FOTOS: Retrato de la catástrofe humanitaria de la dictadura de Nicolás Maduro

FOTOS: Retrato de la catástrofe humanitaria de la dictadura de Nicolás Maduro

Quemada viva: Angelyn Isabel Romero Guerra era una médico venezolana de 26 años. Fue asesinada por una banda de criminales al intentar hacer una transacción de compra y venta de dólares. Le rociaron gasolina y la quemaron viva. La habían golpeado brutalmente y le dejaron desviado el tabique. Fue hallada en un barrio de familias pobres de Maracaibo, cercano a un arroyo donde varias familias buscaban agua limpia. El cuerpo estaba totalmente carbonizado. Sus familiares tuvieron que identificarla por una prótesis dental.

 

Llegar a Maracaibo es entrar en una especie de zona de guerra. Los habitantes deambulan como fantasmas entre las ruinas de calles desoladas y montones de basura que ellos mismos han de quemar porque ningún servicio público se ocupa de recogerlas. Los escombros, fruto de los saqueos a comercios durante los últimos apagones, dominan el decadente paisaje urbano. Así lo reseña abc.es

Por Jorge Benezra /Fotos: Álvaro Ybarra Zavala





Venezuela se muere. Y en muchos casos no por falta de alimentos, sino de dinero para acceder a ellos. ABC muestra los efectos de la tragedia venezolana que el régimen de Maduro quiere ocultar. Entre chabolas destartaladas en los barrios de Maracaibo malviven enfermos físicos y mentales, niños desnutridos, las víctimas más vulnerables de la dictadura chavista.

Pero la capital del estado Zulia, otrora el centro del orgullo petrolero de Venezuela, no es Siria ni Libia. La causa de la ruina de Maracaibo, la segunda ciudad el país, es la descomunal crisis en la que ha hundido al país el régimen chavista, agudizada ahora, aún más, por los cortes en el suministro eléctrico, que obliga a los maracuchos a peregrinar durante horas en busca de agua potable, alimentos y combustible o a quedarse refugiados en sus casas, a la espera de luz para encender el aire acondicionado con que hacer frente a un calor abrasador.

«Llevamos más de un año sin agua. ¡Yo debería estar en mi escuela y no voy porque debo ayudar a mi mamá en esto!», grita con rabia Michelle, una adolescente con la ropa empapada y el rostro demacrado, mientras intenta conseguir agua potable de una tubería subterránea, por la que hacen cola y se pelean niños, mujeres y hombres. «Aquí donde me ve, no me he llevado un pan a la boca desde anoche», añade esta chica de 14 años que parece mayor.

Los carteles y vallas publicitarias con el eslogan «La primera ciudad de Venezuela» que salpican Maracaibo son hoy un sarcasmo agraz. Zulia, donde se extrae el 60% del crudo venezolano y con un extraordinario potencial agrícola y ganadero, llegó a ser la envidia de Iberoamérica. En su aeropuerto había un intenso tráfico internacional. Ahora la lucha por la supervivencia es extrema para los cuatro millones de habitantes de la región, las colas para llenar el depósito son kilométricas y sobran los dedos de una mano para contar las rutas de vuelos.

«Aquí los pobres perdemos la vida. Hoy voy para cuatro horas y ahora acaban de cerrar la estación para ver si llega otro camión para surtir», dice con resignación Abelardo Montiel, mientras espera cerveza en mano en una gasolinera. «Yo no tengo los cobres (dinero) para pagar a los guardias que te quieren vender hasta en un dólar el litro, cuando la gasolina es regalada en este país», se lamenta.

El drama en toda su crudeza

La miseria es también patente en Caracas, pero el régimen de Maduro destina los recursos que puede a la capital del país para protegerla como una burbuja y evitar que haya estallidos sociales. Si el problema no ocurre en Caracas, es como si no existe. En Maracaibo, en cambio, el drama del chavismo se presenta en toda su crudeza.

Por eso también el régimen se esfuerza por mantenerla aislada, fuera de la vista de los medios independientes. Militares, milicianos y paramilitares armados de los «colectivos» vigilan para impedir el acceso de la prensa a los puntos calientes de la ciudad. Los hospitales están blindados y entrar en ellos sin autorización puede acarrear ser detenido o expulsado, en caso de los periodistas extranjeros.

«Nadie nos escucha ni nos toma en cuenta»: Keliver Chourio, de 26 años, con una grave desnutrición y paralizada por una meningitis que a los once meses dejó secuelas irreversibles en su sistema nervioso. Al lado su madre, Juana, que cree que le habría podido dar una vida mejor si la revolución bolivariana le hubiese dado oportunidades, como prometía. «No se imagina cuántas cartas he mandado a la gobernación y a Miraflores. Incluso viajé en enero a Caracas solicitando una silla de ruedas, medicinas y alguna bolsa de comida mensual, pero nadie nos escucha ni nos toma en consideración. Y tanto que apoyamos a Chávez…», suspira.

 

«La censura es cada vez mayor. A nosotros nos han metido hasta tanques dentro de las residencias», asegura Carmen Gamboa, residente de un bastión opositor, las Torres del Saladillo. «Estos grupos no respetan a nadie –explica–. Vienen con armas y nos amenazan si protestamos o denunciamos lo que está ocurriendo».

Además, la señal de internet es intermitente. Los periódicos de papel han desaparecido y solo quedan panfletos de propaganda del Gobierno, por lo que en Maracaibo, si no hay conexión a la red, uno no se entera de nada.

Solo hay luz unas pocas horas al día. Los cortes no tienen ningún tipo de programación. Una zona de la ciudad pasa una semana entera a oscuras, mientras otras tienen electricidad un par de horas. A veces aparece inesperadamente, pero si llueve puede que los transformadores estallen o fallen.

«Paso las noches en vela viendo llorar a la niña»
Sarangeli Castilla nació prematura, con tan solo 1,5 kilos, y su peso permanece estancado. Tiene dos meses, pero padece ya una desnutrición crónica. Su madre, Katherine Castilla, tiene otros seis hijos y comenta que solo le da pecho, porque le es imposible comprar las fórmulas especiales. «La situación es muy dura, yo soy una madre soltera y solo cuento con la ayuda de mi padre, que está jubilado. No tenemos cómo llevar a mi hijo a un médico o un especialista. Paso todas las noches en vela, viéndolo llorar sin saber qué es lo que le duele», asegura Katherine.

 

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