Cómo se vive la cuarentena en distintos puntos de Caracas: Bello Monte (I parte)

 

Karla Tovar y José Urrea tenían una rutina que iniciaba a primera hora del día para llevar a la niña al colegio, atender a sus mascotas, arreglar la casa para trabajar y salir a resolver varias diligencias. Tras decretada la cuarentena por Covid-19 en Venezuela, que arrancó el 16 de marzo, siguen cumpliendo algunas de ellas pero no cómo ni cuándo quieren. Ello se suma a la ausencia de ingresos en el hogar, que se ha convertido en una de sus afecciones más importantes.

Raylí Luján / La Patilla

“Nos ha afectado el no poder decidir cuándo queramos y el tema de no tener ventas de nuestros productos porque no contamos con delivery ni recursos para invertir, eso desanima y desmotiva. Estamos un poco tensos con el problema económico que representa no tener trabajo, tener deudas en el pago del colegio. A pesar de ser beneficiados en muchos aspectos igual nos golpea por otros lados”, cuentan.

 

Ella, una relacionista y diseñadora industrial y él, un psicoterapeuta, dicen sentirse ya acostumbrados a estar encerrados desde hace algún tiempo. Sin embargo, durante el confinamiento, que cumplen en su casa en la urbanización Bello Monte de Caracas, han aprendido a ser más pacientes y a intentar conservar el buen humor.

 

Les preocupa el tema económico. No cuentan con una entrada de dinero fija actualmente y se apoyan con las remesas que envía un familiar desde el exterior. Se sienten agradecidos en medio del caos que reina en el país, porque a diferencia de otros aún tienen qué comer.

 

“Estamos agradecidos por tener techo propio, comida y seguridad en casa Nos sentimos perjudicados porque prácticamente perdimos nuestro negocio y por no contar con recursos externos para seguir. En el aspecto total y absolutamente económico, descubrimos que aquí hace plata el que tiene plata”, agrega Karla.

 

En su zona de residencia no sufren tan gravemente las fallas en el suministro de agua. Explican que cuando ha escaseado, la vivienda se auxilia con dos tanques externos en el jardín que les alcanza para los tres. Si se agrava la situación, entre los vecinos del edificio alquilan cisternas. En relación a otros servicios básicos como la luz o el internet consideran que son afortunadas.

 

“La luz es raro que se vaya y el internet se mantiene. A veces intermitente pero poco se va. El que está en peores condiciones es el agua y el transporte”, sostiene José.

 

Ambos están a cargo de una persona de tercera edad en otra residencia, a la que no han podido acudir por la falta de transporte público, que también les afecta para acceder a servicios médicos.

 

“Solo la hemos podido visitar 2 veces al mes porque en esta zona no hay transporte para salir y se dificulta ir a pie con todo el mercado. También me da temor de que puedan robar a mi esposo cuando sale”, resalta Karla al agregar que las compras pueden hacerlas cada 10 días.

 

Sobre los hábitos alimenticios, asegura que durante la cuarentena les ha tocado adaptarlos, al menos a los padres. “En particular yo practico ayuno de forma regular así que ya estaba comiendo solo 2 veces al día pero innegablemente hay más ansiedad. Yo hace 4 meses tenía alimentación keto y ahora he tenido que comer harina pan una que otra vez y no he podido acceder a mi mantequilla o al aceite de oliva por su precio. Mi esposo come 2 veces nada más y mi hija si está cumpliendo con todas las comidas y meriendas”, puntualiza.

 

Indica que las labores del hogar se mantienen. No han sido estrictos con las horas de comer o con el compartir en familia. “Cada quien tiene sus actividades y de vez en cuando compartimos los 3 cosas en común, a mi me gusta manejar mis redes, buscar oportunidades, hago mil cursos online en este momento. Mi esposo se ocupa mayormente de la casa, juega en la computadora y le explica matemáticas a la chama”, apunta.

 

Las actividades escolares de la niña son organizadas en un cronograma según su importancia. Recibe 3 veces a la semana clases online de matemáticas y también atiende varios foros en Google .

 

“Mi hija es adolescente, yo no soy una mamá fastidiosa así que la dejo ser mientras cumpla con sus obligaciones. Jugar en la computadora o en el teléfono o ver Netflix. A ella lo único que le afecta es el no ver a sus amigos a diario, que es su vida social”, señala.