Cómo era Phil Jackson antes de dirigir al exitoso equipo de los Bulls de Jordan

Phil Jackson es el entrenador que más títulos ganó en la historia de la NBA. | Foto: Infobae

 

“Cuando haces cosas desde el alma, sientes un río, un gozo que fluye en tu interior”. Así comienza Phil Jackson su libro titulado Once Anillos, en el que repasa toda una vida ligada al básquet, que lo llevó a convertirse en el entrenador más laureado de la NBA con la misma cantidad de títulos que el nombre que llevan sus memorias de un pasado marcado por la religión, el consumo de drogas y la gloria deportiva gracias a su apoyo en la filosofía budista.

Por Juan José Ciceri / Infobae

Antes de convertirse en un personaje exitoso, Jackson atravesó una infancia repleta de restricciones. En el pequeño condado de Powell, en el estado de Montana, a unos pocos kilómetros de la frontera con Canadá, Phil fue uno de los tres hijos que tuvieron Charles y Elisabeth, dos pastores religiosos que criaron a sus niños bajo estrictas normas de convivencia.

En la casa de los Jackson no se podía ver televisión. Tampoco bailar. Estaba prohibida la distracción como factor de diversión. Tal vez será que por esas decisiones de sus padres que el afamado ex entrenador de la NBA forjó una personalidad sumisa, sin demasiadas pretensiones. “Las multitudes me producen fobia. Nunca me ha gustado ser el centro de atención. Tal vez se relaciona con mi timidez intrínseca o con los mensajes contradictorios que de pequeño recibí de mis padres”, cuenta en su libro.

Pero mientras Phil se criaba en un ambiente religioso, casi sin darse cuenta, se gestó un ser competitivo. Según la opinión de sus papás, ganar estaba bien, pero regodearse en el éxito obtenido era considerado un insulto a Dios. “Me decían, ‘la gloria corresponde al Señor’”. Su madre fue una de las persona más competitivas que conoció en su vida. Tal vez la influencia materna con la que creció en su interior lo llevó a protagonizar situaciones como la de ponerse a llorar cuando perdía con algunos de sus hermanos jugando al ajedrez.

Una vez que la familia Jackson se mudó a Dakota del Norte, Phil comenzó a desarrollar su camino en el deporte. Más allá de practicar múltiples disciplinas, la oportunidad de seguir su carrera universitaria fue gracias al básquet. Aprovechó sus poco más de 2 metros para graduarse y utilizó su estadía en un espacio donde pudo relacionarse con público de diferentes creencias para alejarse de la religión impuesta por sus padres.

Un viaje que realizó mientras cursaba el segundo año universitario fue decisivo para el futuro de su vida. En Malibú, California, Jackson probó todo tipo de estupefacientes, entre ellos el LSD. Más conocido como ácido, los efectos alucinógenos que dicha ingesta le provocaron a Phil lo transportaron a otro plano. Es más, de dicho acontecimiento surgió una filosofía que con el tiempo la llamó baloncesto iluminado, una teoría basada en la convicción de que con la mentalidad correcta y espíritu grupal, un equipo podía conseguir las claves para triunfar.

Además de comenzar a explorar sobre el libre pensamiento y la libertad sexual, esos tiempos fueron claves para que Jackson desarrollara una relación íntima con la cultura aborigen estadounidense y su capacidad unificadora del círculo, que luego desarrollaría como entrenador en ligas menores hasta su desembarco en la NBA. “El anillo de campeonato simboliza el estatus y el poder. A nivel psicológico, el anillo representa algo muy profundo: la búsqueda de la identidad en pos de la armonía, la interrelación y la integridad”, cita Phil en Once Anillos.

Phil Jackson en su época como jugador de la NBA en la década del 70. | Foto: Infobae

 

Ya graduado y sin ser un jugador atlético, se probó en los New York Knicks para jugar en la NBA. Y lo logró. No tenía el perfil de superestrella, pero sí el de esos valores que un equipo necesita: sabía leer el juego y se transformó en un buen basquetbolista defensivo especializado en los rebotes. Después de dos temporadas tuvo que ser operado de la espalda y se perdió todo el año, que terminó con el primer campeonato para la franquicias neoyorquina.

Pero fue antes de ser una pieza importante en el segundo campeonato de NY que Jackson hizo un viaje que volvió a poner su vida en la dirección indicada. Se unió a uno de sus hermanos en una travesía en moto por la costa oeste de los Estados Unidos y dejó de lado una época salvaje, en la que se había transformado en un hippie en pleno Central Park: se vestía con vaqueros, tenía el pelo largo y probó todas las formas posibles para autodescubrir su personalidad oculta en su niñez por un mandato familiar.

Su hermano Joe fue el que lo introdujo en el sufismo, una mística islámica en el que las personas intentaban conectar con lo divino a través de la meditación y el recogimiento. Con el tiempo, Jackson se convirtió en fanático de la cultura zen.

A principios de la década del 80 y tras 12 temporadas, Phil se retiró como jugador y se transformó en entrenador. Tras una experiencia en el básquet de Puerto Rico, en la CBA -liga de desarrollo de la NBA- y un breve paso como asistente en los New Jersey Nets, el hombre que siguió sus primeros pasos como director técnico se decidió a incorporarlo a la franquicia en la que era el gerente general: Jerry Krause, el personaje clave en la formación de los exitosos Bulls, lo llevó a Chicago como entrenador alterno.

El hombre del bigote tuvo que esperar dos años para tomar el control de un equipo que tenía al mejor jugador de la liga, pero que no podía llegar a la definición por el título. Ni bien pisó el vestuario como entrenador en jefe, Jackson tomó dos decisiones: la primera fue darle rienda suelta a la ofensiva triangular de Tex Winter, uno de sus asistentes. Pero para que aquella acción funcionara, era clave que la superestrella repartiera más el balón. Así fue como Phil se juntó con Michael Jordan para intentar hacerle comprender lo que necesitaban aquellos Bulls.

Con los lineamientos que le inculcó Red Holzman, su entrenador en los Knicks cuando fue jugador, Jackson le cambió la mentalidad al número 23, que pudo continuar dominando el juego, pero aceptó el rol clave de sus compañeros para construir un equipo campeón. Aquella primera temporada terminó con otra dura derrota en manos de los Detroit Pistons de Isiah Thomas en las finales de la Conferencia del Este. “Michael estaba tan furioso que se echó a llorar en la parte de atrás del micro”, recuerda el coach.

Siguiendo con su orientación en la cultura indígena, para Phil aquella dolorosa caída convirtió a Chicago en una tribu. El equipo logró una unión casi perfecta que, sumado al idílico momento de Jordan y Pippen, llevó a la franquicia a ganar tres campeonatos consecutivos. El éxito se detuvo con el primer retiro de Su Majestad en 1993, pero Jackson sabía que ese no iba a ser el final de MJ. “Por alguna razón percibí que ese no era su final”, cuenta en su libro.

Sin el ya legendario 23 en el equipo, el entrenador aplicó todos los métodos posibles para concentrar a la nueva versión de los Bulls. Llevó a un psicólogo deportivo y a un profesor de meditación en la antesala de la primera temporada con Jordan ausente. A pesar que Pippen se puso al hombro a Chicago, el equipo no pudo defender el título. La temporada siguiente fue muy inestable, el equipo no encontraba el rumbo camino a los playoffs hasta que en marzo del 95 se consumó el regreso más esperado.

Volvió Jordan. Y a pesar que por segundo año consecutivo los Bulls terminaron sin ser contendientes al campeonato, lo mejor estaba por venir. Dennis Rodman era el último en una lista de cinco candidatos para reforzar la zona interna del equipo. Finalmente, el Gusano desembarcó en la ciudad de Chicago y su llegada sacudió el vestuario. Según cuenta el propio Phil, una reunión en su estancia de Montana sentó las bases de una relación perfectamente imperfecta.

La explosión mediática que había generado su relación con la cantante Madonna lo impulsó a cansarse de su estadía en San Antonio. Una vez que acordó las normas de convivencia con su entrenador, Rodman le contestó a su nuevo líder. “No van a tener problemas conmigo y van a ser campeones de la NBA”. Como el propio Jackson expone en su más reciente publicación, el número 91 de los Bulls se transformó en el heyoka de Chicago: la denominación que la cultura aborigen tenía para el bufón del grupo. Fue uno de los pocos que supo lidiar con el excéntrico personaje. Supo domarlo, dándole la libertad necesaria y haciéndose cargo de situaciones como las mini vacaciones que tuvo Dennis con su novia de por entonces Carmen Electra a Las Vegas.

Aquella fue una época gloriosa para Jackson. Inculcó la meditación en sus jugadores, que optaron por ese método antes que las otras ofertas de Phil de hacer yoga o tai chi. Fue una temporada histórica para los Bulls, que ganaron 72 partidos de 82 en la fase regular y ganaron su cuarto título en seis años después de vencer a los Seattle Supersonics en las finales de la NBA.

Y cuando el equipo entraba en una racha perdedora, tenía la solución al alcance de sus manos. “Recuerdo cuando perdíamos un par de juegos, Phil quemaba incienso en la sala de cine. Siempre nos preguntamos si tal vez estaba quemando algo más”, dijo Steve Kerr a en diálogo con el programa The Jump, de la cadena ESPN.

Tras el quinto título en la temporada 96-97, Phil se preparó especialmente para lo que sería su última campaña al frente de los Bulls. Jerry Krause ya se lo había anticipado. “Aunque ganes los 82 partidos de la temporada regular y el campeonato, no vas a seguir el año próximo”, le dijo el dirigente. La intención de la franquicia de reconstruir el equipo fue el efecto negativo que Jackson y compañía utilizaron como combustible para cerrar una dinastía gloriosa.

En una carpeta diagramó lo que necesitaba aquel conjunto para repetir el campeonato. Bajo el rótulo de The Last Dance, la última campaña de Chicago tuvo de todo. Los conflictos internos entre Pippen y la dirigencia, los altibajos de Rodman y el cansancio de Jordan ante la necesidad de tener que jugar más de 40 minutos para que los Bulls no descarrilaran del objetivo principal. A pesar de los vaivenes emocionales y deportivos, Chicago superó todos los obstáculos, incluíio perder el quinto partido de las finales ante Utah en casa cuando la celebración estaba preparada. A los pocos días, Jordan se puso la capa, anotó 45 de los 87 puntos de su equipo y dejó una imagen final memorable para el sexto anillo de la NBA.

Jordan, el as de aspadas de Jackson. A su lado, Dennis Rodman, el hombre que Phil supo domar (Reuters)

 

“Dios mío, eso fue hermoso”, le dijo Phil a Michael cuando se estrecharon en un abrazo en el medio del estadio, rodeados de decenas de camarógrafos, rivales y compañeros. Ya de regreso en Chicago, Jordan invitó a todos a uno de sus restaurantes para festejar. Después de la comida y los habanos, llegó la hora del brindis. Pippen le agradeció a MJ y le dijo que nada de todo lo que sucedió hubiera sido posible sin él.

Para Jackson, ese final de película fue como una sanación. Y así lo explica en el epílogo del capítulo definitivo de su historia con los Bulls. “La sanación procede de dejar espacio para que todo ocurra: espacio para el dolor, para el alivio, para la desdicha y para la alegría”. Aquella fue la última actuación del Maestro Zen de la NBA en la ciudad que Jordan hizo famosa en todo el mundo. Al poco tiempo, su filosofía se mudó a Los Ángeles con el objetivo de domar a dos fieras opuestas. Una potencia llamada Shaquille y un joven talento de nombre Kobe. Pero esa es otra historia para contar.