Valentina Quintero: El país no se va a morir, no se va a dejar atropellar

Valentina Quintero: El país no se va a morir, no se va a dejar atropellar

Ha sido una escuela para generaciones de venezolanos que conocieron el país sin moverse de sus casas, pero con ese gusto de sentir cercano un poquito de cada rincón. Enamorada y comprometida con Venezuela como pocos, porque no solo dice lo que hará sino que lo hace. Valentina Quintero es una emprendedora aún estando en cuarentena, y desde la capital renueva con convicción el ser venezolana. “Yo siempre confío en el ejemplo, en la cordialidad para decir y para enmendar y en eso ando todo el tiempo”.

Por Elizabeth Fuentes / lagranaldea.com





Valentina Quintero sabe que su vida no es normal. No tiene idea de cuánta gente conoce, odia limpiar y entiende que a veces la traten mejor que a nadie aunque el asunto le da pena. De Venezuela no soporta la basura, la desidia y el desorden, pero sabe que el país no se va a dejar atropellar “aunque le caigan a palo a diario”. Por eso anuncia que abrirá una escuela de cacao y de béisbol en Caruao, en el terreno donde vivieron sus padres.

-Te voy a hacer una pregunta que “está de moda” y por eso la detesto: ¿Qué le dirías a la Valentina de 14 años?

-“Tú no tienes ni la más remota idea en lo que te vas a convertir. De esa adolescente tarbesiana, perfecta, recatada, disciplinada, mojigata que eres, te transformarás en una mujer versátil, enloquecida, que no la para nadie, que no tiene ningún remilgo, que no le teme al ridículo, que anda por la vida feliz y libre, haciendo solamente lo que quiere hacer”.

Pero le faltó decirle a esa muchachita que también será una trabajadora compulsiva, una “fiebrúa” de la responsabilidad, un personaje nacional que no tiene fisuras en sus convicciones y a quien no le molestará en absoluto que cada tres minutos la detengan en la calle para pedirle una foto, para decirle que la aman, que les encantan sus programas o le recomiendan alguna posada quien sabe dónde. Y que ella, siempre, les devolverá tremenda sonrisota porque le encanta la gente.

-Sí, soy una fiebrúa del trabajo, una compulsiva. Y creo que esa es una herencia de mi papá, quien es las peores circunstancias, cuando todo se venía abajo, lo veías como un burro de carga emprendiendo otra vez y echando pa’lante de nuevo. A mí me quedó esa marca de trabajo de mi papá. Y luego, cuando me divorcio y me quedo sola con Arianna, que  tenía un año, yo me dije: Esta niña lo único que tiene en la vida es a mí. Y yo tengo que hacer todo para darle a ella lo mejor. Lo que yo tuve y más de lo que yo tuve. Lo mío es una cosa de naturaleza. Yo no soy capaz de hacer un trabajo como por la mitad. Yo me entrego de una manera desaforada, con una disciplina que termina siendo maniática y casi agresiva conmigo misma. Yo no me perdono los errores, me parece que tengo que exprimir el tiempo para rendirlo y eso ha sido muy complicado tanto en mi relación con mi hija Arianna como con mis relaciones en general. Hasta que Arianna entendió que para mí lo más importante en la vida es mi trabajo y ahora convive con eso. Igual ha sido con mis relaciones de pareja. No ha habido nunca la manera en que eso quede así de claro, que el trabajo es mi prioridad. Todo lo que he hecho hasta ahora me lo he ganado a punta de trabajo y eso me encanta.

-Que le hayas dado prioridad al trabajo por encima de tu familia o de tu pareja, es algo muy masculino. ¿Será que tu lado masculino es muy fuerte?

-Sí, estoy segura de que eso es así. Mi lado masculino es muy predominante. Tan es así que suelo identificarme muchísimo con los hombres cuando tienen problemas con sus mujeres. Esas mujeres controladoras que siempre andan vigilando, preguntando ¿para dónde vas, de dónde vienes?… y yo digo: “Dios, pero, ¿quién puede con una cosa así?”. Yo recuerdo que cuando vivía con Rodolfo Santana, él me llamaba a la oficina para preguntarme si iba a almorzar a la casa y cuando yo le decía que no podía, que estaba trabajando, se ponía como una fiera y me reclamaba porque había estado cocinando para que comiéramos juntos. “¿Cómo no vas a llegar?” me decía… En fin, creo que en relación al trabajo tengo una energía muy masculina. Y con esa convicción en la cabeza, que nunca la vas a cambiar, se hace bien difícil las relaciones de pareja y también con la hija.

-Tú sabes que no llevas una vida normal, ¿verdad? A ti siempre te van a recibir mejor que nadie, te van a dar la mejor comida en algún restaurante, te regalan de todo…

-Yo sé que es así Eli… Es horrible, es como que uno tiene palanca, ¿no? Pero no es una palanca mal habida. Viene del afecto y eso a mí me llena mucho porque creo que, en algunos casos, yo soy un recuerdo de la infancia para mucha gente, personas que me sienten muy cercana, porque cuando eran niños yo me metía en su casa y conocieron el país, porque yo se los enseñé haciendo el programa “Bitácora”. Entonces yo llego a un lugar y hay una cosa como de agradecimiento, de consentirme y tratarme bien, siempre desde el agradecimiento por haberles enseñado el país. Eso es muy conmovedor y es muy gratificante porque yo no siento nunca que me jalan…, sino que es afecto y agradecimiento por ayudarlos a mantener ese contacto con Venezuela y con lo bueno que aquí se hace y con los valores que tenemos. Y por supuesto, llegó un momento en que entendí que no podía negarme a ese trato, sino que debía aceptarlo, porque viene desde el cariño. Lo agradezco, lo valoro y me conmueve, pero en ningún momento abuso. Todo lo contrario. Tú no te imaginas la cantidad de veces que digo que no. Porque me da pena. Porque me quieren mandar cosas y les digo que no. Pero comprendo por qué lo quieran hacer y es muy gratificante.

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