Luis Pacheco: Citgo, el asedio de un ícono

Más allá del papel que CITGO debe jugar en la eventual recuperación de Venezuela, dejar perder un activo que simboliza las aspiraciones del país que queremos volver a tener sin dar la pelea, es impensable, diría que hasta irresponsable. Cuando recobremos como Nación nuestras instituciones, podremos decidir con inteligencia qué hacer de la Industria Petrolera Nacional en general y de CITGO en particular.

Por Luis A. Pacheco / lagranaldea.com

Luis Ernesto Aparicio, el insigne pelotero venezolano, jugó con los Medias Rojas de Boston en las temporadas 71 al 73, ya en las postrimerías de una eximia carrera que lo llevaría al Salón de la Fama del Béisbol de Grandes Ligas.

Los que crecimos admirando a Aparicio en la Maracaibo petrolera de esos tiempos, pocas oportunidades tuvimos de ver transmisiones de televisión donde pudiéramos deleitarnos con sus hazañas en el Fenway Park. Little Louie, como se le conocía, patrullaba el amplio terreno entre segunda y tercera base, con el llamado “Monstruo Verde” -la altísima pared que hace casi infranqueable al jardín izquierdo del Fenway Park- de telón de fondo. Allende del Monstruo Verde, sobre el techo del edificio en el 660 de Beacon Street, se alzaba ya entonces uno de los íconos de la ciudad de Boston y de Fenway Park: El gigantesco logo de CITGO; que ocupa ese lugar desde 1940 y en su presente forma triangular desde 1965.

Ni Aparicio, y menos aún los venezolanos de a pie, se imaginaban entonces que ese logo iba a convertirse en un símbolo, primero de la pujante industria petrolera venezolana, luego objeto de ataques políticos, y hoy en un estandarte de la Venezuela que lucha por recuperar la senda de la libertad y el bienestar.

En 1986, la petrolera estatal venezolana, PDVSA, en el desarrollo de su llamada estrategia de internacionalización, adquirió el 50% de CITGO, subsidiaria de Southland Corporation. PDVSA obtenía así la propiedad del 50% del complejo de refinación de Lake Charles en el estado de Louisiana, la sexta refinería más grande de los Estados Unidos, con una capacidad de procesamiento de 425 mil barriles diarios. En 1990, PDVSA adquiría el restante 50%.

Para 1990, PDVSA controlaba cinco refinerías en el territorio norteamericano con una capacidad de procesamiento de casi un millón de barriles por día, cinco millones de barriles de capacidad de almacenamiento y acceso 12.500 estaciones de servicio, la red más grande de los Estados Unidos (Auge y Caída de un Petroestado, Ernesto Fronjosa).

Esta estrategia de aseguramiento de mercado, muy criticada en Venezuela, fue prontamente copiada por otros países productores como México, Arabia Saudita y Kuwait, quienes buscaron asegurar mercado comprando intereses en refinerías en los Estados Unidos y Europa.

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