Gustavo Coronel: Coraje Moral frente a los dilemas éticos de nuestro tiempo

Gustavo Coronel

Aunque el tipo de coraje más admirado es el coraje físico, el tipo de coraje que determina en mayor grado – con su presencia o ausencia – el éxito o fracaso de una sociedad es el coraje moral. El coraje físico no requiere explicación pero el coraje moral es una cualidad menos obvia y precisa de ejemplos concretos para comprenderla: Gandhi, a riesgo de su vida, abogando por la no-violencia en su lucha por la independencia de la India; Lutero, clavando su documento de objeciones religiosas en la puerta de la iglesia de Wittenberg porque “no podía hacer otra cosa”; el sacrificio de Franklin Brito en su lucha contra el dictador por obtener justicia.

Lo que distinguió la acción de estos hombres era (1) que obraban por convicción y (2) no tomaban en cuenta – en línea con los dictados de Kant – las posibles consecuencias adversas de su acción.

¿Cómo definir el coraje moral? Podríamos decir que es la actitud basada en principios de rango universal que conoce los peligros de rechazo, impopularidad, oprobio o hasta daño físico a los cuales se expone, pero está determinada a enfrentarlos.

En su libro “Sobre el Coraje Moral” el novelista Compton Mackenzie dice que “una de las pruebas más duras que el coraje moral debe enfrentar es la de exponerse al rechazo de amigos, de compatriotas, de gente suya, por mantener una posición que permita estar en paz con la conciencia”. En su libro “Por qué es Importante el Coraje Moral” el gran héroe estadounidense John McCain dijo que “esta es la virtud que abarca todas las demás, es la que permite que se conserve la integridad personal a riesgo de toda consecuencia”.

El Instituto de Ética Global (Institute of Global Ethics), basado en Middleton, Wisconsin, enumera los cinco valores que forman la médula del coraje moral, así: Honestidad, Responsabilidad, Respeto, Equidad (justicia) y Compasión. Estos valores fueron obtenidos de encuestas hechas a 18000 personas de 30 países, de manera que trascienden fronteras culturales, étnicas o territoriales, alcanzando rango universal (“Moral Courage”, Rusworth Kidder, página 45).

Reflexionar sobre esta cualidad, en la cual poco se piensa hoy en día, es de importancia para enfrentar los terribles dilemas de nuestros tiempos, en los cuales la humanidad está aquejada de una horrible fiebre de odios, resentimientos y desconfianza en sus congéneres. Como muchos otros, en mi pequeño mundo, enfrento dilemas que exigen coraje moral como base para la acción. Dos ejemplos que no son de dimensión universal pero regional ilustran la naturaleza de estos dilemas: uno, negociar o no negociar con el régimen de Nicolás Maduro; el otro, Apoyar a Daniel Trump porque su gobierno ha sido positivo para Venezuela, sin tomar en cuenta el impacto global de su postura. Mi posición sobre ambos ha sido objeto de algunas agresivas críticas, aún por parte de gente que he considerado amiga.

1. NEGOCIAR CON MADURO O NO NEGOCIAR

Mi posición sobre este dilema es que no debemos negociar. La tesis que parece ganar adeptos en Venezuela y en muchos países que influyen sobre la situación venezolana, es que debemos negociar con Maduro, porque no hay alternativas. Se ha dicho que lo importante es “salir de Maduro” y, para lograrlo, será necesario negociar una salida que le garantice al chavismo/madurismo posiciones en un futuro gobierno de transición. Mis objeciones a esta postura son: (1), creo que lo fundamental es salir del sistema, del cual Maduro es apenas la punta del témpano. Integrar el gobierno de transición con miembros del sistema que ha probado ser corrupto, ruinoso e inmoral, es equivalente a barrer la basura debajo de la alfombra y pretender que hemos limpiado la casa; (2), negociar con la pandilla de criminales y hacerle concesiones que serán inevitables representa una entrega de principios éticos fundamentales y un mensaje funesto al pueblo venezolano, eso de admitir que “el crimen si paga”. Ello sería equivalente a una entrega y sería un mensaje que causaría daños trágicos a la fibra moral de la sociedad venezolana, ya muy resentida por tantos años de excesivo pragmatismo del liderazgo político en el manejo de nuestras políticas públicas.

Por razones de principios y hasta de estrategia una negociación con el chavismo/madurismo sería altamente indeseable.

Así hay que decirlo, aunque la corriente pro-negociación parece haber tomado cuerpo hasta en el nuevo liderazgo político que se oponía a ella hasta hace poco tiempo.

2. APOYAR A DANIEL TRUMP PORQUE SU GOBIERNO HA SIDO BUENO CON VENEZUELA O, NO APOYARLO DEBIDO A SUS PÉSIMAS CONDICIONES MORALES E IRRESPONSABLE MANERA DE EJERCER LA PRESIDENCIA

Este es un dilema que se ha tornado virulento porque quienes argumentan que debemos apoyar a Trump porque su gobierno ha sido bueno con Venezuela argumentan que quien no lo haga no es buen patriota, es mal venezolano.

Yo me opongo a Trump, aun reconociendo que su gobierno ha sido “bueno” para Venezuela, al establecer severas sanciones. Me opongo a Trump por la sencilla razón de que, si bien Venezuela es mi patria nativa, ello no significa que los intereses de mi patria deban prevalecer por sobre los intereses de la humanidad entera, del planeta entero. Considero que Trump es una amenaza para la humanidad por su rechazo a las medidas ambientales sobre cambio climático, por su identificación con dictaduras como las de Filipinas, Turquía, Arabia Saudita;; por su blandura frente a Putin, el dictador ruso; por su complacencia frente al dictador de Corea del Norte, por su actitud agresiva frente a los aliados tradicionales de USA en Europa; por su manera autoritaria de ejercer la presidencia, en violación de las normas democráticas que han hecho de USA el gran país que es; por su conducta personal tan censurable con las minorías de color , su manejo irresponsable de la salud pública en tiempos del virus, su actitud machista, su nepotismo, su irresponsabilidad ciudadana como pagador de impuestos, etc.

Por todo ello, pienso que mi rechazo a Trump tiene mayor rango moral que mi aceptación de tal persona porque sea “bueno” con mi país. Hace años le critiqué a un amigo que fuera tan obsequioso con Lusinchi en medio del escándalo del control de cambios y me respondió: “Tengo que serlo, él me mandó a poner un teléfono en mi finca”. Esa no es mi medida de la lealtad. Somos venezolanos, sí, pero somos ciudadanos del planeta, el único que tenemos. O trabajamos por el planeta o nos hundimos todos. Nuestros deseos y objetivos parroquiales tienen un rango menor al destino de la humanidad.

Bastantes de los comentarios que recibo por esta postura son duros, aún de gente con quien he tenido buenos y antiguos lazos de amistad. No todos los comentarios adversos son agresivos, pero todos muestran sorpresa por mi postura en ambos ejemplos arriba descritos. Por eso, pienso que es conveniente continuar explicando las razones de mi postura. Me resisto a actuar en base a la pasión o al fanatismo.

El coraje moral exige el apego a nuestras convicciones, no importan las consecuencias.