Juan Carlos Rubio Vizcarrondo: Tras la muerte de los Espejismos

Durante más de veinte años Venezuela se subordinó a un espejismo institucional que sirvió para prolongar la mentira de que el país permanecía siendo democratico. Ahora, en estos últimos tiempos, dicha pantomima se ha resquebrajado al punto que lo que queda es una mera morisqueta. 

Tal gesto burlesco, remanente del otrora gran engaño, se desintegra el 5 de enero de 2021 y nos deja con lo que siempre nos ha acompañado, lo que siempre persiste; la realidad pura y dura. 

Así las cosas, lo que queda ante nosotros es un país traicionado. Traicionado desde 1999 cuando se desplazó a la Constitución del 61 a través de un mecanismo no contemplado en ella, como bien lo fue la Asamblea Nacional Constituyente. Traicionado por quienes prometieron cambio y solo exacerbaron cada uno de nuestros males. Traicionado por los dirigentes que no entendieron o, mejor dicho, no les convenía entender qué es lo que estaba pasando.

Definitivamente en esta triste historia hay una gran cantidad de culpables de lesa patria, pero con la erradicación de lo que quedaba de la legitimidad espuria de la institucionalidad chavista, los primeros en ser juzgados serán aquellos que llevaron a los venezolanos a la derrota y a la desesperación una y otra vez.

Ante la recuperación plena del régimen sobre la Asamblea Nacional, la clase política nominalmente opositora, pues siempre lo ha sido solo en nombre, se encuentra ante su disolución inminente, en tanto y en cuanto, ni los venezolanos ni las pseudo-instituciones chavistas les seguirán dando un ápice de credibilidad. Algunos verán en esto una tragedia, el perfeccionamiento definitivo del sistema represor, pero deberíamos preguntarnos seriamente si en realidad es lo contrario. Si en realidad la desaparición de dicha clase nos está liberando de quienes fueron una piedra en nuestros zapatos.

Por alguna razón u otra, sea por inconscientes, incompetentes o cómplices, el país no puede seguir secuestrado por interlocutores que ni lo representan ni lo reivindican. El show continuó por demasiado tiempo, demasiadas elecciones, demasiadas protestas en vano y, como no recordarlo, demasiadas negociaciones encubiertas. Ha sido suficiente ya, el fracaso eterno perpetrado por los mismos de toda la vida no puede continuar.

El 5 de enero de 2021 y el vacío que deja representa una oportunidad de oro para enderezar de una vez por todas la lucha por la democracia y la libertad en Venezuela, porque el último espejismo que teníamos que derrotar era el engaño de que había una oposición.

Superados los subterfugios, la causa venezolana puede reinventarse en cuanto a objetivos, valores, estrategias y voceros. Con estas palabras, quiere englobarse el hecho de que podríamos tener un movimiento que:

Tenga como objetivo único la cesación del régimen que en la actualidad somete a los venezolanos.

Tenga un conjunto de valores y principios no sujetos a la venta.

Tenga estrategias cónsonas con la naturaleza del régimen que se combate.

Tenga voceros y líderes probos a los cuales los venezolanos les puedan otorgar confianza.

Viendo las cosas de esta manera, podemos percatarnos de que no hay que decaer por cuanto es cierto que toda crisis representa una oportunidad. Dicha oportunidad no es cualquier cosa, estamos hablando de la posibilidad de que acontezca un cambio total de paradigmas en la conducción de la lucha por la libertad. Donde había improvisación, puede haber estrategia. Donde había intereses mezquinos, puede haber patriotismo. Donde había negociación, puede haber disciplina y coherencia.

En esta conjetura a las que nos enfrentamos podemos entender la realidad bajo dos formas. O seguimos engañados y creemos que la pérdida de la Asamblea Nacional implica que no hay más nada que hacer. O, por lo contrario, nos deshacemos de tanto peso muerto y malas percepciones y nos percatamos que es ahora que queda todo por lograr.

Está en nosotros decidir cómo manejaremos esto y solo hay un camino que nos lleve a algo distinto.

@jrvizca