Madre ausente, padre hostil, burlas de sus compañeros y duchas heladas: Carlos de Inglaterra, el príncipe infeliz

Madre ausente, padre hostil, burlas de sus compañeros y duchas heladas: Carlos de Inglaterra, el príncipe infeliz

El príncipe Carlos ha vivido entre el rigor de los aposentos reales, la estricta educación de colegio de internado y los cambios en la monarquía británica actual. Victoria Jones/Pool vía REUTERS

 

Un niño está en el puerto de Londres. Quieto y expectante aguarda el barco que traerá a sus papás. Cumplió cuatro años y hace seis meses que no los ve. Su madre y su padre descienden de la imponente embarcación. El pequeño corre hacia ellos pero alguien lo sujeta de su mano y se lo impide. Ve a su mamá estrechar la mano de una interminable legión de funcionarios que saludan con una reverencia. Tres pasos atrás, su padre mantiene una sonrisa diplomática e imperturbable. El niño logra escapar de la mano que lo retiene y se coloca en la fila para saludar. Al verlo, su madre le dice: “No, tú no cariño” y sigue adelante. Queda solo pero rodeado de gente. Alguien le susurra una frase que en todos los niños rompe una ilusión, pero que en su caso muestra una condición: Carlos, los reyes son tus padres.

Por infobae.com

El 14 de noviembre de 1948 fue un día más para muchos aunque no para todos. En una habitación del palacio de Buckingham, con techos de 14 metros de altura y salas enchapadas en oro nacía Charles Philip Arthur George, el hijo mayor del duque de Edimburgo y la princesa Isabel. La heredera al trono británico se había casado enamoradísima el año anterior y ese hijo era una muestra de ese amor y el tercero en la línea de sucesión al trono. Algo que quedaba para el futuro muy muy lejano ya que con 52 años, su abuelo el rey Jorge VI estaba en la plenitud.

A la hora que nació su primogénito, el padre jugaba squash. Al conocerlo afirmó que parecía un “budín de ciruelas”. No pareció un comentario muy amoroso, pero se sabía que el humor del duque era algo excéntrico. Cuatro semanas después, Carlos fue bautizado con agua del río Jordan. Isabel estaba encantada con su rol de madre y lo amamantó durante dos meses. Pero se contagió de sarampión y tuvo que desistir. Ese hecho marcaría una constante en la vida del niño. Las cosas empezaban bien pero terminaban no tan bien. En 1949 Felipe e Isabel se instalaron en Malta. Al año siguiente, Carlos recibió a Ana, su hermana. Todo parecía idílico.

Cuatro años después el panorama era diferente. Su abuelo falleció y su madre con 26 años se convirtió en la monarca de uno de los países más poderosos del planeta. Recién acababa la Segunda Guerra Mundial y como jefa de la Mancomunidad de las Naciones comenzó largas giras. Visitó territorios tan lejanos y diversos como Nueva Zelanda, Australia, Sudáfrica, Pakistán y Canadá.

Las obligaciones de reina se impusieron a su amor de madre. Dejó a Carlos y Ana al cuidado de institutrices y partió. De los primeros ocho cumpleaños que Carlos festejó, sus padres solo estuvieron presentes en dos. El primogénito debía cumplir con estrictos protocolos. Ante otras personas solo podía dirigirse a su madre con un “Su Majestad”. Jamás un cariñoso “mami”, un “ma” ni siquiera un respetuoso “madre”. Parecía que en esa Inglaterra de posguerra no solo la comida estaba racionada, también el cariño, los besos, los abrazos.

La primera palabra que Carlos escribió, el primer libro que leyó, la vez que se despertó asustado por una pesadilla, la vez que tuvo fiebre, todos sus avances y miedos fueron presenciados por el grupo de funcionarios que lo rodeaban pero no por sus padres. Creció en un palacio enorme que acrecentó su timidez y aplastó sus emociones. Alguna vez Diana aseguró que su esposo lo único que aprendió sobre el amor de parte de sus padres fue “a estrechar las manos”.

Si el trato con su madre era frío y distante, con su padre era peor. El duque era una persona enérgica, de un temperamento que algunos llamaban “volcánico” y otros simplemente definían como “de porquería”. Intimidaba a Carlos. No solo lo veía poco y nada, cuando se encontraban eran casi dos extraños. Su padre solía señalarle sus defectos en público. Al hijo se le llenaban los ojos de lágrimas, algo que lejos de provocar su compasión lo enojaba más ya que lo consideraba un signo de debilidad.

El primogénito se esforzaba en hacer lo correcto, pero le salía mal. Cierta vez, le sirvieron fresas a los invitados. Carlos comenzó a quitarles el tallo a las frutas porque creía que sería más fácil comerlas, pero le indicaron que “si las tomas del tallo, puedes sumergirlas en azúcar”. Cohibido intentó ponerles el tallo de nuevo.

Su padre temía cada vez más que se volviera débil. Todo el tiempo imponía su disciplina. Muchas años después le preguntaron a Carlos si alguna vez le habían dicho que “se sentara y se callara”. Él respondió sin dudar: “Todo el tiempo. Sí”.

Para empeorar la situación y por esas leyes no escritas de la naturaleza que muestra que los hermanos para diferenciarse suelen ser muy diferentes, Ana era todo lo opuesto. La niña se mostraba segura y extrovertida. Si su padre se dirigía a ella en forma sarcástica le contestaba de igual modo, a diferencia del mayor que se turbaba. Era buena para los deportes y una experta jineta. En cambio, el mayor montaba con temor, no se distinguía en deportes, le costaban las matemáticas, pasaba largas horas leyendo, le gustaba la poesía y escribir. Hoy se definiría como un niño “sensible” pero en esa Inglaterra de la posguerra sus características se consideraban un defecto. Sensibilidad no iba bien con virilidad. Poesía no se asociaba con hombría.

Viendo que el primogénito prefería estar solo que acompañado lo anotaron en Hill House School. Sus padres querían que tuviera una vida normal pero las condiciones eran anormales. El día que lo fueron a visitar, Carlos les presentó a sus compañeros pero antes les advirtió que debían saludarlos con una reverencia. Ni pensar en organizar una pijamada en el Palacio.

Apenas seis meses después y cuando ni siquiera había terminado el período de adaptación lo anotaron en Cheam School, una escuela fundada en 1645 y que parecía menos rígida que los internados tradicionales. El príncipe tenía 9 años y según cuentan lloraba cada noche abrazado a su oso de peluche. La palabra bullyng no existía y el maltrato escolar se consideraba parte de la vida. Sus compañeros pronto olvidaron que sería su rey, se burlaban de sus orejas y de su falta de habilidad deportiva para el rugby, el críquet y el fútbol. Intentaba jugar, lo incluían en el equipo pero invariablemente lo sacaban por malo. Es que de nada te sirve ser el príncipe y hasta el dueño de la pelota, si sos garantía de perder el partido.

Siempre rodeado de gente, pero siempre solo, como relata VanityFair, Carlos “adquirió la rutina de escribir cartas a su casa semanalmente —el principio de su pasión por la correspondencia escrita—. De acuerdo con la tradición de la época aguantó el maltrato físico de dos maestros por desobedecer las reglas. “Yo soy uno de aquellos para los que el castigo corporal sí funcionó”.

En 1957 se enfermó o quizá somatizó su tristeza. Fue internado para una amigdalectomía y contrajo gripe asiático. Sus padres no lo visitaron porque estaban de gira real por Canadá. Eso sí, le enviaron una carta de despedida. Tres años después se enfermó de sarampión y también la transitó en soledad. Sus padres estaban de gira por la India.

Sin posibilidad de brillar en los deportes ni destacar en los concursos de matemática, Carlos sintió que su oportunidad llegaba cuando lo eligieron para interpretar a Ricardo III en la obra El último barón. Pasó horas ensayando y perfeccionando su personaje. Era noviembre de 1961 y el día del estreno sus padres estaban otra vez en el extranjero, esta vez en Ghana. En su lugar, la reina madre y la princesa Ana observaron al heredero al trono actuar como el monarca del siglo XV famoso por… su deformidad.

Carlos no logró hacer ni un solo amigo a lo largo de sus cinco años en Cheam. Si ese colegio fue malo, el próximo sería peor. Su padre decidió anotarlo en Gordonstoun. Un internado durísimo con normas rígidas y al borde de la crueldad. El hijo sintió que era una “sentencia en prisión”.

En la escuela los alumnos estaban obligados a usar pantalones cortos durante todo el año. Las ventanas siempre debían permanecer abiertas aunque las temperaturas fueran bajo cero o el calor rajara la tierra. El día comenzaba con una salida a correr por el campo seguida de un baño de agua helada, recién después se podía desayunar.

El maltrato escolar se volvió a repetir. Carlos no se podía imponer ni por físico ni por personalidad. Su jefe de dormitorio que debía protegerlo lo hostigaba e incluso le pegaba. Alguna vez los alumnos mayores lo ataron y metieron bajo la ducha helada, sin que nadie lo protegiera.

La soledad volvía a ser su compañera. Pocos se animaban a acompañarlo en las comidas o clases. Aquellos que querían ser amigos del príncipe recibían burlas con “sonidos de succión”. Carlos escribía cartas contando estos maltratos pero nadie se dignó a ayudarlo.

Solo una persona era su confidente y defensor. Donald Green, su guardaespaldas, un fornido hombre de casi dos metros, que más de una vez amenazó a los compañeros que lo molestaban. El día que Carlos cumplió 14 años con otros adolescentes fue por primera vez a un pub y sin saber que tomar pidió un brandy con cerveza. Al otro día, todos los diarios hablaban del heredero bebiendo alcohol. Green fue despedido. Carlos se quedó sin su aliado y amigo. “Nunca pude perdonarlos. Para mí, supuso el fin del mundo”.

Se refugió en el arte, se entusiasmó con la pintura y la cerámica. En 1965 lo eligieron para el papel principal en Macbeth. Esta vez sus padres no estaban de gira y podrían verlo. Sin embargo, mientras él “estaba ahí, tendido y destrozado en el escenario —escribió en una carta—, lo único que podía escuchar era a mi padre y un ‘Ja, ja, ja”. Posteriormente, Carlos le preguntó a Felipe: “¿Por qué te reíste?”. “Sonaba a los Goons”, dijo su progenitor en alusión al programa de comedia radial.

Siguió intentando conseguir el amor de su padre. Se interesó por el polo, pero fue un jugador de la media para abajo. Aprendió a cazar, pero la primera vez que le disparó a un venado, a los 13 años, tuvo que reprimir sus deseos de vomitar.

En 1966 decidieron anotarlo en la escuela Geelong Church of England. El detalle es que quedaba en Australia. Apenas aterrizó el avión, 300 reporteros se abalanzaron sobre él. Otra vez estaba tan solo como acompañado. La experiencia resultó mejor de lo esperado. Maestros y alumnos lo trataban como a una persona real y no de la realeza. Salvo algún “Pommie” que es como los australianos llaman a los ingleses, no hubo bromas crueles, maltratos, ni golpes.

Se sintió libre por primera vez. Realizó expediciones, escaló montañas y durmió bajo las estrellas. Pasaba los fines de semana en una granja donde ayudaba en las tareas de la casa. En los seis meses que duró su estadía participó en 50 compromisos oficiales y logró vencer su timidez para interactuar con la gente. Cuando se despidió ocurrió algo infrecuente: recibió aplausos sinceros y no burlas.

Después del paraíso, Carlos regresó al infierno Gordonstoun en el otoño de 1966 para cursar su último año. Volvió a ser ese muchacho torpe que ocultaba sus emociones.

Diana sigue siendo un nubarrón que oscurece intermitentemente su presente.

 

Años después, Carlos conocería a Camila el amor de su vida, pero se casaría con Diana por conveniencia. Vería que su preocupación por la agricultura y la protección del medio ambiente dejaban de ser consideradas excentricidades y pasaban a llamarse genialidades. Sería mejor padre que el que tuvo. La trágica muerte de la madre de sus hijos lo entristecería, pero no se sentiría culpable. “En todo caso, me siento culpable de no sentirme culpable”. Con 73 años se convirtió en heredero eterno. Hoy es más probable que le ceda la corona a su hijo que se la ciña él.

Quizá alguna vez, mientras viaja en su auto oficial, mira por la ventanilla y ve a una familia común haciendo algo tan común como reírse a carcajadas y besar a los hijos. Seguramente en ese momento gira su cabeza y se recuerda que es un príncipe. Porque si no se lo recuerda, tal vez solo tal vez bajaría del auto y aunque sea por un rato cambiaría títulos y beneficios por sentirse un hombre común, que se ríe, disfruta la vida y sobre todo se siente un hombre real y no ese príncipe que nunca logró que sus padres lo trataran como hijo más que como heredero.

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