Vuelvo a la palabra… por Gustavo Tovar-Arroyo @tovarr 

Vuelvo a la palabra… por Gustavo Tovar-Arroyo @tovarr 

Suspiro

Vuelvo a las palabras. Las había dejado de usar, quería guardarme y recuperar el aire por unos días. No lo logré, el fin de año –otro más– fue frustrante y triste: la peste chavista sigue descuartizando a Venezuela. No sé si te pase igual, imagino que sí, pero los venezolanos de este tiempo llevamos un tortuoso peso sobre nuestro espíritu que nos encorva y sofoca. Que nos quita aliento.

No somos completamente felices ni estamos jamás serenos, hemos perdido una nación, una cultura, un aire, y nos duele, nos duele muchísimo.





Venezuela nos deja sin palabra, es un largo suspiro. 

Anhelo

Vuelvo a las palabras, las había arrimado en una esquina oscura de mi alma, no las quería ver, no las quería escuchar, no quería saber que existían, llevan tiempo atosigándome, por eso en ocasiones les temo, son capaces de ahorcarme, no tienen piedad, son crueles. ¿Te pasa igual? Por ejemplo, pronunciar Libertad, Ávila, Caracas, Todasana, me pesa.

¿Cuáles son las memorias más livianas de nuestra adorada –e hiriente– venezolanidad? ¿Cuáles memorias no nos desalientan? ¿Existe alguien que como yo cree que se acerca la libertad?

Venezuela, como palabra, es el más negado anhelo.

Destierro

Vuelvo a las palabras, con las cuales me he detenido en una esquina de mi tiempo a hacer malabares para atraer la atención de los transeúntes del siglo. A esta entrega, no lo disimulo (lo notarán), llegó ebrio –¿debí escribir “rascao”?–, mi malabarismo será defectuoso, se me escurrirán y caerán voces, verbos, adjetivos, metáforas: tristezas. Una gran nostalgia venezolana me estrangula.

¿Te ocurre lo mismo que a mí: añoras estar, ver, caminar, respirar, escuchar, oler, saborear y sentir los deleites de nuestro singular país?

Venezuela es la palabra que jamás se cae en el malabar de nuestro destierro. 

Esperanza

Vuelvo a las palabras, desatiendo el patético rapto del Capitolio en Estados Unidos, también la usurpación criminal de la Asamblea en Venezuela, le volteo el rostro al –atiborrado de muerte– camión fúnebre que lleva como insignia la frase “pandemia china”, no me interesa esa feroz realidad, sólo aspiro que la palabra libertad no se me caiga en mi malabar verbal.

Los venezolanos nos hemos convertido en limosneros de palabras: salud, libertad, paz, vida, trabajo, nación, conciencia, ley, no podemos permitir que se sigan desparramando.

Venezuela, la palabra que más inspira y hiere, es mi esperanza.

Destino

Vuelvo a las palabras, a las más sabrosas, las que gozamos con regocijo, las inolvidables, las que alimentan y colman nuestro espíritu, palabras eternas como, por ejemplo, Maracaibo, Cumaná, Valencia, Maracay, Mérida, Los Roques, La Guaira, Los Llanos, Coro, Maturín, Araya, o las trasparentes: chamo, pana, coño, vaina, burda, chévere, arrecho y, obviamente, arepa.  

Palabras, nuestras palabras, mis palabras y las tuyas, que se están desmoronando y cayendo en el destierro. ¿Cómo las encontramos? ¿Cómo las mantenemos erguidas? 

Logrando que Venezuela, esa bella palabra, sea nuestro suspiro, nuestro anhelo, nuestra esperanza y, lo más importante: nuestro destino…