William Anseume: La otras mejillas para los mercaderes

No es un error expuesto con el plural. Son las otras, y no la otra, mejillas las que se ofrecen en el afán de la oposición “religiosa” por evitarles a ellos (los adueñados de Miraflores y sus circundantes) el padecimiento de la violencia. Ese estiramiento de mano amiga al criminal, se convierte en un por demás ingenuo desconocimiento de su naturaleza. Si pudieran, desde la tiranía nos arrasaran a todos, lo han demostrado diariamente con este intento constante de exterminio de la población, con carencias de alimentos, desnutrición, falta de medicamentos y de atención. No me agradaría llegar a pensar que es el obedecimiento a los razonamientos políticos del Papa y su defensa de todo aquello que huela a comunismo y camarada; instaurado ese obedecimiento en la zona universitaria de Montalbán. Ya han dado muestras desde allí de su distanciamiento, al menos en emisiones habladas y escritas, más que en el accionar, con respecto a la ciega obediencia que deben a la voz romana de Dios. El caso consiste en que se da una (sobre) protección permanente del enemigo (no me vengan con que somos hermanos). Se quiere refrenar la violencia hacia ellos desconociendo, al parecer, la violencia diaria que se le imprime a todo ciudadano venezolano desde el poder que se detenta inhumano y, aparentemente, intocable por mandato divino. Una especie de aceptación religiosa del mal que nos tocó, imponderable. El tiempo divino y perfecto, el castigo inevitable para nuestra reconversión no precisamente monetaria. Los latigazos que nos reconfortarán cuando cambiemos nuestro andar impúdico. Pues no.

Se entiende la necesidad de morigerar la violencia, la agresividad actual y posterior, que luce indetenible; la necesidad de “administrar” la violencia para que resulte lo menos cruel y dolorosa posible. Pero, ¿acaso no se sufre de continuo, impuesta, desde la opresión? ¿No es violencia la muerte diaria, a tiros, por robo, por comida, por protestar? ¿No es violencia la prisión injusta? ¿No violenta el hambre? ¿No es violento ver morir a un familiar o amigo de mengua, ver el propio fallecimiento en la inopia? ¿No es violento tener que callar el pensamiento? ¿No es violencia la agresión permanente por cualquier cosa, como que te arrebaten una cámara o un celular para evitar la divulgación? ¿No violenta la vida carecer de agua o luz permanentemente o intermitentemente? Pudiera seguir casi de manera interminable enumerando la violenta vida escasa que a diario nos imponen a los venezolanos, como unos vergajazos en la espalda: la devaluación a cero del trabajo y la educación; la diáspora obligada…
Pero se gesta un mundo idílico, romántico él, novelesco, teatral, de mal cuento, donde la satrapía abandona el poder por convencimiento divino, o la gente aguanta divinamente su castigo, debido a su mal comportamiento para con el Dios vengador. Y, así, se contiene el giro de cualquier acontecimiento que signifique la violencia contra aquellos, como si fueran los heraldos enviados por el cielo para decirnos el sufrimiento; cualquiera es poco para pagar la deuda.

El arrebato llegará y no será con algodones simuladores de nubes celestiales. Pero hay que provocarlo no sólo en palabras, hay que dirigirlo y, sino, dejarlo dirigir. Digo, si el arrasamiento no se produce antes frente a los ojos asombrados de quienes esperan la salida “natural” del asunto. Entre ladrones, secuestradores, guerrilleros, asesinos, narcotraficantes, negociantes (mercaderes)… este “templo” tampoco se salva del incendio. La administración de la violencia hasta ahora nos ha perjudicado casi hasta el exterminio a quienes creemos en la democracia y la paz. ¿Cuándo, también administrándola, los perjudicará a ellos? ¿O seguiremos esperando entre las nubes el mensaje divino?

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