ideológico vía extinción de los servicios públicos.

No hay forma de describir con exactitud todo lo que hemos pasado los venezolanos y, particularmente, los zulianos. Aquel apagón de cinco días, a principios de mes, se quedó en forma de sucesivos apagones, bajones y explosiones en nuestro estado Zulia. Así que este último apagón de casi tres dias, se convierte en parte de la realidad a la que jamás podremos acostumbrarnos. Toda La nación venezolana ha sido víctima de esta actitud delincuencial de un grupo de secuestradores que asumen la violencia como forma de gestión.

Además del colapso eléctrico, tenemos el colapso del agua, de la alimentación, de la salud, de la educación, de la basura, del transporte –son incontables los kilómetros que camina a diario nuestra gente bajo el inclemente sol, para ir a casa, al trabajo o al centro de estudios–, de la vialidad, del sueldo, de la moneda, de todo. Lo que vivimos es el colapso. Parece todo enmarcado en esa búsqueda de implosión del capitalismo como paso a las etapas socialista y comunista de la historia. Pareciera que a los dictadores no les importa para nada el daño colateral que su locura trae. Son vidas las que se están perdiendo irremediablemente, mientras estos señores solo luchan por su permanencia en el poder.

Toda la comunidad venezolana, así como la comunidad internacional, están absolutamente claras en que esto no puede continuar. No se trata de un problema de polarización o de bandos políticos. Es la desesperación de una nación frente a un pequeñísimo grupo de delincuentes que quiere ser su dueño. El Estado criminal intenta acabar, destruir a la sociedad venezolana. No conforme con esto, culpa al liderazgo que lucha por el cese de la usurpación como responsable de lo que ellos mismos han producido. Hace ya varios años, cualquier manifestación de deterioro de algún servicio, estos irresponsables acuden al expediente del sabotaje. Y tienen la desverguenza de pensar que alguien podría creerles. Pero además se atreven a detener a los “culpables de tan crueles acciones”, cuando si quisieran encontrarse con los verdaderos responsables bastaría con que se miren al espejo.

El efecto de toda esta afrenta no puede ser la desmoralización, la depresión o la pugna con nuestro liderazgo. Todo esto nos debe llevar a radicalizar nuestra lucha, a ejercer el legítimo derecho a la protesta y a insistir en generar la presión interna e internacional que permita que –lo más pronto posible– saquemos a estos degenerados e iniciemos la urgente reconstrucción de todo.

Nada nos puede amedrentar. Ninguna decisión de estos usurpadores debe ser respetada. Nosotros debemos continuar con nuestra estrategia y con nuestra acción. La Operación Libertad debe ser la herramienta para organizarnos en cada calle, en cada comunidad, en cada sitio de estudio y de trabajo. Todos somos responsables de generar, con nuestra organización, la presión que nos permita salir de esto. Juan Guaidó y la Asamblea Nacional deben seguir dictando la pauta de lo que debemos hacer. Las opciones de huelga general, presencia en Miraflores, actuación de la Fuerza Armada y cooperación internacional, todas, están en la mesa de las posibilidades y una por una o su realización simultánea deben darse hasta que se logre nuestro objetivo que no es más que el anhelo de liberación de todo un país que va a demostrar su grandeza.

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