Vivir la cuarentena con la mente en otro lugar

La debilidad de Maricrís Prieto caminaba a pasos agigantados en su cuerpo. En su casa de Caja Seca, una pequeña localidad entre Mérida y Trujillo, todos estaban preocupados por su recayente condición. Había ido al centro clínico más cercano y al Instituto Médico Valera, pero su debilidad y la incontinencia urinaria continuaban bajándole el potasio y el sodio.

Por Leoner Hernández / lanacionweb.com

La trasladaron en ambulancia al Hospital Universitario de Los Andes, en Mérida, donde esperaba por fin mejorar.

Allí, apenas llegó, la hospitalizaron por tres días por una presunta diabetes insípida. Sin embargo, los exámenes que le recetaron arrojaron una infección de orina que descartaría el primer diagnóstico y solo acabaría con un tratamiento conservador que Maricrís podría continuar en Caja Seca, además de unos resultados anormales y médicamente errados de su tiroides.

Durante los 10 días que duró el tratamiento, las visitas al baño continuaron, pero no con la intensidad que la había llevado a Mérida. Y mientras esperaba que la Ciprofloxacina hiciera efecto, Maricrís complementó su tratamiento con dos o tres vasos diarios de jugo de tomate y cambures, ambos ricos en potasio.

Era finales de enero y desde días atrás, el brote de coronavirus había pisado suelo europeo. Pero eso quedaba muy lejos, pensó.

Acabado su tratamiento, Maricrís, de 39 años, recayó en su condición y ya no sabía a dónde acudir. En el Centro Clínico de Caja Seca no contaban con los recursos necesarios para hacer los exámenes que podría necesitar. Mientras que de su última visita a Valera y Mérida, Maricrís solo se había llevado dudas y resultados errados. Por eso, su tía María le convidó a pasar unos días en San Cristóbal, donde podría contar con más alternativas médicas.

Maricrís llegó el miércoles 12 de febrero a la capital tachirense y dejó a sus tres hijas, de 2, 11 y 16 años, bajo el cuidado de su abuela Carmen. El plan inicial era repetir el examen de tiroides que había salido mal en Mérida, para luego verse con una endocrinóloga, el viernes siguiente, en el Centro Médico Quirúrgico El Samán.

Todo iba bien hasta ahí, pero los resultados no fueron convincentes. La endocrinóloga le mandó a hacer un examen de densidad urinaria, de coagulación, un urocultivo y cortisol, para ver cómo estaba el funcionamiento hormonal. A esas alturas, los valores de TSH confirmaron que el problema tenía nombre propio: un hipotiroidismo le estaba afectando. Debía regresar un mes después a consulta.

Durante las dos siguientes semanas, Maricrís tuvo un par de emergencias urinarias que le obligaron a ir al hospital del Seguro Social. Así, bajo ese estado, no podía regresar a Caja Seca.

Era la última semana de febrero, y países como Ecuador y Brasil ya habían registrado el primer caso positivo con Covid-19Si el virus llegaba a Venezuela, decía Maricrís, sin pensar en ella, el país no lo soportaría.

En ese momento, la lejanía con su casa comenzó a pegarle emocionalmente a Maricrís. Sus tres hijas le llamaban cada dos horas para hablar de tareas y cosas casuales. Carmen también llamaba a su hija para conversar sobre el día a día en la casa. Y por supuesto, de su trabajo en el Registro Civil de la parroquia Rómulo Gallegos en Caja Seca, también hacían telefonazos, aunque siempre fueron comprensibles con su situación.

Comenzó marzo y los uroanálisis iban y venían. La poca mejoría de Maricrís hizo que tomara la decisión de cambiar el médico que la veía. Había programado una cita para el 2 de marzo y luego otra para el viernes 13, en el Centro Clínico San Cristóbal, con un nuevo doctor.

El 6 de marzo, entre consulta y consulta, Colombia confirmó el primer contagio de coronavirus. La pandemia ya estaba en el país vecino.

Para ese encuentro mañanero, Maricrís debía comprobar los valores químicos en su orina y de la vitamina D. En uno salió bien, y en otro no tanto. Aun así, ya tenía carta blanca para volver: en el récipe, el especialista recetó: Farma D de 1.000 UI, Levotiroxina sódica de 100 microgramos (mcg), ácido fólico de 10 miligramos, Biotinde 5.000 mcg, y 21 días de reposo, que podía cumplir en Caja Seca. A las 9:00 a.m., Maricrís era feliz.

Llegó a casa de su tía y de inmediato comenzó a preparar su viaje de retorno al sur del Lago. A esa misma hora del día siguiente, Maricrís debía estar en el terminal de pasajeros de San Cristóbal para tomar un carrito por puesto que la dejara en Caja Seca, con una escala previa en El Vigía. Ese era el plan.

Más tarde, a golpe de las 11:00 a.m., Maricrís comenzó a leer rumores que un importante medio de comunicación nacional sustentó después. Al parecer, la Covid- 19 había llegado a Venezuela y se había instalado en Los Teques, estado Miranda.

Al poco rato, la vicepresidenta Ejecutiva, Delcy Rodríguez, confirmó la información.

A Maricrís no le quedó sino la opción de aceptar la prolongación de su estadía. Sabía que el cese casi inmediato de operaciones del terminal de pasajeros no tenía fecha de fin, pero confiaba en que habría alguna medida para que personas varadas, como ella, pudieran retornar a sus destinos.

Mientras aguardaba, comenzó a adaptarse a la primera cuarentena de su vida. Para hacer cada nuevo examen médico, debía caminar alrededor de un kilómetro con tapabocas. Era algo nuevo y las primeras veces llegaba al laboratorio jadeando, agotada y mentalizada en que todavía tenía que trazar el mismo camino de vuelta.

El confinamiento de sus hijas también alteraba la rutina de la familia, incluida Maricrís. En llamadas telefónicas y por WhatsApp, se ponían en contacto para resolver las tareas a distancia que les mandaron del colegio. La modalidad de estudios por internet había entrado en vigencia desde el mismo 16 de marzo de forma transitoria, y posteriormente el Ejecutivo la extendió por el resto del año escolar.

Ahora siente que tiene dos casas: una en la que come, duerme y convive; y otra, de la que vela por el bienestar y seguridad financiera. Maricrís sabe del estado de las neveras de los dos hogares, de la circulación vehicular de los dos estados, y vive pendiente de los recientes casos en dos estados de Venezuela. Todo lo cuenta por pares.

Las semanas transcurrieron y la crisis urinaria menguó. Pero no la emocional. Ya van 65 días desde que comenzó la cuarentena en Táchira y la reciente extensión del decreto de emergencia dictado por el Ejecutivo nacional le hace perder la esperanza de volver muy pronto. Ha escuchado historias de personas que retornan del interior del país con salvoconductos comprados en dólares. También de personas que le pueden dar la colita hasta cierto punto, pero no le garantizan el recorrido completo. Ninguna opción le convence.

En este punto, Maricrís tiene una nueva fecha marcada en rojo: 27 de agosto, el tercer cumpleaños de su hija menor. Para entonces, espera poder abrazarla en persona.