William Anseume: Clase de oposición

No se trata aquí acerca de que brindaré mis conocimientos acerca de algo que no sé. Cómo se conoce, suelo ser muy condescendiente con todo lo que veo, con lo que escucho y con todos. No es eso en esta oportunidad. Se trata de preguntarse, de que nos preguntemos todos acerca de las separaciones y las junturas. La clase, en cuanto a clasificaciones y divisiones, a las pertenencias y las no pertenencias grupales. A los enfrentamientos, bélicos o no, en fin: a eso que llaman tomar partido.

Algunos entienden que todos los habitantes del país somos venezolanos o extranjeros habitantes en Venezuela y no debe haber clasificaciones. Todos iguales ante Dios y la virgen, con los mismos derechos y privilegios originarios, rupestres, de haber sido maravillosamente expulsados por una vagina loca en este pedazo de tierra de desgracias, ahora. Muy bien. Todos hermanos, hermanados. Pero unos hermanitos descarriados se han dado a la tarea de, como niños o adolescentes, acoquinar con sevicia inusitada a los otros hermanos en pleno uso del poder, lo que implica así una separación, incluso física: de arriba a abajo. Así resulta complicada está vivencia familiar diaria. Y eso hay que componerlo dentro de la gran familia venezolana. El ideal católico, poco practicado por cierto, de todos hermanos, miembros de esta iglesia. Ideal en busca de recomponerse. Ahí no hay clase. Ahí no existe separación alguna. Una bruma política en la cual caemos todos y nos diluimos todos. Hasta en las creencias religiosas existen separaciones abismales.

La clasificación funciona de otro modo y los apartamientos vienen dados por los criterios: niños, hombres y mujeres (luego se desprende, sexualmente, una caterva casi inclasificable de gradientes importantes, interesantes, irreconocibles para, sí, los criterios de algunos). Después por el pensamiento, ideáticos como somos. Pienso así; tú no. Por tanto, nos separamos.

A lo que voy. Esa búsqueda de igualdad generalizada de criterios no existe. El criterio, en sí mismo, es separatista y polémico, cuando es opinático. La oposición cuando deja de serlo se diluye en lo otro, en lo que no debiera ser, deja de ser oposición y se convierte esencialmente al pensamiento del otro, así quiera hacer un pastel unitarista: rojo con blanco sale rosado. No es tan rojo ni tan blanco. Se traspasa; por tanto, reduce su efectividad, disgrega su ser. Se entrega al otro.

Oponerse es enfrentarse. Oponerse constituye una alternativa de pensamiento y de acción. Allí no caben entendimientos dialogados, amnistías ni entregas, capitulaciones de ideas. Me convenciste, por ejemplo, de que no eres ni tan malo. Si me opongo a la pena de muerte, toda muerte de la mano de otro será condenable para mí. Si defiendo los Derechos Humanos, cualquier atentado a ellos, siquiera, lo execro de mis aceptaciones. Si digo que ser rico es bueno, postulo la riqueza como un opuesto real a la infelicidad humana que caracteriza a la pobreza y el receptáculo de dádivas característica del menesteroso. Opongo valía humana, reconocimiento del trabajo forjador de sociedad y de individuo, al ruego por mendrugos.

Oponerse es señalar las debilidades del otro discurso para acrecentar las positividades del mío, parafraseo a van Dijk. No se puede hacer oposición diluidos en la entrega. Por eso este enorme desconcierto político que impera hoy, aunque pareciera ir corrigiéndose, en el cual una supuesta oposición se desconcentra, se deshace, en cohabitaciones y carencias de enfrentamiento. Estás aquí o allá. Con la mezquindad de pensamiento más absoluta. Me apropio de lo mío con los míos. Es egoísta al extremo. En el decir popular: conmigo o contra mi. O, como diría mi tía, más escatológicamente de lo que puedo naturalmente escribir aquí, con mi pudorosa autocensura en la expresión: quién me ensucia, no me limpia.