De Kennedy a Trump: La trama política detrás del hombre en la Luna

De Kennedy a Trump: La trama política detrás del hombre en la Luna

La bandera estadounidense en la Luna.

 

Cuando John F. Kennedy dijo que los estadounidenses llegarían a la Luna para el final de la década del 60, le estaba hablando tanto a los soviéticos como a sus ciudadanos. Pocos creían que Estados Unidos le podría ganar la carrera espacial a la Luna a la Unión Soviética. Pero la confianza de Kennedy y sus sucesores, que apostaron más de 24 mil millones de dólares en las misiones Apolo, llevaría a la humanidad a la Luna para mediados de 1969. La apuesta fue una jugada política que transformó la Guerra Fría.

Por: José Porretti || Infobae





Está claro que triunfar sobre los soviéticos y ganar la carrera espacial a la Luna era el gran propósito de las misiones Apolo. En plena Guerra Fría, los estadounidenses querían garantizar 2 cosas: asegurar su dominio tecnológico y militar sobre la Unión Soviética, pero también ganarse el apoyo y afecto del resto del mundo mientras lo hacían.

El soft power (poder blando) -como denominó el politólogo Joseph Nye al poder de un país de persuadir o incidir en las decisiones de otro a través de su influencia cultural y social- de Estados Unidos fue esencial para que se pudiera afianzar en el imaginario mundial como el “justo ganador” de la Guerra Fría, planteando la bipolaridad hegemónica como una lucha entre los “buenos” y los “malos”.

Pero esta denominación no se consiguió de manera sencilla, solamente apoyándose en éxitos de taquilla como Rocky Balboa o en el rock blusero de Creedence Clearwater Revival. EE.UU. se postuló como el portador de libertad y democracia, pintando a los soviéticos como grises y autoritarios. Y a pesar de derrocar gobiernos democráticos y de tener serios conflictos internos por temas de racismo y violaciones de derechos humanos, pocos cuestionaban al final de la Guerra Fría que los “buenos” eran los estadounidenses.

En el caso de la carrera espacial, EE.UU. quería asegurarse el poder mantener superioridad militar sobre los soviéticos sin ganarse la enemistad de sus aliados, a quienes les preocupaba el incremento de armamento y tecnológica bélica de EE.UU. Llegar a la Luna, ganándole de mano a los soviéticos, y haciéndolo en el nombre de la ciencia y la humanidad (y no de la patria), fue una tremenda victoria para Estados Unidos y su imagen en el mundo. Aquí hay un indicio de las razones por las cuales el presidente Donald Trump está buscando volver a llevar a la NASA a la Luna y anhela aterrizar en Marte.

La carrera espacial: Kennedy vs URSS

La versión común de la historia dice que la llegada a la Luna de los estadounidenses fue gracias a la voluntad política de Kennedy y sus sucesores. En 1961, cuando se anunció la creación del programa Apolo que llevaría a una docena de hombres a la Luna, no había apoyo político para financiar un viaje espacial nuestro satélite natural, ya que esto parecía muy lejano y costoso, como algo sacado de una historieta de ciencia ficción. A pesar de esto, Kennedy apostó a incrementar exponencialmente el presupuesto de la NASA -en ese entonces era la única agencia no militar de exploración espacial- para poder llevar estadounidenses a la superficie lunar. Esta jugada política de Kennedy, sin que él llegara a saberlo, logró llevar a EE.UU. a la cima de la exploración espacial.

La idea y tecnología necesaria para la exploración espacial había sido ampliamente desarrollada por ingenieros y científicos rusos y soviéticos como Konstantin Tsiolkovsky desde el principio del siglo XX.

Para mediados del siglo, los soviéticos contaban con una gran tecnología astronáutica. Al conocer los planes de los estadounidenses para poner un satélite en órbita durante el Año Geofísico Internacional (una serie de conferencias y seminarios única con científicos de más de 66 países, que se llevó a cabo entre 1957 y 1958), decidieron primerear a los estadounidense con su propio satélite.

Después del éxito inicial de la Unión Soviética con el lanzamiento del satélite Sputnik 1 en 1957, gran parte del gobierno de los Estados Unidos entró en pánico. Cualquier evidencia de los logros científicos de la URSS era vista como una victoria para el comunismo y derrota para Estados Unidos. Muchos, además, veían a los cohetes y satélites soviéticos como un peligro para la seguridad nacional de EE.UU.

Pero el predecesor de Kennedy, Dwight D. Eisenhower, se negó a verse envuelto en ese pánico, apoyando solo un esfuerzo espacial modesto llamado programa Mercury y creando la agencia de Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA, por sus siglas en inglés) con fines pacíficos y de largo plazo.

Pero cuando el joven y ambicioso Kennedy se postuló para la Casa Blanca en 1960, él se dio cuenta de que el espacio ofrecía una gran fuente de capital político todavía sin explotar.

La campaña presidencial de Kennedy prometía eliminar la brecha tecnológica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, particularmente lo que él llamaba la “brecha de los misiles”. Esta refería a una supuesta gran superioridad de la USSR en cantidad y capacidad de los misiles de los estadounidenses, algo que no era tan cierto como insinuaba el joven dirigente demócrata. Dentro de esta brecha, Kennedy incluía la falta de acción de Eisenhower sobre el peligro que podría derivar de la presencia de un satélite soviético en el espacio.

Más allá del poder militar, Kennedy hablaba de la tecnología aeroespacial como un símbolo de prestigio nacional, comprometiéndose a hacer que los Estados Unidos fueran la primera potencia espacial del mundo. Si bien Kennedy no se enfocó directamente sobre el tema apenas asumió, la URSS volvió a volverse el foco de atención internacional poco después de que él tomara las riendas del poder.

Gracias a los avances del brillante ingeniero soviético Serguéi Koroliov, el cosmonauta Yuri Gagarin se convirtió en el primer humano en entrar en órbita el 12 de abril de 1961, destruyendo la confianza de los Estados Unidos de que su proyecto Mercury pondría al primer hombre en el espacio.

A raíz del vuelo de Gagarin, en medio de las consecuencias políticas del fracaso de la invasión de Cuba apoyada por la CIA en la Bahía de Cochinos, el recién elegido presidente Kennedy reconoció las importantes implicaciones internacionales del rol dominante de los soviéticos en la carrera espacial. Si ellos lograban poner a un hombre en la superficie lunar antes que la NASA, Estados Unidos se vería derrotado no solamente militar o científicamente, si no moralmente ante los ojos del mundo.

El 20 de abril, le pidió al vicepresidente Lyndon B. Johnson que hiciera una revisión del Consejo Nacional de Aeronáutica y Espacio para encontrar un “programa espacial que prometa resultados contundentes en el que podamos ganar”. La respuesta de Johnson a la solicitud llegó el 8 de mayo de 1961, tres días después de que Alan Shepard se convirtiera en el primer estadounidense en llegar al espacio.

El informe recomendó que Estados Unidos invirtiera en un programa de exploración lunar, señalando que ninguna de las superpotencias actualmente poseía la tecnología de cohetes para alcanzar la Luna. El importante reconocimiento internacional que Estados Unidos recibiría al aterrizar en la Luna, según explicó la carta de Johnson, sería una importante victoria en el campo de batalla psicológica de la Guerra Fría.

Kennedy, tomando la recomendación de Jonhson, propuso entonces un desafío impresionante durante un discurso al Congreso en mayo del ’61: “Esta nación debería comprometerse a lograr el objetivo, antes de que termine esta década, de aterrizar a un hombre en la Luna y devolverlo a salvo a la Tierra.”

Para responder al desafío de Kennedy y desembarcar en la luna antes de 1970, se requirió el mayor gasto de recursos (24 mil millones de dólares o 100 mil millones de hoy) realizado por cualquier país en tiempos de paz. En su apogeo, el programa Apolo llegó a emplear a más de 400,000 trabajadores y requirió el apoyo de más de 20,000 empresas industriales y universidades, según información oficial de la NASA.

Pese a que se había organizado un sistema unificado con el único propósito de llegar a la Luna, la tarea resultaba mucho más difícil de lo que parecía. Muchos, incluso los propios ingenieros de la NASA, dudaron de que se pudiera lograr un alunizaje antes de 1970. Pero la voluntad política de Kennedy se vio reflejada en el Congreso y en sus sucesores, que a pesar del accidente del Apolo 1 que cobró la vida de tres astronautas en un incendio, siguieron apostando por ser los primeros en llegar a la Luna.

Y para julio de 1969, la onceava misión de el programa Apolo logró su cometido: llevo a 3 hombres a la Luna y los regreso sanos y salvos a sus casas.

El alunizaje para los soviéticos

“Dadas las fortalezas dominantes de la ideología soviética y el carácter integral de sus órganos de propaganda estatal durante la década de 1960, se podría suponer que los pueblos de la URSS y los países del bloque oriental sabían muy poco sobre los logros espaciales de los Estados Unidos” le dijo James R. Hansen, un profesor de historia de la Universidad de Auburn, a Infobae. “Pero la realidad dentro de la sociedad soviética no era monolítica.”

Hansen, quien ha escrito sobre la historia aeroespacial por más de treinta años y cuyo libro The First Man (El primer hombre) sobre la vida de Neil Armstrong se convirtió en un filme el año pasado, explica que los soviéticos no contaron mucho sobre el alunizaje de Armstrong y Aldrin, pero tampoco lo intentaron ocultar completamente. “El pueblo soviético habría estado mucho más preocupado si su gobierno no les hubiera ocultado el hecho de que su propio programa espacial estaba, en verdad, tratando desesperadamente de vencer a los estadounidenses a la Luna.”

Cerca de la fecha del lanzamiento del Apolo 11, los soviéticos habían gastado millones de rublos en un gigantesco cohete Lunar, el N-1, que explotó en la plataforma de lanzamiento del Cosmódromo de Baikonur. “Detrás del catastrófico fracaso [del N-1] hubo años de combate burocrático entre las oficinas rivales de diseño de naves espaciales de la USSR, todas las cuales competían por los mismos recursos limitados, personas, misiones y mandatos del Kremlin”cuenta Hansen.

Era casi imposible ocultar la gran hazaña de la NASA y a pesar de que el sistema soviético de propaganda intentó restarle importancia, las millones de personas en la URSS que se enteraron sobre el alunizaje de Apolo 11 quedaron impactadas. Para Hansen, “no es sorprendente que Buzz Aldrin, Mike Collins y especialmente el comandante Neil Armstrong, hayan recibido docenas y docenas de cartas y telegramas de personas que vivían en la Unión Soviética” después del exitoso desembarco lunar del Apolo 11.

Artemisa y Marte

El timing es todo. La hazaña del Apolo 11 es un ejemplo. El momento de las misiones Apolo fue justo ya que la coyuntura política y social era la indicada y la tecnología necesaria. El alunizaje de Estados Unidos para finales de la década de lo sesentas es el resultado de una confluencia única de circunstancias, personalidades, avances tecnológicos, factores políticos y sociales, y mucha suerte. Uno de los logros más grandes de la humanidad se llevo a cabo gracias a todas estas cosas se unieron en el momento indicado.

El impacto político de la misión Apolo 11 fue enorme para los Estados Unidos. Obtener una ventaja así, en la Guerra Fría, fue un logro que generó un durísmo impacto a los soviéticos.

En el coyuntura actual, la asombrosa emergencia de China como potencia global y el continuo crecimiento militar de Rusia, además de la debacle en Iraq y el crash económico de 2008, han debilitado la imagen de EE.UU. como “faro de la libertad” en el mundo. Trump, nacido de la indignación y las frustraciones políticas del “Middle America”, promete volver a la gloria del 20 de julio de 1969. “Vamos a ir otra vez a la Luna pronto, y plantaremos la bandera de Estados Unidos en Marte pronto”, dijo el mandatario en su discurso por el Día de la Independencia.

Hace casi 50 años que ningún humano pisa la superficie de la Luna. Pero es entendible qué Trump, a pesar de su desdén por la ciencia moderna y en particular por la NASA, quiera gastar millones para volver a la Luna y llegar a Marte

El ambicioso programa lunar, que la NASA recientemente nombró Artemisa, ayudará a la agencia a prepararse para un viaje al último destino de vuelo espacial humano: Marte.

La fecha objetivo original para el próximo aterrizaje lunar, el primer aterrizaje con tripulación desde el final del programa Apolo en 1972, era 2028. Pero en marzo pasado, el vicepresidente Mike Pence instruyó a la NASA para acelerar el ritmo y hacerlo antes de 2024, el último año de un supuesto segundo mandato de Trump.

¿Podría llegar a Marte tener el mismo efecto político para la imagen de Estados Unidos que el alunizaje del 20 de julio de 1969?

Por ahora, solo queda esperar que la NASA, junto con todas las agencias espaciales del mundo, traten de cumplir con las próximas fechas de viajes programados.