Los golpes de humor de Juan XXIII, el papa bueno

Un preso besa el anillo del Papa Juan XXIII en una visita a una cárcel de Roma

 

El mundo lloró a Juan XXIII como no había llorado a ningún otro Pontífice aquel 3 de junio de 1963. Gentes de todos los credos políticos y religiosos sintieron profundamente la muerte del artífice del Concilio Vaticano II, el Papa bueno que en uno de los más breves Papados de la Historia dejaba una huella imborrable. Y, sin embargo, al rememorar la vida de Angelo Giuseppe Roncalli en esos momentos de luto, los recuerdos de su jovialidad, su simpatía y su humor aún lograban suscitar sonrisas. Porque Juan XXIII había sido también el Papa del buen humor.

Por ABC

«Después de Pío IX -el Papa humorista, a pesar de sus grandes sufrimientos, culminados con la pérdida de los Estados Pontificios- no ha habido en la Iglesia Católica un Vicario de Cristo tan abierto a la sana ironía y al buen humor como Juan XXIII», escribió Julián Cortes-Cavanillas, corresponsal de ABC en Roma.

Juan XXIII, durante la ceremonia de su coronación en 1958

El primer día que, ya Papa, hubo de subir a la «silla gestatoria», bromeó con su peso: «¿Se hundirá esto?». Y a algunos que decían que su papado sería «de paso», él respondió que sería «de paseo».

Muchas de las anécdotas graciosas de Juan XXIII se hicieron universalmente famosas, como la que se contaba de aquella ocasión en que siendo nuncio en París coincidió con el dirigente comunista francés Maurice Tohrez y le dijo: «Aunque le pese, pertenecemos al mismo partido». «¿Y qué partido es ése?», preguntó Tohrez. «El de los gordos», respondió el nuncio.

O aquella que recordaba Cortes-Cavanillas, que tuvo lugar en una comida oficial en una Embajada de París. A su lado se sentó una comensal «excesivamente descotada» y monseñor Roncalli, tras conversar tranquilamente con la dama en cuestión, al servirse el postre de frutas depositó en el plato de su vecina una manzana y le dijo: «Señora, coma la manzana, porque comiéndola nuestra madre Eva se dio cuenta de que estaba desnuda».
De la época francesa del «buen monseñor Roncalli» -como le solían llamar- se decía que una vez le preguntaron cuál era el secreto de su «comunicabilidad» y contestó sonriendo: «No sufro del hígado ni de los nervios. Por eso me agrada tratar con la gente».

En cierta ocasión, le invitaron a hablar sobre el político y escritor Édouard Herriot, jefe del Gobierno francés en tres ocasiones durante la Tercera República y radical anticlerical. «Sólo disentimos en política, lo cual, es bien poca cosa, ¿no le parece?», respondió. Y durante una conversación con él, hablando sobre jóvenes y viejos, Herriot le preguntó cuáles le parecían mejores. «¡Oh!, mire usted -contestó- Los hombres son como el vino. Algunos se convierten en vinagre, pero los mejores ganan con el tiempo».

Se contaba también, aunque la anécdota fuera probablemente apócrifa, que un miembro de la Curia Vaticana informó al Pontífice sobre las resistencias en su seno. «No hay la menor posibilidad de que podamos tener todo ultimado para celebrar el concilio en 1963», le dijo.

«Muy bien -contestó Su Santidad-. Habrá, pues, que celebrarlo en 1962».

Y en otra ocasión en que le preguntaron cuánta gente trabajaba en el Vaticano, su respuesta socarrona fue: «Menos de la mitad».