La desesperanza wayuu camina de Venezuela a Maicao

Maicao es la primera o la única opción para muchos venezolanos que cruzan la frontera. Al llegar, muchos se encuentran con un panorama que no les ofrece posibilidades para emprender una nueva vida. | Por: LEONEL LÓPEZ

 

 

Para llegar a Colombia, Yuli, su esposo y sus dos niños recorrieron casi 500 kilómetros durante varios días. Partieron desde Punto Fijo, estado Falcón, y, tras hacer una escala en el terminal wayuu de Bomba Caribe, en la ciudad de Maracaibo, de donde sale el transporte que cruza a diario la frontera, decidieron subir a un viejo camión 350. Ahí, junto a otros venezolanos, viajaron apiñados y de pie como ganado bajo el inclemente sol, publica el portal migravenezuela.com.

Por Leonel López 

Antes de cruzar la frontera y llegar a la conocida calle 16 de Maicao soportaron toda suerte de calamidades: el robo de sus pertenencias; sed e insolación en medio del desierto de la Guajira; cobro de tarifas en los puestos de control fronterizo y ‘vacunas’ por parte de grupos ilegales en la trocha El 80.

Una vez en Maicao no sabían a dónde ir, qué hacer o con quién hablar. Tenían sus labios resecos y sus rostros marcados por el hambre. Todo el núcleo familiar quedó atrapado entre el bullicio estresante del tráfico vehicular y el vaivén de la gente que, sumida en sus afanes, apenas notaba la llegada de los forasteros. Era como la una de la tarde.

 

Las principales necesidades de los migrantes al llegar a Colombia son albergue, alimentación y acceso a servicios de salud. La situación de los wayuu las reune todas. | © LEONEL LÓPEZ

 

Esta escena refleja la historia de miles de wayuu venezolanos que diariamente cruzan la frontera para ingresar a Colombia, huyendo de una crisis que los azota hasta la muerte. El hambre y la enfermedad son sus verdugos, sus cuerpos son una radiografía viva que expone severos cuadros de desnutrición, como el caso de Yuli, su esposo Andy y sus dos niños quienes, apenas recuperaron el aliento, caminaron varias cuadras hasta la entrada del Centro de Atención al Migrante y Refugiado de la Pastoral Social en Maicao.

Se les veía exhaustos, las palabras salían de los labios resecos de la mujer de tez blanca cuyo respirar exhalaba soplos de debilidad. Llevaban horas sin comer. En la 16 les habían dicho que “en el refugio los podrían ayudar”. Y una vez allí, a pleno sol, esperaron su turno para entrar.

“Venimos desde Punto Fijo, salimos hace nueve días, nos robaron en el camino nuestras pertenencias y llegamos acá sin ropa y sin nada. Decidimos salir de Venezuela buscando una mejor situación porque allá no hay medicamentos, no hay alimentos, no tenemos cómo sustentarnos y como mi esposo enfermó, nos vimos obligados a salir porque allá no hay tratamiento adecuado para él. Mi esposo padece tuberculosis y los medicamentos allá se habían agotado”, dijo.

La bendición de Dios

En la periferia de la ciudad de Maicao, a orillas de la carretera que conduce a Paraguachón, a mano derecha se puede observar un asentamiento de pequeños ranchos, unos elaborados con bolsas plásticas, otros con láminas de zinc. También hay casitas forradas con tablas de madera.

La temperatura puede alcanzar unos 39 grados centígrados. Los fuertes vientos veraniegos del desierto guajiro envuelven la barriada con enormes oleadas de arena, hay pocos árboles: apenas unos trupillos pasmados y doblegados por el tiempo.

 

En La Bendición de Dios las familias han improvisado casas, cocinas y baños. Además de los servicios básicos, los habitantes de este lugar tampoco tienen acceso a salud y educación. | © Leonel López

 

Sin agua ni electricidad, desde hace un año los actuales habitantes decidieron invadir esos terrenos cansados de dormir en las calles. Se dice que son territorios ancestrales wayuu, otros rumoran que allí “botaban cuerpos de personas asesinadas” o “picaban carros robados desde Venezuela”. Lo cierto es que este grupo de personas tomaron el lugar una noche y al llegar la mañana, hasta un nombre tenía la recién fundada comunidad: La bendición de Dios.

Allí cohabitan unas 160 familias, venezolanos en su mayoría, de Maracaibo, Falcón, Aragua, Caracas, Valencia y otras regiones del país vecino, quienes deben sortear a diario las necesidades propias de un sector que apenas nace. En la barriada, una joven morena, Leydis Romero, quien llegó hace poco más de un año con su hijo enfermo del riñón, atiende el llamado de los habitantes de la Bendición de Dios para que asuma como vocera, y empieza a describir las vivencias que a diario les toca afrontar.

Es una paradoja que un lugar llamado La Bendición de Dios muchas de las familias aún no cuentan siquiera con servicio eléctrico. “No contamos con recursos para comprar cables, nos toca pasar la noche a la luz de una vela, son muchas las necesidades que en verdad tenemos. Ojalá las organizaciones de ayuda vengan a visitarnos y vean las condiciones en que vivimos que no son humanas”.

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