Argentina: La lucha por el pan y contra el coronavirus (II)

 

“Límpiate los zapatos, ponete un poco de alcohol, si querés, pasá al baño y te lavas las manos”. Es el protocolo cuando llegas al pequeño comedor que coordina Carina en la 31. La casa debe medir unos 40 metros cuadrados aproximadamente, donde los trabajos están aún a medio terminar, las paredes están escarapeladas, les falta una buena mano de pintura, a la cocina le quedan algunos detalles por terminar, en la sala hay dos heladeras donde almacena los alimentos perecederos, en el centro un mesón que ocupa buena parte del espacio. Sobre el, hay tablas para picar, cuchillos, no tan profesionales, son de parrillas, pero las mujeres lo utilizan como todas unas expertas cocineras. Las ollas son grandes, hay tres, esa tarde deben cargar unas 500 raciones de guiso de pollo con arroz, para familias enteras que se encuentran en situación de vulnerabilidad en la villa y sus alrededores.

Por Te Lo Cuento News / Sikiuk Méndez 

Carina tiene 40 años, veinte de ellos los ha dedicado a la labor comunitaria con la “Fundación el Pobre de Asis”, donde se encarga de organizar el comedor comunitario de la villa 31 de dicha fundación, que recibe ayuda del Gobierno de la Nación a través del Ministerio de Desarrollo Social y algunos donantes particulares.  Vive en el barrio Carapachay cerca de Munro, hace un viaje de media hora en el tren de Belgrano Norte, que la deja en Retiro y desde ahí camina hasta la villa. Siente una gran angustia de tener que salir estos días de tanta incertidumbre, pero entiende que es un compromiso con la comunidad que va a estar esperando la merienda y cena para la familia, en ocasiones el salir de casa se le torna algo estresante. Controlar a más de 100 personas y exponerse al riesgo del contagio le preocupa mucho, tiene un hijo que la espera en casa. “A veces en las filas se arman “quilombos”, cuando viene mucha gente en situación de calle, es muy tenso llegan tomados, pedirles distancia y que cumplan es muy difícil, los adultos mayores son más tercos y no se pueden contener. Nos ponemos en riesgos todos”.

No se tiene clara la fecha en que empezaron a funcionar los “merenderos comunitarios”. La investigadora del CONICET Valeria Snitcofsky, quien se ha especializado en el tema de las villas en la ciudad de Buenos Aires, cree que fue después de 1983 que estos empezaron aparecer en los lugares más carenciados de la ciudad debido al incremento del hambre en general. Según su hipótesis antes no había tanto índice de desempleo por lo que no existía la necesidad de destinar partidas para estos. “antes de la década del 80 no había los niveles de desempleo que hubo después de los años 80 el hambre no era un problema no en la escala que lo es ahora”, comentó.

Ya casi son las 17 horas, toca la merienda, hoy hay bebida achocolatada con galletas. La fila de mujeres, hombres y algunos niños empieza a formarse, en sus manos traen botellas de plásticos recicladas de alguna marca de refresco, suelen ser de dos litros, otros traen vasos o tazas, unos traen tapabocas y los que no tienen las mujeres del comedor le dan unos desechables, pero la orden es “Tener tapaboca”. Las casi 200 raciones de merienda se reparten en 15 minutos.

José es boliviano, tiene 16 años, su familia se vino a Argentina cuando él tenía 5. Es algo tímido, puede ser porque es la primera vez que va al comedor. Desde que empezó la cuarentena a sus padres se les ha hecho difícil conseguir dinero para comida. Aunque no lo dejan salir mucho por la villa esta vez ha sido la excepción. Vive con sus padres y su hermanito de 6 años. “Casi no me dejan salir eso me estresa un poco, mi mamá se preocupa mucho, hoy me ha dejado porque no tenemos que comer”. José está con su hermano de 6 años que también hace la fila con su táper, porque van aprovechar quedarse de una vez para la cena.

La calle empieza hacerse más angosta a medida que se acerca la hora de la cena. Sigue llegando más y más personas. Muchos de ellos están en situación de calle, no traen tapaboca, tienen las manos sucias y las ropas desgastadas. Pero aquí no se discrimina a nadie todos son bienvenidos.

¡Distancia Social!, es el grito de Carina, quien sale a organizar la fila porque ha llegado mucha gente, más de lo esperado y tiene que controlar la situación. Empieza a repartir tapabocas desechables y a rociar las manos de la gente con alcohol líquido. Las mujeres colaboradoras esperan adentro la orden para empezar a llenar los táper. Sobre el mesón reposan tres ollas repletas de guiso de pollo con arroz caliente, con tres mujeres detrás de ellas como en formación, hay guantes, tapabocas, chequean que todas estén listas, también las que van a recibir el envase están preparadas en la primera línea.

 

Muchas de las personas que vienen a los comedores sobreviven haciendo trabajos informales que debido a la cuarentena no han podido seguir. La Dra. María Mercedes Di Virgilio del CONICET explica, que son población vulnerable que están obligadas a salir para obtener recursos. “muchos viven de changas o trabajan del reciclado de la basura, sin posibilidad de circular por las calles y sin actividad general, los trabajos informales se tornan prácticamente imposibles. Es población que no tiene un ingreso estable, está obligada a moverse para obtener recursos”.

“Ración para cinco, son seis, esa ración es para diez”, se escuchan los gritos de las mujeres y los envases empiezan hacer fila en el mesón. En la mayoría de las casas de la villa se vive en hacinamiento, 6 o más personas pueden habitar una pequeña vivienda, las áreas comunes son reducidas y algunas sin ninguna distribución. A unos 100 metros de distancia del comedor hay un joven que dio positivo para la COVID-19, en su casa viven 17 personas y a pesar de tener dos plantas solo hay un baño para todos.

Eduardo tiene 37 años de edad. Es uruguayo y vive en la villa desde hace 4 años. Trabajaba en un bar cerca del Obelisco, pero desde que empezó la cuarentena se quedó sin empleo. Ahora viene en las tardes a buscar la comida para él y su esposa. “No he podido ni hacer changas”, dice al lamentarse por la falta de trabajos esporádicos con los que antes podía completar sus ingresos para comer. “Agradezco la labor que hacen los trabajadores de los comedores. En la cola siempre se ve que la mayoría son madres que vienen a buscar comida y lo hacen hasta con 5 hijos”, comenta.

Cae la noche y todavía quedan personas en filas que esperan por comer. Nadie quiere escuchar que al llegar su turno le digan “se terminó”. Las mujeres raspan el fondo de las ollas tratando de sacar las últimas raciones. Hay caras de angustia, quedan unas cinco personas que aún aguardan afuera. No pueden hacer más nada.

Carina es la encargada de decirles que no hay más comida, por suerte saben entender. Les indica que sigan al otro comedor que cierra a las 8:00 pm, ubicado a un par de calles. Los hombres se despiden y siguen su camino.

Se cierra la puerta de la casa mientras se deja todo organizado para el lunes. Las mujeres se sirven un trago de vino tinto, y me pasan otro. Brindamos por el final de la jornada, pero también por volvernos a ver sanos.

Caminamos por las calles vacías de la 31 hasta la salida, no hay aplausos, ni se escuchan violines en los balcones, solo un reguetón transformado en cumbia nos despide.