En pupitres atienden a pacientes en la emergencia del Hospital Central de Barquisimeto

Un viejo pupitre de madera colocado en uno de los rincones de la emergencia del Antonio María Pineda funciona como camilla. Las personas no tienen espacio para estirarse, quejarse o acomodarse pero todo el mundo sabe que ese es un lugar preciado pues representa el umbral entre la atención médica y la sala de espera.

Por Osman Rojas | LA PRENSA de Lara

Justo al lado del pupitre existe un paral de equipos médicos (aparato de metal en donde colocan la solución fisiológica). Es el reconocimiento que hacen los médicos a un espacio en donde antes se sentaban los estudiantes de medicina y ahora se sientan pacientes las 24 horas del día. “Perdone pero no hay espacios. Siéntese allí”, dicen los especialistas a los pacientes que ingresan a la emergencia y que no encuentran donde acostarse.

Ana (nombre que utilizaremos para proteger la verdadera identidad de la paciente) fue una de las tantas personas atendidas en un espacio que cuenta con 58 centímetros de ancho y 45 centímetros de largo. La mujer llegó a la emergencia con un fuerte dolor de pecho y, luego de esperar durante casi una hora en el pasillo que antecede a la emergencia del Hospital Central, fue ingresada.

Como si se tratase de una estudiante que se portó mal, Ana fue aislada del resto de pacientes. Sola y en un rincón se quejaba de un fuerte dolor. No pronunciaba palabra pero sus gestos y sus lamentos dejaban claro que algo malo le pasaba. “Cariño te voy a atender aquí. No puedo hacer más”, decía un médico que, más que explicar el por qué atendería a la señora allí, parecía disculparse por el hacinamiento que hay dentro de la emergencia.

“Te pondrás bien, tranquila”, continuaba el doctor mientras chequeaba las pulsaciones de la mujer y media su presión arterial. Diez minutos después de entrar a la emergencia una enfermera notifica que una de las 30 camas que hay en el lugar ha sido desocupada por un pacientes que saldría de la institución para hacerse un examen.

La noticia fue todo un bálsamo para Ana que fue acostada y conectada a un electrocardiógrafo (aparato que sirve para hacer electrocardiogramas) donde fue atendida un poco más cómoda.

La felicidad de la mujer duró unos 15 minutos pues luego de terminado el examen la camilla fue regresada a su lugar de origen y la mujer fue sentada una vez más allí por varias horas. “Lo que pasa es que ya no hay donde acostarla”, decían médicos y enfermeras cuando se les reclamaba un trato digno para una mujer que no paraba de quejarse por su dolor en el pecho.

La escena anteriormente descrita bien podría haber sido sacada de un libro de comedia pero es el lamentable día a día que deben atravesar los pacientes que son atendidos en la emergencia del Antonio María Pineda cuya condiciones deplorables, escasez de equipos e insumos y falta de personal no logra cubrir la demanda de enfermos.

El problema, de acuerdo a los expertos, se presenta desde hace un par de años cuando a la directiva del Hospital Central decidió eliminar unas 40 camas del servicio. El argumento, dado en ese momento, era el de dar un trato más humano a los pacientes pues se decía que el hacinamiento de enfermos violaba sus derechos humanos.

La reconversión de la sala, en enero del 2018, dejó más espacio de maniobra a los médicos pero restó capacidad operativa a un servicio que vive repleto de pacientes no solo de Lara, sino también de estados vecinos como Portuguesa y Yaracuy. “Hay casi la misma cantidad de pacientes adentro y afuera”, decía el doctor Ruy Medina, exdirector de salud, al ser consultado por el funcionamiento de la emergencia que lleva su nombre.

La declaración del especialista no es exagerada pues en el pasillo, que antecede a la emergencia, hay sillas de metal que nunca están desocupadas. “La situación en la emergencia es realmente delicada porque no hay espacios para los pacientes. Estamos en presencia de un servicio que tiene 30 camas cuando la realidad nos indica que son necesarias unas 80 o 90”, comenta.

Sin especialistas

El problema de la emergencia no se limita únicamente a la presencia de camas. Según denuncian los pacientes el servicio también carece de especialistas pues a veces los enfermos son ingresados pero no hay quién los atienda.

“En el 2017 la emergencia tenía entre 6 y 8 médicos internos y dos adjuntos (especialistas) por turno. Ahora las guardias cuentan con uno o dos médicos cuando mucho y todo eso complica la atención”, explica Medina.

La ausencia de médicos enfurece a familiares por la nula atención que reciben los enfermos. Según cuentan las personas consultadas a las afueras de la emergencia, la mayoría de enfermos sufre retraso en los tratamientos pues no hay suficiente personal para monitorear cada una de las camas.

“Tenemos que esperar y estar detrás de los médicos o las enfermeras para recordar la aplicación de tratamientos. Ni siquiera en los cambios de guardia se hacen revisiones a fondo”, decía Julia Sánchez, familiar de un paciente.

La precaria atención dentro de la emergencia tiene molesta a la población que se pregunta si es mejor morir en casa del dolor o sentarse y morir sentado en un viejo pupitre de madera.