William Anseume: Verdugo ruega clemencia

Todos nos preguntamos la razón por la que el régimen del terror reconoce “oficialmente” algo sabido en todos los rincones del mundo: el Estado venezolano ha asesinado luego de torturar, apresar e instigar disidentes.

Lo sabe cualquier ciudadano dentro y fuera de Venezuela. Lo recalca la Organización de Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos con cada investigación e informe, así como todas las instituciones que defienden los derechos humanos. La razón salta a la vista de cualquier lerdo: tratan de escurrirle el bulto a las decisiones de la Corte Penal Internacional. Decisiones que, luego de tantos años de un expediente que acrece cada día, casi cada hora, deben estar por materializarse. Algo al respecto debe haberles llegado.

Pero, como sabemos, eso de el “Estado venezolano” es una entelequia, por tanto inmaterial. Las víctimas son materiales y los hechos también. Un militar, un político electo y un estudiante. Esos fueron los primeros casos de lo que se pretende una exculpación hacia arriba, en la cadena de mando, por contar con chivos expiatorios con los que pretenden tapar el accionar de otros chivos. Los mayores. Tan responsables como quienes efectuaron disparos, torturas, atrocidades. No son escasas tres víctimas con victimarios. Se generalizó y sistematizó hasta hoy y se prolonga la crueldad, la atrocidad, la violación frecuente de derechos humanos de toda índole en Venezuela. Tres casos no tapan cientos o miles.

Están en entredicho no solo quienes cumpleron órdenes. Seres que no se obedecen a sí mismos, a quienes en repetidas oportunidades se les ha dicho que son los más débiles, quienes ejecutan, que no se irán lisos, que indicar que obraron por “órdenes superiores” no les servirá para protegerse. También llevan grande culpa quienes ordenaron o propiciaron de algún modo las actuaciones. Recordemos a Rodríguez Torres y su ley de disparar sobre las manifestaciones, por ejemplo.

Las pretendidas aleccionadoras muertes con tortura, prisión e intimidación tendrán alguna vez sus responsables buscados por policías internacionales, por la sociedad aquí o allá. Como ha ocurrido en la historia en otros diversos países: Rumanía, Libia, Irak, Panamá… Alemania. No será posible la escapatoria. Quienes dirigen el Estado en Venezuela no son los muchachos que disparan o ejecutan las torturas permisadas. Tan culpables ellos como los otros. Quienes dirigen no sólo tienen en sus manos un salpicón de esas víctimas.

La Corte Penal Internacional, la ONU, todas las demás instancias, deben proseguir su arduo trabajo sin cortapisas políticas. Ya huele a naranja en Venezuela.