Ignaz Semmelweis, el doctor obsesivo que enviaron al manicomio por lavarse las manos

Hace poco menos de 200 años, los hospitales eran completamente diferentes a lo que conocemos actualmente. Por extraño que parezca, estos sitios en donde la gente pretendía curar su salud, eran recintos que carecían de cualquier norma higiénica o sanitaria; las sabanas (húmedas, con gusanos y manchas de hongos) no se cambiaban nunca, a pesar de contener múltiples tipos de fluidos corporales de diferentes pacientes, el ambiente apestaba a una pestilente mezcla entre orina, vómito y otro tipo de residuos. Era visto como algo completamente normal y natural que los doctores no se molestaran en lo más mínimo por su asepsia personal, la de los pacientes o la de los hospitales, al punto de que era muy raro que alguien se lavara las manos.

Por: Cultura Colectiva

La mesa de operaciones no era más que una tabla de madera, obviamente, con manchas de sangre seca, en el piso se colocaba aserrín que absorbe la sangre. Era considerado mucho más seguro recibir atención médica en casa que en un hospital, en donde la tasa de mortalidad aumentaba de 3 a 5 veces. En los hospitales, también llamados “casas de la muerte” se le pagaba mejor a los encargados de limpiar los colchones de piojos, que a los propios cirujanos. La razón por la que ningún doctor asociaba la higiene con las infecciones y enfermedades era porque se creía que existían unas nubes de vapor venenoso en las cuales se encontraban partículas de materia en descomposición, a este tipo de “gas” se le llamaba miasma.

Pero, en 1840, en el Hospital General de Viena, un vanguardista médico con un sentido común visionario para aquella época que aún no entendía de gérmenes, bacterias e higiene, intuyó que el lavado de manos era un procedimiento que está ligado con la disminución de las tasas de mortandad en las salas de maternidad, su nombre fue Ignaz Semmelweis.

Semmelweis, el doctor húngaro, estuvo observando las sutiles diferencias entre dos salas obstétricas, una era atendida por estudiantes de medicina (hombres) y la otra por parteras. La primera tenía una tasa de mortalidad 3 veces más alta que la segunda. Las mujeres en trabajo de parto eran uno de los sectores más vulnerables, especialmente las que sufrían desgarros vaginales o heridas abiertas. El médico notó que cuando una mujer moría por fiebre infantil, un sacerdote visitaba la sala tocando una campana, por lo cual Semmelweis pensó que quizás el sonido aterrorizaba a las otras pacientes de la sala, las cuales presentaban fiebre y morían a consecuencia de este sonido. Por lo tanto, Ignaz solicitó que se dejara de hacer esta práctica, sin embargo, la tasa de mortalidad no sufrió ningún cambio.

Fue hasta el año de 1847 cuando uno de sus compañeros murió después de cortarse una de sus manos durante la manipulación de un cadáver cuando Ignaz comenzó a sospechar de la relación entre la limpieza de las manos y la fiebre puerperal o infantil. A partir de este hecho, el doctor se percató de que los médicos y estudiantes no guardaban ninguna precaución entre sus prácticas en la autopsia y la atención inmediata que le dieran a las mujeres en la sala obstétrica. Las parteras en cambio, únicamente realizaban trabajos en la sala obstétrica. Así que Semmelweis concluyó que la fiebre era una consecuencia de la manipulación directa de cadáveres. Como una solución a este problema, el doctor instaló un depósito de agua con cal clorada en el hospital y sugirió a todos los involucrados lavarse las manos antes de intervenir a cualquier paciente vivo con aquella solución antiséptica. Así fue como las tasas de mortalidad disminuyeron de 18 % a 2 % en menos de un mes en 1847.

A pesar del éxito de su teoría muchos médicos no estaban convencidos de estos hallazgos, así que seguían realizando sus prácticas sin sanitizar sus manos, Semmelweis les nombraba ‘asesinos’ para buscar concientizar a sus colegas, ya que indirectamente estaban contribuyendo con la muerte por imprudencia de mujeres que confiaban en ellos.

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