“El hombre de las fotos”: El intrigante relato viral de un álbum encontrado en la calle que retrata la vida de un espía español

“El hombre de las fotos”: El intrigante relato viral de un álbum encontrado en la calle que retrata la vida de un espía español

Una de las fotos de Adolfo Grisol que Pablo Camaití recuperó de su álbum

 

Habrá caído de alguna ventana. O de alguna mochila. Tal vez de algún portafolio. También puede que se lo haya olvidado alguien. O perdido. No lo sabe. Horas después pensó que alguien pudo haber interpretado que lo estaba robando porque lo levantó y se lo llevó. Fue instantáneo: vio ese álbum de fotos en la vereda, grande y disponible, sin dueño aparente, lo agarró, lo guardó entre sus cosas y se fue. Lo había cautivado un repaso indiscreto y fugaz: la vida completa en imágenes de un hombre incierto. Era enero de 2013 en Madrid y Pablo Camaití, antes periodista, hoy director y guionista, encontró un hilo del que tirar.

Por infobae.com

El libro es azul y pesado y las fotos son cientos. Las páginas son cronológicas. Está él con sus padres. Está él alistado en el ejército. Él en unas vacaciones por Marruecos. Él en una playa nudista. Él bajo el sol y bajo la nieve. Él con una, dos, tres novias distintas. Él con amigos y con niños que no parecieran ser hijos suyos. Él haciendo pis desde una cornisa. Situaciones random que ilustran en colores sepia el lustro de una persona. La información escrita es poca pero crucial. Detrás de una fotografía en la que él no está aparece una dedicatoria y un nombre que sería suyo. Pero nada más. Su identidad es un misterio: él lo es.

Pablo procesó esa duda. Maduró durante varios años la idea de buscarlo para devolverle su álbum de fotos. Pensó traducir su búsqueda en una muestra fotográfica, un texto o un documental. Rastreó las huellas de este enigma. Hizo público su hallazgo para motorizar su causa. En un hilo de Twitter escribió que el álbum guardaba un período extenso de la vida de este hombre, que lo cargó (usó ese verbo para graficar la contextura del cuaderno) por varios países y que finalmente lo trajo a su casa en Buenos Aires. En una cuenta de Instagram volcó el material. Se llama “lo encontré en Madrid”: la primera foto la subió el 4 de enero de 2019, la última el 27 de marzo. El furor le duró 82 días, 37 publicaciones y 189 seguidores: “Al tiempo dejé de publicar, me cansé, no le encontré la vuelta”.

Español y espía, se exilió en Rusia luego de que el servicio secreto de su país lo desconociera

 

La cuarentena lo obligó a interesarse en el orden de su casa. En su escritorio, oculto entre documentos más urgentes y menos indescifrables, se reencontró con el álbum. “Y me pasó lo que me pasa siempre -contó-: me da curiosidad, quiero saber quién es y por qué armó un álbum con tanta dedicación de su vida y después queda tirado por ahí ¿quién lo tiró, qué pasó?”. Transcribió su fascinación recuperada en su cuenta personal de Instagram tal vez esperando nada: usó los hashtag #fotos y #madrid.

Era un sábado a la noche, casi madrugada. Habían pasado dos días del 25 de septiembre, cuando compartió su intriga en Instagram. Estaba durmiendo en un cuarto que no era el de él porque sus hijos habían usurpado su cama. “Son las 4 AM y me despierto con una voz que viene de la calle. ‘¡Pablo!’… Un hombre está gritando mi nombre. Estoy solo, no sé si alguien más escucha o estoy soñando”, escribió en el hilo de Twitter.

“‘¡Pablo! ¡Pablito!’. Estoy bien despierto y me levanto para ver por la ventana. Vuelve a gritar mi nombre pero está enfrente, dirigiéndose a otra casa, donde sospecho que vive un dealer. Me tranquilizo, pero no me duermo”. Agarró el celular y abrió instagram. Tenía mensajes por leer. Una mujer desconocida le había escrito: “Yo sé quién es, estoy en ese álbum de fotos”. Su perfil es una cuenta privada. Le manda solicitud de amistad que queda pendiente. Le respondió “hola” y le preguntó sobre el álbum. “No te conviene hablar mucho, puedo decir que lo tires y lo olvides. Borra la publicación”, le contestó una hora después.

En el álbum aparecen tres relaciones con mujeres distintas. Una de ellas se contactó con el guionista argentino

 

“Es la primera foto en la que encuentro una fecha detrás, dice 5 de marzo de 1978”, contó Pablo en sus redes sociales sobre esta imagen

 

La trama ganaba dramatismo súbitamente. Le volvió a preguntar quién era y qué sabía de él. No le volvió a contestar. La revelación lo dejó dormir cuando sus ansiedad por la respuesta mermó. El descanso fue corto. A la mañana siguiente encontró la respuesta. “Yo aparezco en ese álbum, fui su última novia. Hace catorce años que no sabemos nada de él. Un día se fue y no volvió. Esas fotos quedaron en mi piso y las tiré”. Los españoles le dicen piso al departamento. Ella, sin embargo, había adoptado esa referencia. Era desconocida, pero argentina. En otro mensaje le dijo: “Es una locura que las tengas, yo soy de Buenos Aires también, hace treinta años que vivo en Madrid. Pero es mejor que tires ese álbum y termines con esto”.

No pudo hacerlo. La historia lo había atravesado. La mujer que le pedía que descartara las fotos no se dejaba ver ni conocer. La cuenta de Instagram de la que le había hablado desapareció. A las horas apareció desde otro perfil. “Soy yo, tuve que eliminar la otra cuenta por precaución. Tienes que borrar ese posteo. No quieren ningún rastro de que él existió. Si encuentran tu publicación van a ir por ti”. Dudó de su veracidad y le exigió el nombre rápido. En la dedicatoria de una de las fotos había un indicio: un tal Adolfo. “Grisol, Adolfo Grisol”, le reconoció ella. La primera vez que respondió al instante. Lo primero que hizo fue googlearlo. Ninguna pista de Adolfo Grisol en las profundidades de Internet.

La mujer le contó más: que el último tiempo se había comportado de una manera extraña, que se había vuelto un ser oscuro y reservado, que se despertaba por las noches con sobresaltos, que le había preguntado en qué andaba, que le había respondido “en algo importante”. Y que un día volvió de madrugada con una persona herida que no hablaba español, que le practicó curaciones, que lo subió a un auto y que se ausentó tres días. Cuando volvió, discutieron y él le prometió que todo iba a volver a la normalidad. Cuatro días después, desapareció para siempre.

Adolfo se contactó con Pablo y le dijo que no quiere de regreso su álbum porque ya no es más esa persona de las fotos

 

La dedicatoria detrás de una foto del álbum donde aparece su nombre: Adolfo

 

“Segura de que la vigilaban, se ocupó de cumplir con lo que suponía que esperaban de ella y se fue deshaciendo de todas las cosas de Adolfo”, escribió Pablo. Hablaron más de dos horas. Una de las preguntas que le dijo era si Adolfo le había contado algo sobre ese hombre que había llevado a su casa para curarlo. Le dijo que nunca habían hablado sobre él pero que lo conocía porque su rostro había estado en tapa de diarios: Alexander Litvinenko.

Litvinenko murió el 23 de noviembre de 2006 por envenenamiento de polonio, un elemento contaminante que mata lentamente y que fue disuelto en una taza de té. Era un agente secreto ruso que había denunciado a sus superiores de la KGB por develar infidencias de los servicios de inteligencia. Debió exiliarse en el Reino Unido, donde trabó relaciones con inversionistas privados interesados en Rusia, que criticaban la gestión del presidente Vladimir Putín, y con el MI6, el servicio secreto británico. Fue considerado un traidor y murió asesinado por espías rusos en Londres.

Después de hablarle de Alexander Litvinenko, la mujer eliminó la cuenta y no volvió a hablarle más. Pablo reprodujo esta historia en un hilo de Twitter un domingo. El martes ya había alcanzado la categoría de viral. “Si hasta ahora no se me había ocurrido borrar la publicación, a esta altura comencé a dudar. Pero se despertó en mí una pulsión por llegar al final de esta historia y decidí no solo dejar la publicación, sino promocionarla. Quiero que alguien la encuentre y me pida borrarla”, exclamó.

El cuarto posteo de la cuenta “Lo encontré en Madrid”: “En esta su rostro se vuelve bien reconocible. Es el joven con la camisa a cuadros. El álbum fue completado con esmero, cronológicamente”

 

Lo que contaba era intrigante y el relato, sólido, creíble. Sus seguidores celebraron un hilo fascinante que había atrapado más de 50 mil interacciones. “Sea verdad o no me tuviste intrigada en cada línea”, dijo alguien. “No sé si es real o el esbozo de una novela pero me ha mantenido en vilo hasta el final de tu hilo, espero ansiosa la continuación”, dijo otra. “Realidad o ficción… Me leí todo de una”, dijo un tercero a modo de agradecimiento. También pedían la segunda parte de la historia, un nuevo capítulo de una trama que había quedado abierta. Y Pablo lo consiguió.

Lo que pasó después ya no lo contó en caracteres de Twitter. Lo narró en un documental de trece minutos que subió a su cuenta de Instagram. Le agregó el final, el cierre de una historia de espías, traición, misterio y amor, lo que pasó después de haber recibido un mensaje privado escrito en ruso. La traducción, Google mediante, decía: “Mi nombre no es Adolfo Grisol pero soy el del álbum y quiero hablar”. En una locación sin especificar, con la cara blureada y un ruso con acentro españolizado contó su historia.

Adolfo Grisol explicó por qué se fue, cuestionó la versión de su ex pareja, desmitificó la falsa idea del espía que construyó el cine y habló del amor: “Dejé de hablar español el día que me fui. Al principio fue mi manera de mostrar desprecio por el país que me dio la espalda. Pero después pude perdonar, y ya no hay odio en mi corazón. No le deseo a nadie llevar una vida de espía. Es algo muy romantizado en el cine, pero es terrible. Yo no desaparecí de mi casa. Es cierto que la mujer que los contactó es mi última pareja. Pero nos despedimos y además ella estaba involucrada sexualmente con otro. Tuve que irme porque mi cabeza tenía precio y el gobierno me dejó solo, como si nunca hubiera existido ni servido a mi país”.

El cuaderno con cientos de fotos que encontró Pablo Camaiti, ex notero de CQC, en las calles de Madrid. La veracidad de la historia ni siquiera la puede ratificar su autor

 

“Hoy vivo protegido, con otra identidad y un cambio físico que me vuelve irreconocible -sostuvo-. Ya no soy un objetivo, la mayoría de mis enemigos están muertos, pero no volvería. Aquí formé una familia, mi esposa conoce lo suficiente de mi pasado como para no sentirme deshonesto. Pero no sabe tanto como para no poder amarme. Es muy difícil amar a alguien que hizo las cosas que hice yo. A mí me costó muchísimo amarme a mí mismo”.

Pablo le preguntó por qué quiso hablar ahora: “Porque no quisiera colaborar con la fascinación de los espías. No es algo bueno. Si un día el servicio secreto de tu país llama a tu puerta y puedes decir que no, es mejor decir no. No es como en las películas, nadie debería tener licencia para matar, y se paga un precio muy alto”. Y se ofreció a devolverle el álbum. “No quiero esas fotos de vuelta. Ese ya no soy yo”, le respondió, antes de volver a desaparecer.

La publicación tiene más de 57 mil likes. Su autor nunca ratifica si el relato es una historia real y verídica o un cuento de no ficción. Tal vez no lo necesite. Quienes lo leyeron o lo vieron, quienes se fascinaron, no se lo cuestionaron.

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