José Ignacio Moreno León: A tres décadas, las lecciones del muro

El 9 de noviembre de 1989 representa la fecha histórica en la que culmina un proceso de rebelión popular frente a la represión y el autoritarismo comunista que imperaba en la Alemania del Este, denominada República Democrática Alemana (RDA), bajo el control de la entonces llamada Unión Soviética. En esa fecha el triunfo del empeño libertario sobre el comunismo obligó a que las autoridades  de la RDA abrieran sus fronteras y esa misma noche miles de alemanes del este se agruparon frente al muro de Berlín y comenzaron a derrumbarlo.

Previamente las múltiples manifestaciones populares de los ciudadanos que habían estado sometidos al yugo del régimen controlado desde Moscú lograron el 18 de octubre de ese mismo año la destitución del ultimo jefe de Estado y dictador comunista de la RDA e impedido que su sucesor mantuviera ese sistema opresor, ya que el 27 de ese mes cientos de miles de alemanes del este incrementaron sus protestas en las principales ciudades de la RDA, lo que forzó la renuncia de la mayoría de los miembros de la cúpula comunista gobernante que, desde finales de la segunda guerra mundial había establecido un gobierno totalitario y opresor en la RDA.

La caída del muro de Berlín marcó el principio del fin del sistema comunista imperante en la Europa del Este y el comienzo de la reunificación de Alemania, la cual se concretó en octubre de 1990. Significó igualmente la destrucción del símbolo más emblemático de la Guerra Fría y el colapso del bloque soviético que culminó en 1991 con la destitución de Mijaíl Gorbachov y la extinción de la Unión Soviética. Ya el 2 de mayo de 1989 se abría en Hungría el primer boquete a la llamada “cortina de hierro” cuando el gobierno de ese país quitaba la oprobiosa alambrada de púas en la frontera con Austria; un mes después el 4 de junio, en Polonia, el movimiento Solidaridad, con el liderazgo de Lech Walesa y el apoyo del Papa Juan Pablo II,  ganaba ampliamente los primeros comicios libres derrotando al partido comunista en el gobierno. Desde entonces y hasta 1990 se habían celebrado otras elecciones en Checoslovaquia, la RDA, Hungría Rumanía y Bulgaria, en las cuales todos los partidos y movimientos comunistas habían sido desplazados del poder, después de más de cuatro décadas de ser gobierno en esos autoproclamados países socialistas.

El muro de Berlín formó parte desde el 13 de agosto de 1961 de la frontera que dividió a Alemania durante 28 años configurando dos regímenes ideológicamente enfrentados: un gobierno democrático y con economía de  mercado en la República Federal Alemana (RFA), y el otro al este en la República Democrática Alemana (RDA), bajo el control del régimen comunista soviético. El contraste entre el exitoso modelo de economía y las libertades imperantes en la RFA y la depauperada  economía bajo el autoritarismo comunista de la RDA ya había causado que antes de la construcción del muro más de 3.5 millones de alemanes del este emigraran al Berlín Occidental. Igualmente, a pesar de los estrictos controles y sistemas de vigilancia establecidos por el régimen comunista durante las casi tres décadas desde la construcción del muro, más de 5.000 berlineses del Este huyeron hacia la libertad al Berlín Occidental, 192 personas fueron masacradas en sus intentos de escape y más de 200 resultaron heridos.

La evolución de la postguerra marcó un significativo contraste entre las dos partes de la Alemania dividida, por lo que se señala que el muro que las separó sirvió de histórico testigo para resaltar las diferencias en logros entre las dos economías que operaban antes de la reunificación. Así la Alemania Oriental (RDA) bajo el sistema comunista de planificación centralizada que había reducido el número de empresas privadas del sector industrial a solo el 4%, para 1989, apenas tenía un PIB equivalente al 31% de el de la Alemania     Occidental (RFA), cuyo desarrollo se impulsó con el modelo de economía social de mercado; ello a pesar de que antes de la guerra la región oriental era más desarrollada, con un PIB per cápita superior en más del 27% al de la parte occidental.

El colapso del comunismo que emblemáticamente simbolizó la destrucción del muro de Berlín hace tres décadas, pero que igualmente estuvo representado por la conquista de la libertad y la democracia en varios países de la Europa Oriental que habían estado bajo el yugo comunista del imperio soviético, representa un sólida demostración histórica señalando que regímenes con sistemas económicos y políticos de corte estatista y totalitario no sobreviven por la crisis económica y social y la violación de derechos humanos que generan, ya que se derrumban frente al reclamo de los pueblos por la conquista de la libertad y la democracia que son condiciones fundamentales para que opere una sociedad moderna con desarrollo humano sustentable.

Desde que Carlos Marx expuso sus sórdidas ideas de lucha de clases y propuestas estatistas para gobernar tiranizando a los pueblos, y Lenin, Stalin y Mao impusieron con mano férrea esas recetas marxistas con la etiqueta de socialismo real, las mismas solo han generado miseria y muerte en los pueblos que las han sufrido. Y si a esas tiranías marxistas agregamos la de Pol Pot en Camboya y la del comunismo marxista de Corea del Norte, la estela de muertos de esos regímenes totalizan cerca de 100 millones de víctimas. Es por eso que a pesar de que más recientemente se ha intentado repetir ese autoritarismo comunistas, el rechazo popular ha sido unánime, tal y como sucedió en la Alemania del Este y en los otros países a los que hemos hecho referencia. 

Lo anterior indica que los intentos desestabilizadores de las democracias de América Latina con el propósito de imponer esas viejas recetas comunistas están condenados al rechazo de los pueblos que siempre sabrán defender la libertad y la dignidad de la persona humana, frente a las amenazas del autoritarismo populista y promotor del estatismo marxista, secuestrador de la libertad y la democracia.

Pero es importante entender que la democracia latinoamericana y los principios libertarios que la sustentan siempre estarán en peligro mientras en los países de la región no se resuelvan las notables desigualdades y el resentimiento social y mientras persistan las fallas del subdesarrollo político y el déficit de cultura ciudadana que se reflejan en gobiernos ineficientes, populistas y con frecuencia salpicados de escándalos de corrupción. 

A tres décadas de la caída del muro de Berlín es posible señalar tres lecciones que se derivan de ese histórico acontecimiento: La primera resalta que el pueblo unido en defensa del binomio libertad y democracia siempre será capaz de derrotar los regímenes totalitarios. La segunda nos ilustra los contrastes entre el progreso que se impulsa en democracia con el sistema de economía de mercado, frente a la miseria y el caos que identifica a las fracasadas recetas comunistas de economía centralmente planificada. Y finalmente, la Alemania unida, con su sistema de economía social y ecológica de mercado que le ha permitido -con el esfuerzo de todo el país-, impulsar un exitoso y sostenido proceso de  crecimiento económico, con equidad social y sólidas instituciones democráticas, representa un valioso ejemplo a seguir para blindar a los países frente a las retrógradas amenazas del autoritarismo marxista. 

Sin embargo, en el caso latinoamericano, dado el notable déficit de capital social y desigualdad que caracteriza a los países de la región, se impone además un esfuerzo para impulsar la conciencia cívica, la asociatividad , la solidaridad y los principios éticos; y para  promover la cultura del emprendimiento y la productividad, mediante el sistema educativo y de ciencia y tecnología, como estrategias básicas en contra del caudillismo, el clientelismo político y la cultura rentista, que han sido pesadas rémoras para el desarrollo de estos países.