Macario Schettino: El sentimentalismo mediático en EEUU

Los medios masivos de comunicación (cine, radio, TV), no sólo implican un retorno a un sistema unidireccional, que reduce la pluralidad de ideas y favorece la construcción de sistemas autoritarios, sino que permiten la transmisión de emociones como ningún otro sistema previo.

La combinación de imágenes y sonidos apela directamente a las emociones, a diferencia de la palabra escrita, que obliga al paso ‘racional’ previo. En este sentido, potencia la transmisión no verbal, que existe en la conversación, pero lo hace, insisto, de forma unidireccional. El creador puede manipular las emociones de sus consumidores.

Esta habilidad fue aprovechada por los líderes alfa promotores de religiones laicas. Es el cine el que legitima a Hitler, Stalin, Mussolini, pero también a la permanencia del racismo en EE.UU. (El nacimiento de una nación, de Griffith). Después, la televisión construirá la narrativa de la creciente clase media occidental. Este proceso nos va convirtiendo en generaciones cada vez más ‘sentimentales’.

Hace unos años, Jonathan Haidt y Greg Lukianoff publicaron un libro titulado The Coddling of the American Mind (que significa algo así como ‘los mimos de la mente estadounidense’, pero fue traducido como La transformación de la mente moderna). En él, describen cómo las generaciones de universitarios estadounidenses, a partir de 2013, sufren de una susceptibilidad anormal, que ha sido aprovechada por profesores activistas, para la construcción de las comunidades ficticias que hemos comentado, creadas alrededor de características de identidad.

Pero Haidt y Lukianoff encuentran que la causa de esta transformación no es (en principio) un deterioro de las universidades, sino la inmadurez de los alumnos. Documentan cómo los estadounidenses nacidos a partir de 1995 tienen más dificultades para desarrollarse, debido a que sus padres (educados en la televisión) se han vuelto sobreprotectores. Los jóvenes parecen vivir una niñez (o tal vez adolescencia) permanente, que les dificulta enfrentar ideas desconocidas, que es la esencia de la universidad.

Más recientemente, Helen Pluckrose y James Lindsay, en su libro Cynical Theories, explican cómo esa característica de los jóvenes ha sido aprovechada por profesores activistas que manipulan a los jóvenes en la construcción de las ‘teorías de la justicia social‘. Se trata de ideas absurdas, propuestas hace 60 años por el posmodernismo francés, pero ahora transformadas en proclamas políticas, en activismo puro y duro, que aprovecha temas sociales reales, deformados para convertirlos en base de poder: racismo, misoginia, homofobia, etcétera.

Note usted que esto ocurre mientras enfrentamos la llegada de la nueva tecnología comunicacional, las redes sociales, que es realmente masiva y realmente interactiva. Las redes nos permiten comunicarnos con millones de personas, nos permiten interactuar, y nos permiten transmitir también imágenes y sonidos, es decir, emociones.

Los medios masivos nos acostumbraron a pensar en términos ‘nacionales’, porque todos los de un país teníamos los mismos problemas, los mismos gustos, y éramos confiables (así nos decían los medios). Las redes nos han mostrado que no es así. Si ya no tenemos una referencia de quiénes son confiables y quiénes no, nos llenamos de miedo y buscamos agruparnos con quienes nos parezcan más útiles para protegernos.

Pero justo en ese momento, lo que tenemos es un estallido de ‘agravios’ y ‘resentimientos’, que son más producto del sentimentalismo mediático y el activismo académico que de circunstancias presentes en la realidad. No lo olvide, no entendemos la realidad, entendemos la narrativa.

Éste es el origen de la polarización, que los líderes irresponsables han aprovechado, alimentado, y magnificado. Unos de esos líderes son políticos, pero otros son académicos y mediáticos. Todos son peligrosos, porque en su afán de aprovechar el momento para su engrandecimiento personal, profundizan el miedo, es decir el odio. Necesitamos entender esto, para enfrentarlo.


Este artículo fue publicado originalmente en El Financiero (México) el 21 de octubre de 2020.