Sesenta años de Bahía de Cochinos: eterno reconocimiento, por Zoé Valdés

Sesenta años de Bahía de Cochinos: eterno reconocimiento, por Zoé Valdés

He sentido siempre infinita curiosidad por el pasado, no sólo por el pasado de Cuba, por cualquier pasado de cualquier parte del mundo, o sea, más precisamente curiosidad por la historia. Pero tampoco, y lo he afirmado anteriormente, me interesa la historia como un ejercicio referencial, o con el afán de apropiarme de fechas, datos precisos y demás exactitudes. Me fascina –en tanto que novelista– también el lado sentimental, emocional, de la historia, o sea, el costado psicológico, caracterial de la historia, el tejido sincero y humano del pasado, que sólo funciona desde la creación y no desde la política real. Es la razón por la que leí y leo con apego y placer a Stefan Zweig, porque es el historiador más sensible y humano que conozco. Y a Blaise Pascal, que probablemente sin desear serlo lo ha sido.

En aquel concierto por la paz de los sepulcros organizado por la dictadura en el Malecón habanero hace algunos años, el cantante protesta que no protesta contra un régimen militar que lleva más de 62 años en el poder, Silvio Rodríguez, leyó un atribulado discurso en el que se refirió a la “nada baldía”, que quería –según él– conducirles al pasado, lo que es científicamente imposible, pero que de manera metafórica sería de muy buen recurso para enfrentarlos con el verdadero pasado de Cuba, con la verdad tout court. Qué pena que Rodríguez el que no protesta ni moviliza (existe Sixto, otro Rodríguez, cuyo disco movilizó a las masas oprimidas sudafricanas a lanzarse a las calles en épocas del Apartheid) no expresó lo que sí es una realidad comprobada de manera erudita: que lo único que nos ha hundido en el abismo de la ignorancia es la “nada baldía” a la que nos empujó la dictadura castrista apartándonos de nuestra verdad histórica, borrando un esplendoroso pasado cubano, escamoteándonos pasajes extraordinarios de nuestra memoria, y tergiversándonos y triturándonos la columna vertebral y ancestral de nuestra nación. Basta con leer a Leví Marrero para comprobarlo con creces. No lo dijo, porque será que él mismo, Silvio el que no protesta ni moviliza, ha contribuido directamente a destrozar las evidencias sobre ese pasado.

No me canso de repetir que no siento nostalgia por la Cuba que dejé, esa Cuba no me emociona ni reactiva mis ideas en lo absoluto como no sea para reavivar la ira de mi escritura. Despreciar no es sentimiento natural en mí, resulta muy duro, muy doloroso, pero lo acojo y admito como estilo e impulso literario. Además, resulta especialmente complejo no poder contarle a los hijos acerca de alguna estructura imprescindible y hermosa de nuestro reciente pasado, aparte de tener que precisarles que no conservamos recuerdos de nuestra infancia dignos de ser extrañados, mucho menos de la juventud; y, por otra parte, el exilio no constituye una experiencia –cuando se trata de un exilio forzado– que debamos asumir como sugestivo y agradable episodio, cuando tanto se ha alargado.





Sin embargo, profeso una enorme curiosidad por el pasado de Cuba –por supuesto, no me cuento en él–, y ese pasado me proyecta hacia una nostalgia de lo que no viví. Las novelas de Carlos Loveira, Guillermo Cabrera Infante, la literatura de Lydia Cabrera, y de otros escritores de altura, que vivieron aquella turbulenta y libre época republicana, me conducen a una vida convulsa, extremadamente rica en experiencias, de una audacia incalculable, sobre todo porque había sueños a burujones, existían montones de objetivos, y se anhelaba conquistar aún más de lo alcanzado. Es obvio que nada de eso lo pudimos conocer los que nacimos después de 1959, o los que eran aún pequeños cuando el castrofascismo comunista se apoderó de la isla.

Los acontecimientos de Bahía de Cochinos no los viví de manera conscientemente directa, aunque ya yo existía, pero apenas contaba un año y meses de estar viva. La historia oficial que nos hicieron, a “los hijos de la revolución”, fue que el imperialismo y sus mercenarios habían querido apoderarse de la isla, y que Fidel Castro nos había defendido de semejante monstruosidad. “Tabara, tabara, tabara…”. O sea, el discurso totalizador: “Nada baldía” a pulso.

Por suerte, tuve madre y abuela, ambas se encargaron de contarme lo que en realidad había sucedido, lo que regaba Radio Bemba, lo que ellas habían oído, que era lo que había acontecido de verdad: cubanos exiliados, muy jóvenes, casi niños algunos, se habían preparado para liberar a Cuba del “fidelismo” y del “comunismo” –de ese modo denominaron la tragedia cuando yo tuve uso de razón y consciencia para entenderlo.

Recuerdo con nitidez el miedo que se apoderó de mí cuando mi madre me aseguró que en la escuela mentían, que así no había sido la historia real, que ella y mi abuela me lo aclararían todo, pero que yo no debía repetirla en ninguna otra parte; que sólo podíamos conversar de esos temas con ella y con mi abuela. Con nadie más. “¿Y con tía?”, pregunté con los ojos azorados. A abuela se le daba mal hablar mal de su otra hija, aunque en realidad no hablaba mal de ella, sino de su esposo: “No”, interrumpió abuela, “con tu tía nada de nada… No por ella, sino por su marido, que anda con esa gente, con esos fidelistas”. Y así, por ellas supe algo de la verdad que nos ocultaban.

Muchísimos años más tarde, en Miami y en Los Ángeles, conversando con algunos de aquellos hombres valientes, ya mayores, que participaron y sobrevivieron a la invasión traicionada y abortada, absolutamente todos confluyeron –después de contarme sus amargas experiencias, ver morir a amigos, saberlos fusilados, haber estado en la rastra de la muerte y tenido que soportar el vil asesinato de sus compañeros–, todos sin excepción me reafirmaron que no se arrepentían de haber hecho lo que hicieron, y mucho menos de haber anhelado liberar a su país del castro-fascismo, que es el comunismo.

Muy de vez en cuando recuerdo la voz de aquel valiente cubano, Carlos Onetti, expedicionario de Bahía de Cochinos, al que interrogaron en los juicios castristas, y que declaró firme ante Fidel Castro que ellos no fueron engañados por nadie, que ellos estaban allí para recobrar la libertad, para defender a Cuba, y para que Cuba volviera a ser lo que era, un país con todas las ventajas de la democracia. Cito de memoria. Y termina: “Porque la razón estaba de nuestra parte”.

Hoy 15 de abril del 2021, le reitero a aquel valiente expedicionario, que falleció en Miami, y que merece al igual que sus compañeros la más alta condecoración estadounidense: que la razón sigue estando de su parte y de la parte de los valientes, de aquellos que quisieron salvarnos de la “nada baldía” que después nos impusieron.

Yo era una niña, y aunque el horror prevaleció por encima de la justicia, sólo puedo agradecer lo que ellos, la Brigada 2506, a la que me enorgullece pertenecer de manera honorífica, hicieron por la libertad de nuestro país y por nosotros, ahora los adultos para siempre infelices del castrofascismo y del comunismo fidelista y raulista.

Me enorgullece ser amiga desde hace años de Fernando Marquet, a quien entrevisté hace poco, y de William Muir, a quien conocí gracias a Fernando y a quien recién también entrevisté, ambos valientes expedicionarios de Bahía de Cochinos, sobrevivientes del hundimiento de la embarcación Houston y de las Rastras de la Muerte. A todos ellos, mi eterno agradecimiento. No se rindieron nunca, fueron traicionados y abandonados por el Gobierno norteamericano, por Kennedy.


Este artículo fue publicado oroginalmente en Libertad Digital el 16 de abril de 2021