Luis Barragán: Pedagogía de la beatificación

Luis Barragán @LuisBarraganJ

A los venezolanos, dentro y fuera del país, nos conmovió profundamente la misa de beatificación de José Gregorio Hernández. La patria espiritual que somos, se expresó en los cinco continentes, convirtiendo el refugio en una prolongada, limpia y confiada oración.

Algo más que un acto formal, la genuina solemnidad del evento rápidamente contrastó con cualesquiera otros que el propio Estado ensaya. Por muy campechanos que seamos, sabemos muy bien distinguir y sentir entre los acontecimientos radicalmente auténticos, y aquellos que son artificiosos, circenses y circunstanciales.

Salvando las distancias, experimentamos la hondura de las alegrías y de los dolores que exigen únicamente el respeto ajeno: nos impresiona y emociona, presenciar un récord deportivo; e, incluso, ocurre algo semejante al observar el viejo video, cuando detienen momentáneamente el juego para que su autor reciba el tributo de propios y extraños, sin mezquindad alguna. Ahí hay solemnidad, al igual que pasa con el sepelio de un ser querido; la tristeza que parte de nuestros huesos, no es fácil de simular.

Por muy ahorcados que nos encontremos económicamente, festejamos la venida al mundo de un niño y lo reafirmamos con los actos civiles o religiosos que suscitará. Hablamos de vivencias que también social y políticamente cuentan con sus equivalentes manifestaciones, en lo posible, apuntando al Estado y sus poderes simbólicos.

Una clara señal de identidad de la que muy bien pueden ilustrarnos los antropólogos, por ejemplo, le ha dado alcance a los no creyentes, porque José Gregorio Hernández también explica nuestra venezolanidad. Por cierto, algo imposible de banalizar; y, así, entendemos, como agradecemos, la sobriedad y responsabilidad con la que el clero encabezó la misa y cumplió con el rito de beatificación de un contundente impacto pedagógico que, cargado de significaciones, obra a favor de un civismo pendiente de reconstruir,