Ramón Peña: El virus del odio

“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”.
Jorge Luis Borges

Una vez enterrada el hacha de la Guerra Federal, los venezolanos lentamente fuimos adquiriendo concordia y tolerancia en nuestro trato ciudadano, aunque siempre expuestos a las diatribas propias de las dictaduras padecidas hasta mediados del SXX. Pero a partir del advenimiento de la democracia en 1958, la reciprocidad entre individuos y, particularmente, entre organizaciones políticas adquirió ejemplar cordura y respeto. Contrastaba con la pugnacidad interna reinante en otros países del hemisferio. Fue tal nuestra fortaleza cívica, que logramos un hecho totalmente inédito en la historia del continente: la pacificación mutuamente acordada entre el Estado y la beligerante Guerrilla.

Pero se rompió ese tejido afectivo de nuestra sociedad, que en Hispanoamérica era tenido como ejemplo por el elevado grado de convivencia política. A partir de 1999, con el arribo al poder de la sociopatía militante, el resentimiento asumió el modelaje e inoculó el odio como distancia y trato en una sociedad a la que fragmentó entre el “nosotros“ y el “enemigo.” En cualquier ocasión y, especialmente, cada domingo, en un aquelarre que parecía salido de un lienzo de las Pinturas Negras de Francisco de Goya, el iluminado lenguaraz dictaba cátedra de aborrecimiento, repulsión, desprecio y burla contra aquellos que no se le rendían. Su mermado sucesor, no faculto para hablar, optó por bailar para burlarse de sus víctimas

Esta semana, algunos reflexivos compatriotas reprochan, que en lugar de piedad, perdón o silencio, ante la muerte de un importante jerarca del régimen, hayan sido masivas las expresiones de ensañamiento, negación y mofa. Pueden no aplaudirse, pero como reza el aforismo, quien siembra vientos cosecha tempestades. Padecemos el virus del odio, del cual habremos de curarnos para regresar a la convivencia cívica propia de la democracia.