Cástor González Escobar: Hablemos de una ruta

Cástor González @castorgonzalez

 

El mundo entero está en pausa desde que hace 16 semanas, un 12 de marzo, la Organización Mundial de la Salud declarará oficialmente que el COVID-19 había escalado al nivel de pandemia, entendiendo como tal, que la epidemia se había convertido en una realidad de alcance global. De hecho, al momento de escribir estas líneas y de acuerdo a las estadísticas de la prestigiosa Escuela de Medicina Johns Hopkins, el coronavirus se ha extendido a por lo menos 185 países, se han contagiado 2.626.929 personas, de las cuales lamentablemente ya han fallecido 183.283, razón de lejos suficiente no solo para tomar en serio la voracidad de esta calamidad, sino para que estén más que justificadas las medidas de cuarentena que hasta ahora se han tomado en casi todos los países del orbe.

En paralelo al aspecto sanitario, por su lado marcha y avanza a su propio ritmo una realidad no menos catastrófica que es la económica, donde los hechos confirman que ya la recesión es un hecho de tanto o mayor alcance que el virus, pues los estragos que está generando en todas las esferas sociales son devastadores y los pronósticos más optimistas avizoran que la depresión financiera se extenderá al menos y con suerte hasta el 2021, y donde de casi que de un día para otro, se pasó de una proyección del crecimiento en 160 países a la determinación de que 170 economías sufrirán una caída en su ingreso per cápita, y ante lo cual el Fondo Monetario Internacional, bajo el lema de que una crisis mundial como ninguna otra, requiere una respuesta como ninguna otra, y con el ánimo de contribuir a aliviar y controlar los efectos de la recesión, ha puesto en marcha todo un conjunto de medidas y opciones paliativas, que incluyen entre otras, duplicar y elevar hasta 100.000 millones de dólares la capacidad de desembolso rápido de fondos de emergencia al cual han optado hasta ahora al menos 103 países, de los cuales fue excluido por cierto Venezuela, debido a la incertidumbre política que acá impera; así como el diseño y puesta en práctica de una nueva herramienta que operará como una línea de crédito y liquidez de corto plazo.

En las actuales circunstancias y como casi siempre en la vida, hay muy pocas verdades absolutas, y hoy más que nunca, nadie puede acreditarse la titularidad de la razón, pues sin excepción, todos y cada uno en nuestras respectivas áreas estamos en un proceso de permanente y acelerado aprendizaje, donde igualmente cada quien dependiendo de su realidad, posición o ubicación, sufre a su manera y en su trinchera a su correspondiente velocidad, los efectos negativos de una crisis inédita donde al final de la historia no hay ni un solo ganador y por el contrario, cada uno llevará su parte y pagará su costo. El rosario de víctimas se extiende por todos los puntos que podamos avizorar, donde sufren desde los físicamente afectados por el flagelo, incluyendo aquellos que lo han pagado con sus vidas, pasando por los incontables naufragios de negocios, siguiendo por los que enfrentan una auténtica disrupción en su estilo de vida por el cambio de sus hábitos, y como siempre, los de la parte más delgada de la cuerda, que son los más vulnerables y necesitados que se cuentan por miles de millones y que viven al día y sin la mínima posibilidad de subsistir sino es por su esfuerzo diario.

En Venezuela ahora mismo transitamos la sexta semana de cuarentena y al igual que el resto del mundo sufrimos sus efectos, pero con unos rasgos particulares de nuestra realidad que amplifican sus ya dramáticas consecuencias. En lo económico ya veníamos transitando una situación compleja por decir lo menos, la cual como era de esperar no ha hecho sino empeorar, no solo ya por factores internos y por la pésima gestión del desgobierno, sino porque nuestra única válvula de respiro que era la factura petrolera además de haberse paralizado por la destrucción de nuestra industria, ya no es siquiera una expectativa en un mercado venido a menos. Por ello, nuestro tránsito a una nueva normalidad una vez se superen las condiciones actuales, no se parecen en nada a las que se visualizan en otras jurisdicciones, y, por el contrario, lo que se aprecia no es precisamente alentador.

Al drama del expediente venezolano se suma un desgobierno que, con su conducta autoritaria y que con su marca de fábrica de llevar las cosas y subsistir un día a la vez, mantiene cerrados todos los canales posibles de comunicación y solución que nos permitan visualizar un camino a seguir para salir con éxito de este atolladero; y es por esto que solo el esperado, anhelado y urgente cambio político, es la mejor carta con la que contamos para avanzar a un escenario distinto del que pronostican todos los expertos, que es el de que Venezuela sea la próxima Haití de Latinoamérica.

En este momento difícil por el que atraviesa la humanidad entera, en Venezuela los ciudadanos hemos cumplido hasta ahora disciplinadamente con nuestra parte y hemos aguardado pacientemente durante 6 semanas en nuestras casas, conscientes como estamos que los riesgos de desafiar la cuarentena son muy elevados; sin embargo, ya es hora de que hablemos abiertamente sobre la ruta a seguir para avanzar, pues la mera parálisis es insostenible. Desde este espacio, apostamos a la reactivación progresiva, controlada, con nuevas reglas de interacción, comunicación, tránsito, y en general, con una nueva forma de funcionamiento social que se traduzca en funcionalidad y operatividad. De la misma forma como el sector de alimentos, salud, seguridad y otros servicios esenciales se mantienen operativos, y al igual que de la noche a la mañana se han desarrollado modelos de negocios que no habían terminado de arrancar en el país como el de las entregas a domicilio, asimismo tenemos que repensar y actuar en consecuencia para ir reactivándonos paso a paso y sector por sector. No será como lo fue hasta hace apenas mes y medio atrás, pues será de hecho una nueva realidad que aliviará lo que hoy es una olla de presión a la que, sino se le afloja la válvula, más temprano que tarde estallará. Aún con las dificultades que nos plantea un desgobierno intolerante a la crítica, al debate y que basa su accionar en el miedo que infunde a cualquiera que lo desafíe, aún así hablemos de una ruta, donde como nunca antes los ciudadanos seremos protagonistas y responsables de llevar el barco a buen destino, pues tendremos la responsabilidad de cuidarnos a nosotros mismos y a nuestro entorno.

(*) Abogado. Presidente del Centro Popular de Formación Ciudadana -CPFC-
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