Griselda Reyes: Desconectados de la realidad social

Una de las peores cosas de la polarización política que se vive en Venezuela, es que evita que los sectores en pugna vean la dimensión real del drama social y económico que vive la mayoría de la gente.

Unos, enfermos por permanecer en el poder que detentan desde hace más de dos décadas, “como sea”; y otros, obcecados por hacerse del poder que les ha sido esquivo una y otra vez, desaprovechando la oportunidad de oro que tuvieron de constituirse y fortalecerse como fuerza opositora desde la Asamblea Nacional.

Me preocupa demasiado lo desconectados que el gobierno y la oposición radical están de esa realidad social que nos golpea a diario en el rostro. Y lo peor es que con ellos arrastran a una masa importante de venezolanos que, sin asomar un vestigio de racionamiento, se atreven a aplaudir las decisiones más absurdas y hasta temerarias con tal de defender a su parte.

Hoy a muchos les es imposible distinguir ideas de personas. El diálogo se ha hecho cada vez más difícil por las fiebres igualitaristas que no dejan lugar al conflicto de ideas distintas. Y que peor aún, son amplificadas por los algoritmos de las redes sociales, lo cual nos hace ver solo a quienes piensan como nosotros.

El pasado sábado tuve la oportunidad de acompañar a un amigo muy querido a una actividad social que se desarrollaba en el barrio Unión de Petare con el apoyo de la fundación Juntos, que él preside.

Cuando llegamos allí, la gente nos miraba con aprensión, lo cual es normal, pues los vecinos se conocen de toda la vida. A mi amigo le recibían con los brazos abiertos, pues lleva mucho tiempo haciendo trabajo social en una de las zonas más deprimidas del este de Caracas.

Nos acercamos a conversar con los dirigentes sociales, quienes nos decían que estaban cansados de las peleas entre gobierno y oposición, que no les importaba lo que dijeran Maduro o Guaidó, porque ellos tenían que batallar a diario con sus propios demonios para, con las uñas, ayudar a resolver los múltiples problemas que los aquejan por igual.

“Aquí hay vecinos que apoyan al gobierno y vecinos que apoyan a la oposición, pero nos toca a nosotros trabajar para superar todos los problemas que tenemos”, dijo una de las promotoras sociales que, siendo la encargada de repartir las cajas CLAP, asaba unas arepas para darle de comer a una fila de niños que esperaban ser atendidos por un joven pediatra que, con paciencia y mística, los chequeaba, diagnosticaba y recetaba.

Al ingresar en otra vivienda, la dueña y señora de casa lo primero que nos dijo fue “prohibido hablar de política” y seguidamente agregó “si vienen a colaborar con el barrio, son bienvenidos”.

Cada una de las personas que tanteamos, está familiarizada con la labor de la fundación Juntos y, con la humildad que los caracteriza, agradecieron a esos venezolanos anónimos que de manera desinteresada acuden a las zonas más vulnerables de la ciudad, para tenderles una mano.

En otra vivienda modesta, una señora septuagenaria se quejaba por su condición de salud: es diabética y no tiene los recursos económicos para comprar las medicinas que debe tomar para controlar su glicemia. Días atrás sufrió una caída y perdió la movilidad de su brazo izquierdo. Lo que más le atormenta es el dolor y sin posibilidades de comprar los analgésicos que le indicaron.

Así está nuestra gente, así está la mayoría de los venezolanos: tratando de sobrevivir a este desastre al que nos condujo el socialismo del siglo XXI. Mientras unos se aprovechan de la hegemonía comunicacional que tienen para vender un “país de maravillas” que no existe, otros apelan a la intervención militar extranjera para “restablecer” el orden en el país, como si la propia guerra que a diario estamos librando los venezolanos, no fuera suficiente.

A los desconectados de la realidad social les importa poco los niños que semanalmente mueren en el hospital J.M. de Los Ríos – por mencionar un solo centro asistencial –, como consecuencia de la falta de medicamentos, insumos y hasta condiciones higiénicas, o por no poseer los recursos necesarios para costear tratamientos carísimos que el Estado venezolano venía financiando, como los trasplantes de médula ósea.

Y no les importa porque no son sus hijos y porque si sus hijos se enferman no los van a llevar al J.M. de Los Ríos o a un CDI. No les importa porque no sienten amor real por el prójimo. Los gobernantes y opositores que dicen amar a los venezolanos, ven el amor desde una perspectiva utilitarista, es decir, hay amor si le sirve a sus intereses y satisface sus necesidades. Pero no entienden que el amor verdadero implica antes que nada el respeto al otro, la búsqueda de su bien, la satisfacción de su necesidad.

¿A dónde nos han llevado con este desorden económico tan brutal? El venezolano común ni siquiera tiene Bs. 130.000 para pagar un kilo de arroz y menos Bs. 400.000 por un cartón de huevos. ¿Cómo puede costear los gastos de salud?

Vivimos en un país surrealista: un porcentaje muy bajo de la población que gasta dólares a manos llenas comprando productos importados en bodegones, carros de lujo, dándose vida de sibarita; mientras el porcentaje más elevado pelea la sobrevivencia.

Vemos educadores percibiendo salarios por debajo de los $7 mensuales, mientras un fontanero cobra hasta $50 sólo por revisar una tubería, sin siquiera sustituirla; o médicos que apenas logran cobrar $20, mientras un mecánico puede facturar $400 por mano de obra. No desmeritamos el trabajo de fontaneros o mecánicos, pero hay que sincerar los ingresos de quienes se han formado académicamente para prestar servicios de tal envergadura como la educación y la medicina.

Y mientras el país se debate en su emergencia humanitaria compleja, gobernantes y opositores siguen desconectados de la realidad social, tratando de generar una matriz de opinión que les favorezca a ellos, incapaces de entender que hay otros modos de pensar y de ver el mundo.

@Griseldareyesq