Francisco Bello: El país fantasma

En el ambiente se respira tristeza, miedo, desesperanza, rabia, dolor, impotencia… Las ciudades parecen pueblos fantasmas; Las calles desoladas, salvo por las colas de la gasolina y por algunos zombies que deambulan con el hambre en la cara y en su ropa vieja de hace unos cuantos kilos.

El comercio parcialmente cerrado, la industria paralizada, las farmacias con los estantes vacíos y los hospitales llenos de enfermos que no consiguen alivio. Las escuelas, liceos y universidades, prácticamente inoperantes, porque los profesores se han ido, porque los alumnos tienen hambre y no pueden costearse los gastos y porque el régimen le ha declarado la guerra a la academia, al estudio y a las buenas costumbres; un poco por complejo y otro tanto, porque temen a cualquier cosa que pueda dejar en evidencia su fracaso.

Esto es parte del saldo visible; la punta del iceberg de una tragedia mucho mayor con diversidad de factores que, como una tormenta perfecta, nos azotan desde hace más de dos décadas.

Escucho a quienes atribuyen la crisis a la incapacidad del régimen y con todo respeto, tengo que catalogar esa afirmación de simplista, ingenua o en todo caso, incompleta. Es cierto que muchos de los actores, que a todo nivel han llevado las riendas del país, no han estado preparados para la responsabilidad que se les otorgan, pero sin embargo, se trata de mucho más que eso: Estos personajes, ausentes de conocimiento, de valores y de escrúpulos, son parte de un entramado dirigido con precisión por poderosos intereses oscuros, que van desde el crimen organizado, el narcotráfico y el terrorismo, hasta la creciente ambición económica del socialismo (comunismo) internacional.

No se trata de sacar del poder a unos incapaces, escoltados por soldados desnutridos, con armas viejas y municiones vencidas; se trata de desmontar un plan que ha ideologizado a realazos a parte de las FAN, que ha creado colectivos armados a lo largo y ancho del país y que tiene el apoyo de grupos irregulares de otras latitudes, con cuantiosos intereses dentro de nuestro territorio.

Pensar que esto puede resolverlo un pueblo hambriento, enfermo, deprimido y desarmado, es desconocer la realidad y denota, al menos, ingenuidad. El problema trasciende con creces el simple hecho de desalojar a Maduro de Miraflores; tiene que ver con enfrentar la arremetida de una inmensa organización criminal con garras bien enterradas en nuestro suelo, que se batirá antes de perder sus intereses y prebendas.

Por otra parte, no podremos recuperar nuestra economía sin dinero fresco, sin apoyo tecnológico, sin ayuda humanitaria que nos ayude a palear la inmensa crisis social que atravesamos.

Todas estas cosas requieren inevitablemente, de la ayuda internacional. De la participación activa de nuestros aliados, en un proceso del cual, la salida de Maduro sería tan solo el comienzo. Luego será importante neutralizar los grupos armados y darle sustento al gobierno de transición. Es urgente el envío de alimentos, medicinas e incluso, ayuda para la generación eléctrica y el suministro de agua potable de manera inmediata, así como el apoyo técnico, logístico y financiero para la recuperación de PDVSA, el resto de la industria y la economía en general.

A pesar de que suena complejo, todo esto ocurrirá, porque hay razones geopolíticas que involucran la paz del hemisferio, pero también suficientes riquezas y potencial en nuestro suelo, como para hacer apetecible intervenir y apoyar a Venezuela. Falta nuestra propia determinación y la de nuestros voceros, para pedir la ayuda que requerimos y nos han ofrecido y así, comenzar de inmediato nuestra reconstrucción.

Ese país fantasma de las calles solas y el hambre tatuada en la cara de sus hijos, será muy pronto la meca del progreso y nosotros, volveremos a ser el pueblo próspero, alegre y ocurrente que sigue latente detrás de nuestra tristeza.